
La
historia de Jericó es una de las demostraciones más contundentes de que
la victoria no siempre se logra por la fuerza, sino por la obediencia.
La ciudad de Jericó estaba fuertemente fortificada; sus murallas eran
enormes e imponentes, simbolizando la imposibilidad de cualquier
estrategia natural. Para Israel, parecía invencible. Pero Dios no
buscaba fuerza militar, sino una fe que escucha y obedece completamente.
Dios
le dio a Josué una instrucción singular: marchar alrededor de la ciudad
en silencio durante seis días, y al séptimo día, marchar siete veces y
gritar. Para la lógica humana, esta estrategia carecía de sentido. Sin
embargo, la obediencia a Dios a menudo desafía la comprensión humana.
Israel no venció con espadas ni lanzas, sino confiando en que la palabra
de Dios es más fuerte que cualquier obstáculo que se interpusiera en su
camino.
Al séptimo día, cuando
el pueblo obedeció plenamente y lanzó un fuerte grito de fe, ocurrió lo
imposible: las murallas de Jericó se derrumbaron. Lo que se mantuvo en
pie durante generaciones cayó en un instante. Esto nos enseña que ningún
muro es demasiado fuerte cuando Dios ordena su caída. El miedo, la
demora y las limitaciones humanas no pueden resistir la obediencia
constante a la instrucción divina.
La
verdadera batalla de Jericó nunca se libró fuera de sus muros, sino en
el corazón del pueblo de Dios. ¿Confiarían en Él incluso cuando nada
tuviera sentido? ¿Obedecerían incluso cuando los resultados fueran
invisibles? Su victoria nació en el silencio, se sostuvo en la
obediencia y se reveló en la alabanza.
Hoy,
Jericó nos recuerda que todo creyente se enfrentará a obstáculos:
emocionales, espirituales, financieros, etc. Pero el mismo Dios que
derribó Jericó sigue hablando. Y cuando habla, nuestra única
responsabilidad es la obediencia. Porque donde Dios ordena, la victoria
ya está asegurada.
De la red.
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