A
mediados del siglo XIX, miles de irlandeses llegaron a Estados Unidos
escapando de la Gran Hambruna. Muchos, sin opciones, se alistaron en el
ejército estadounidense atraídos por la promesa de tierras y ciudadanía.
Sin embargo, una vez en las filas, se encontraron con un ambiente de
discriminación brutal por ser católicos y extranjeros. Sus oficiales
protestantes los trataban con desprecio, y los castigos físicos eran
constantes.
Cuando estalló la guerra contra México en 1846, estos soldados fueron enviados al frente. Al cruzar el río Bravo, los soldados irlandeses vieron algo que les recordó a su propia tierra ocupada por los británicos: un ejército poderoso invadiendo a una nación más débil y mayoritariamente católica.
John Riley, un sargento irlandés con experiencia militar previa, fue el primero en tomar la decisión. No se trataba de cobardía; Riley era un soldado de élite. Se trataba de principios. Cruzó el río y se unió a las fuerzas mexicanas. Pronto, otros soldados de origen irlandés, alemán y francés siguieron sus pasos.
Así nació el Batallón de San Patricio (The Saint Patrick's Battalion). Su bandera no era ni la de barras y estrellas ni la tricolor mexicana: era una bandera verde esmeralda con un arpa de oro y la imagen de San Patricio. Se convirtieron en la unidad de artillería más efectiva del ejército mexicano.
Los "San Patricios" pelearon con una ferocidad legendaria. Sabían que, para ellos, no había opción de rendición: si eran capturados por el ejército estadounidense, el castigo por deserción en tiempos de guerra era la horca. En batallas como la de Monterrey y la Angostura, sus cañones causaron estragos en las filas enemigas. Los estadounidenses empezaron a temer a esos "diablos verdes" que disparaban con una precisión milimétrica.
En la Batalla de Churubusco, en las afueras de la Ciudad de México, el batallón quedó acorralado en un convento. Lucharon hasta que se quedaron sin pólvora. Se cuenta que los mexicanos intentaron levantar una bandera blanca de rendición tres veces, y las tres veces los irlandeses la bajaron con sus propias manos. Sabían que su destino estaba sellado.
Tras la derrota, 85 miembros del batallón fueron capturados. Los juicios militares fueron rápidos y despiadados. Cincuenta de ellos fueron condenados a la horca, la ejecución masiva más grande en la historia de Estados Unidos.
El general Winfield Scott ordenó una ejecución cinematográfica y cruel. En el pueblo de San Ángel y en Mixcoac, los soldados fueron colocados en andamios con sogas al cuello. El verdugo recibió la orden de esperar. No los colgarían de inmediato. Debían esperar a que la bandera de los Estados Unidos fuera izada sobre el Castillo de Chapultepec, señalando la derrota final de México. Los hombres permanecieron horas bajo el sol abrasador, mirando a lo lejos el castillo, esperando su propia muerte. Cuando la bandera subió, los carros avanzaron y los San Patricios pasaron a la eternidad.
John Riley, por haber desertado antes de la declaración formal de guerra, se salvó de la horca, pero sufrió un castigo quizás peor: fue marcado a hierro ardiente en ambas mejillas con la letra "D" de desertor y recibió 50 latigazos.
Cuando estalló la guerra contra México en 1846, estos soldados fueron enviados al frente. Al cruzar el río Bravo, los soldados irlandeses vieron algo que les recordó a su propia tierra ocupada por los británicos: un ejército poderoso invadiendo a una nación más débil y mayoritariamente católica.
John Riley, un sargento irlandés con experiencia militar previa, fue el primero en tomar la decisión. No se trataba de cobardía; Riley era un soldado de élite. Se trataba de principios. Cruzó el río y se unió a las fuerzas mexicanas. Pronto, otros soldados de origen irlandés, alemán y francés siguieron sus pasos.
Así nació el Batallón de San Patricio (The Saint Patrick's Battalion). Su bandera no era ni la de barras y estrellas ni la tricolor mexicana: era una bandera verde esmeralda con un arpa de oro y la imagen de San Patricio. Se convirtieron en la unidad de artillería más efectiva del ejército mexicano.
Los "San Patricios" pelearon con una ferocidad legendaria. Sabían que, para ellos, no había opción de rendición: si eran capturados por el ejército estadounidense, el castigo por deserción en tiempos de guerra era la horca. En batallas como la de Monterrey y la Angostura, sus cañones causaron estragos en las filas enemigas. Los estadounidenses empezaron a temer a esos "diablos verdes" que disparaban con una precisión milimétrica.
En la Batalla de Churubusco, en las afueras de la Ciudad de México, el batallón quedó acorralado en un convento. Lucharon hasta que se quