Gobernó
el mayor imperio del mundo durante 44 años. Tuvo territorios en cuatro
continentes. Y en todo ese tiempo, nunca salió de Castilla.
Felipe
IV subió al trono en 1621 con dieciséis años. Era el rey de España, de
las Américas, de los Países Bajos, de Nápoles, de Milán, de Filipinas.
Un hombre que firmaba documentos que afectaban a decenas de millones de
personas en todos los continentes conocidos.
Y
sin embargo, nunca cruzó el mar. Nunca visitó los Países Bajos, que se
rebelaban constantemente. Nunca fue a Nápoles, que pagaba enormes
tributos a la Corona. Nunca viajó a América, el corazón económico de su
imperio.
Gobernó desde El
Escorial y el Alcázar de Madrid, rodeado de papeles, consejeros y
cuadros. Porque Felipe IV tenía una pasión: el arte. Fue el mayor
mecenas de su siglo. Contrató a Velázquez como pintor de cámara y
durante 37 años el pintor sevillano inmortalizó al rey y a su corte en
cuadros que hoy cuelgan en los mejores museos del mundo.
Mientras
España perdía Portugal, mientras Cataluña se rebelaba, mientras los
Tercios españoles caían derrotados en Rocroi, Felipe IV posaba para
Velázquez y compraba cuadros de Rubens y Tiziano.
Lo que muchos ignoran: los historiadores calculan que Felipe IV firmó
personalmente más de cuatrocientas mil cartas y documentos a lo largo de
su reinado. Era un burócrata obsesivo que revisaba hasta el último
detalle administrativo — mientras el imperio se desmoronaba a su
alrededor.
La paradoja de Felipe IV: el rey más culto y refinado de su época fue también el que más territorios perdió.
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