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sábado, 18 de abril de 2026

De George MacDonald a C. S. Lewis. - Narnia.

Puede ser una imagen de una o varias personas y barba

Lo apartaron del púlpito por predicar un Dios demasiado misericordioso.

Y entonces empezó a crear mundos.

George MacDonald nació en Escocia en 1824. Perdió a su madre cuando era niño, estudió en Aberdeen y terminó convirtiéndose en ministro congregacional. Pero sus ideas sobre el amor de Dios, la redención y la misericordia resultaron demasiado incómodas para muchos en la Inglaterra victoriana. Su relación con la congregación de Arundel se fue rompiendo y, poco después, dejó el ministerio.

Lo que vino después no fue una retirada.

Fue una transformación.

Con la salud frágil, una familia numerosa y el dinero siempre al límite, George MacDonald se volcó en la escritura. Primero escribió para sobrevivir. Luego escribió como si estuviera abriendo una puerta que nadie había sabido abrir del todo antes. En 1858 publicó Phantastes, una obra extraña, hermosa y adelantada a su tiempo que ayudó a cambiar para siempre la manera de entender la fantasía. Más tarde llegarían At the Back of the North Wind, The Princess and the Goblin y Lilith.

MacDonald no escribía cuentos para distraer.

Escribía para tocar algo profundo.

Sus historias estaban llenas de bosques, sombras, niñas, duendes, muerte, redención y asombro. No trataban a la fantasía como un simple juego. La trataban como una forma de mirar la realidad con más hondura, de entrar en preguntas espirituales y humanas que no cabían en un sermón ni en una tesis.

Décadas después, un muchacho llamado C. S. Lewis encontró Phantastes en una estación de tren.

Y nunca volvió a ser el mismo.

Lewis dijo que ese libro “bautizó” su imaginación. No su razón. No su conciencia. Su imaginación. Esa frase basta para entender el tamaño de George MacDonald, porque detrás de Narnia y de buena parte de la fantasía moderna hay un rastro que conduce hasta él.

Murió en 1905.

No con la fama que merecía, pero dejando algo mucho más difícil de borrar: la prueba de que un hombre rechazado por sus ideas podía terminar cambiando la literatura para siempre.

George MacDonald perdió un púlpito.

Y a cambio le dio al mundo un reino entero.

De la red. 

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