A
finales de 1938, la guerra era un susurro aterrador que recorría
Europa. Nicholas Winton era un joven británico de familia acomodada, un
corredor de bolsa que llevaba una vida tranquila en Londres. Su mayor
preocupación en ese momento era su inminente viaje de esquí a los Alpes
suizos.
Sin embargo, un amigo
cercano, Martin Blake, que estaba en Praga, lo llamó con un mensaje
urgente: "He cancelado mi viaje. Ven a Praga. Necesito tu ayuda, y no
traigas tus esquís".
Al llegar a
Checoslovaquia, Winton no encontró pistas de nieve, sino campamentos de
refugiados congelados. Familias enteras, principalmente judías, que
habían huido de Alemania y Austria, estaban atrapadas en condiciones
infrahumanas. Sabían que la invasión nazi era inminente. Las fronteras
se estaban cerrando. Los adultos estaban condenados, pero los padres
suplicaban a cualquiera que escuchara: "Por favor, llévese a mis hijos.
Sálvelos".
Winton descubrió una
terrible verdad: existían programas de rescate para niños refugiados que
iban desde Alemania hacia Gran Bretaña, pero no existía ninguno que
operara desde Checoslovaquia. Nadie estaba sacando a los niños de Praga.
El
gobierno británico accedió a permitir la entrada de niños refugiados,
pero bajo condiciones casi imposibles: cada niño debía tener una familia
de acogida asignada en Inglaterra antes de cruzar la frontera y se
debía pagar una fianza de 50 libras esterlinas (una fortuna en la época)
para garantizar su eventual viaje de regreso.
Nicholas
no era un diplomático, no pertenecía al ejército y no tenía el respaldo
de ninguna gran organización. Era, simplemente, un joven de 29 años en
una habitación de hotel.
Winton
convirtió la mesa de comedor de su hotel en el centro de operaciones de
un rescate monumental. Trabajaba desde el amanecer hasta la medianoche,
tomando los nombres de miles de padres desesperados que hacían filas
interminables en la nieve para registrar a sus hijos. Cuando su tiempo
libre se acabó, regresó a su trabajo diurno en la bolsa de Londres, pero
por las noches, se dedicó a una misión casi imposible.
Desde
Londres, Winton publicaba anuncios en los periódicos suplicando a las
familias británicas que acogieran a los niños. Escribía a políticos,
recaudaba fondos, y cuando la burocracia del Ministerio del Interior
británico era demasiado lenta para emitir las visas, Winton cometía un
delito federal: falsificaba los documentos él mismo para no perder
tiempo.
Entre marzo y agosto de
1939, Winton organizó la salida de ocho trenes desde Praga. El momento
en las estaciones de tren era desgarrador. Las madres y los padres
abrazaban a sus hijos pequeños, muchos de ellos de apenas 3 o 4 años,
poniéndoles una etiqueta de cartón con un número en el cuello. Los
subían a los vagones sabiendo, en lo más profundo de su ser, que esa
sería la última vez que verían sus rostros.
Nicholas
Winton estaba del otro lado, en la estación de Liverpool Street en
Londres, recibiendo a los niños y entregándolos a las familias de
acogida. Logró salvar a 669 niños de las cámaras de gas.
El
1 de septiembre de 1939 iba a ser el día del mayor rescate. El noveno
tren, con 250 niños a bordo, estaba estacionado en Praga, listo para
partir. Las familias se habían despedido. Los niños estaban en sus
asientos.
Pero ese mismo día,
Adolf Hitler invadió Polonia. La Segunda Guerra Mundial comenzó
oficialmente. Las fronteras se cerraron en un instante. Los nazis
tomaron el control de las vías ferroviarias y el noveno tren nunca salió
de la estación. De los 250 niños que estaban en ese tren, casi ninguno
sobrevivió a la guerra.
Este
evento quebró algo dentro de Nicholas Winton. A pesar de los 669 niños
que salvó, él solo podía pensar en los 250 que se perdieron ese día.
Winton cerró su oficina, guardó un viejo cuaderno de recortes con los
nombres y las fotos de los niños rescatados en una caja de cartón, la
subió al ático, y cerró la puerta.
Pasaron cinco
décadas. Nicholas Winton se casó, tuvo hijos, envejeció y vivió una vida
completamente ordinaria. Nunca le mencionó la historia a su esposa,
Grete. Nunca buscó una medalla ni contó sus hazañas.
En
1988, mientras Grete limpiaba el ático, encontró un maletín
polvoriento. Al abrirlo, halló listas interminables de nombres de niños,
fechas de nacimiento, cartas de padres desesperados y visas
falsificadas. Winton intentó restarle importancia, sugiriendo tirar los
papeles a la basura, pero su esposa se negó. Llevó el cuaderno a un
historiador, y la historia finalmente llegó a la cadena de televisión de
la BBC, al programa "That's Life!".
Nadie estaba preparado para lo que vino después.
Winton,
ya un anciano de casi 80 años, fue invitado a sentarse en el público
del programa. No sabía lo que iba a pasar. La presentadora, Esther
Rantzen, comenzó a contar su historia frente a todo el país y mostró el
viejo cuaderno.
De repente, la
presentadora preguntó: "¿Hay alguien en nuestra audiencia esta noche que
deba su vida a Nicholas Winton? Si es así, por favor, póngase de pie".
En
un momento que aún hoy eriza la piel, la mujer sentada junto a Winton
se puso de pie. Luego, el hombre detrás de él. En cuestión de segundos,
docenas de personas alrededor del anciano se levantaron, rodeándolo.
Eran los niños, ahora adultos, que él había salvado 50 años atrás. Las
lágrimas brotaron de los ojos de Nicholas Winton mientras asentía
lentamente, abrumado por el milagro que tenía frente a él. Él creía que
había fracasado; ellos le demostraron que él era la razón por la que
respiraban, por la que tenían familias y por la que su linaje no fue
borrado de la tierra.
Sir
Nicholas Winton vivió hasta los 106 años. A su muerte en 2015, se
estimaba que más de 6,000 personas en el mundo estaban vivas gracias a
los descendientes de esos 669 niños.
De la red.
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