EL HOMBRE QUE NO DEBERÍA EXISTIR
Aparece en tres versículos.
Solo tres.
Sin introducción. Sin genealogía. Sin explicación de de dónde vino ni adónde fue.
Y
Abraham — el padre de las tres religiones más grandes de la historia,
el hombre con quien Dios hizo el pacto que define la civilización
occidental — se arrodilló ante él.
Le entregó el diezmo de todo lo que tenía.
Y recibió su bendición como quien recibe la bendición de alguien más alto.
Más alto que Abraham.
Más alto que el pacto.
Más alto que cualquier categoría que el texto bíblico tenga para nombrarlo.
Su nombre era Melquisedec.
Y
nadie — en tres mil años de teología, de comentarios rabínicos, de
doctrina cristiana, de exégesis islámica — ha podido explicar
satisfactoriamente quién era.
El texto del Génesis lo presenta así.
Abraham
acaba de ganar la batalla de los cuatro reyes contra los cinco. Ha
rescatado a su sobrino Lot. Vuelve victorioso con sus hombres y el botín
de guerra.
Y en ese momento — sin aviso, sin preparación, sin que el texto lo haya mencionado antes — aparece Melquisedec.
"Entonces
Melquisedec, rey de Salem, sacó pan y vino. Y él era sacerdote del Dios
Altísimo. Y le bendijo, y dijo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo,
creador de los cielos y de la tierra. Y bendito sea el Dios Altísimo,
que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de
todo."
Génesis 14:18-20.
Tres versículos.
El texto continúa sin detenerse. Sin explicar. Sin volver a mencionarlo.
Como si lo que acaba de ocurrir fuera completamente normal.
No era normal.
Analiza lo que esos tres versículos contienen.
Rey
de Salem. Salem — que los comentaristas identifican casi unánimemente
como Jerusalén, la ciudad que tres milenios después seguiría siendo el
centro del conflicto más antiguo del mundo.
Sacerdote
del Dios Altísimo. No sacerdote de Yahweh — el nombre específico del
dios de Abraham. Sacerdote del El Elyon — el Dios Altísimo, un título
que en la teología cananea del período se usaba para el dios supremo
sobre todos los dioses.
Melquisedec era sacerdote de un dios que Abraham todavía no había nombrado de esa manera.
Sacó
pan y vino. El mismo ritual que el Nuevo Testamento describe como la
Última Cena dos mil años después. El mismo gesto que el catolicismo
llama Eucaristía y considera el centro de su liturgia.
La
primera vez que el pan y el vino aparecen como ofrenda sagrada en la
Biblia no es en el Éxodo. No es en el Levítico. Es aquí. Con
Melquisedec. Antes de Moisés. Antes de la Ley. Antes de casi todo.
Y Abraham le dio los diezmos de todo.
El hombre a quien Dios había prometido que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.
El patriarca.
El origen.
Entregando el diez por ciento de todo lo que tenía a alguien que el texto no ha presentado, no explica y no volverá a mencionar.
El
Salmo 110 — uno de los salmos atribuidos a David, escrito
aproximadamente en el año 1000 antes de Cristo, novecientos años después
del Génesis — vuelve a él.
Una sola línea.
"Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec."
Sacerdote para siempre.
Según su orden.
No según el orden de Aarón — el sacerdocio levítico que la Torah había establecido como el único sacerdocio legítimo de Israel.
Sino según un orden anterior.
Más antiguo que Aarón. Más antiguo que Moisés. Más antiguo que el Sinaí y la Ley y el Tabernáculo.
Un sacerdocio que existía antes de que existiera el sacerdocio.
Y que el Salmo llama eterno.
Cuatrocientos
años después, la Carta a los Hebreos del Nuevo Testamento dedica tres
capítulos completos — los capítulos cinco, seis y siete — a Melquisedec.
Más espacio del que el Nuevo Testamento le da a casi cualquier otro tema.
Y lo que dice es lo que ningún texto anterior se había atrevido a decir directamente.
"Sin padre, sin madre, sin genealogía. Que ni tiene principio de días ni fin de vida."
Sin padre.
Sin madre.
Sin genealogía.
Sin principio de días.
Sin fin de vida.
El
autor de la Carta a los Hebreos no está usando metáforas retóricas para
hablar de un hombre cuyo origen no conoce. Está describiendo atributos
que en el pensamiento hebreo solo podían pertenecer a dos categorías de
seres.
Dios.
O algo que está tan cerca de Dios que la distinción deja de tener sentido práctico.
Y luego dice algo más.
"Semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre."
Semejante al Hijo de Dios.
No que el Hijo de Dios es semejante a Melquisedec.
Que Melquisedec es semejante al Hijo de Dios.
La dirección del argumento importa.
Melquisedec es el original. Jesús es la revelación completa de lo que Melquisedec prefiguraba.
El
sacerdote sin origen que Abraham encontró en el camino de regreso de la
batalla era la sombra de algo que el Nuevo Testamento dice que vino
después.
Pero que aparece antes.
Dos mil años antes.
Sin explicación.
Los
Rollos del Mar Muerto encontrados en Qumrán en 1947 contenían un texto
que los académicos llaman 11QMelquisedec — el fragmento de Melquisedec
de la Cueva 11.
Escrito aproximadamente en el siglo I antes de Cristo — contemporáneo de Jesús.
Y lo que dice transforma todo lo anterior.
El texto de Qumrán describe a Melquisedec no como un rey-sacerdote histórico del período de Abraham.
Sino como una figura celestial del fin de los tiempos.
El
que en el año del Jubileo final — el décimo Jubileo, el año de la
liberación definitiva — proclamará la libertad a los cautivos y
ejecutará el juicio divino sobre los ángeles caídos y las fuerzas del
mal.
"Y Melquisedec ejecutará la venganza de los juicios de Dios."
No un hombre.
No exactamente un ángel.
Un ser que existe en el espacio entre las dos categorías que el cosmos hebreo tenía para los seres poderosos.
Y
que aparece en el Génesis, en el Salmo 110, en los Rollos del Mar
Muerto y en la Carta a los Hebreos con la misma identidad imposible.
Sin origen. Sin fin. Sin genealogía. Sin las coordenadas que hacen a un ser ubicable en el tiempo.
La teología cristiana tiene una respuesta.
Dice
que Melquisedec era una cristofanía — una aparición de Cristo antes de
la encarnación, una de las veces en que el Hijo de Dios apareció en el
Antiguo Testamento en forma temporal antes de nacer en Belén.
La teología judía tiene otra.
Dice
que Melquisedec era Sem — el hijo de Noé, que habría vivido suficientes
siglos para ser contemporáneo de Abraham según las genealogías del
Génesis. El que preservó la tradición sacerdotal desde el período
antediluviano hasta el patriarcal.
La academia secular tiene una tercera.
Dice
que Melquisedec era un rey-sacerdote cananeo histórico de Jerusalén,
cuyo culto al El Elyon fue absorbido por la tradición yahwista durante
el período de David — y que la teología posterior lo reinterpretó
retroactivamente como figura mesánica.
Tres respuestas.
Ninguna cierra el texto completamente.
Ninguna
explica por qué un hombre sin padre, sin madre, sin genealogía, sin
principio de días y sin fin de vida aparece en el texto más importante
de la tradición occidental en tres versículos y desaparece sin dejar
rastro.
Hay una pregunta que los tres versículos del Génesis no responden.
¿Por qué Abraham obedeció?
Abraham
había hablado directamente con Dios. Había recibido el pacto. Había
escuchado la promesa de que su descendencia sería tan numerosa como las
estrellas.
Conocía a Dios de una manera que pocos humanos del texto bíblico habían conocido.
Y
sin embargo cuando Melquisedec apareció en el camino con pan y vino
—sin presentación, sin genealogía, sin que Dios lo hubiera mencionado
nunca en sus conversaciones con Abraham — el patriarca se arrodilló.
Entregó los diezmos.
Aceptó la bendición.
Como si reconociera algo.
Como
si la figura que se aproximaba con pan y vino en la oscuridad después
de la batalla fuera algo que Abraham conocía sin haberlo visto antes.
O que había visto antes en algún lugar que el texto no registra.
Tres versículos.
Sin padre. Sin madre. Sin principio. Sin fin.
El hombre ante quien Abraham — el origen de todo — se arrodilló.
Que enseñó el ritual que el Nuevo Testamento llamaría Eucaristía dos mil años antes de que ocurriera.
Que el Salmo llama sacerdote eterno.
Que los Rollos del Mar Muerto llaman juez de los ángeles caídos.
Que la Carta a los Hebreos llama semejante al Hijo de Dios.
Que el Génesis presenta sin aviso y abandona sin explicación.
Tres mil años de teología buscando quién era.
Sin llegar a un acuerdo.
Porque el texto no te da suficiente para saberlo.
Solo lo suficiente para no poder ignorarlo.
Tres versículos.
Que pesan más que capítulos enteros.
Porque lo que no se explica
es siempre más pesado
que lo que se dice.
De la red.
Fuentes documentadas:
Génesis
14:18-20 — Biblia Hebrea (Torah), texto masorético · Salmo 110:4 —
Biblia Hebrea, Ketuvim · Carta a los Hebreos 5:6; 6:20; 7:1-17 — Nuevo
Testamento, canon cristiano · 11QMelquisedec (11Q13) — Rollo de la Cueva
11 de Qumrán, ca. siglo I a.C., Museo de Israel, Jerusalén; edición
crítica: García Martínez, Florentino — The Dead Sea Scrolls Translated,
Brill/Eerdmans, 1994 · VanderKam, James C. — The Dead Sea Scrolls Today,
Eerdmans, 1994 · Horton, Fred L. — The Melchizedek Tradition, Cambridge
University Press, 1976 · Fitzmyer, Joseph A. — Essays on the Semitic
Background of the New Testament, Scholars Press, 1971 · Kobelski, Paul
J. — Melchizedek and Melchiresa, Catholic Biblical Association, 1981 ·
Descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto: Muhammad Ahmad al-Dhib,
Qumrán, 1947
No hay comentarios:
Publicar un comentario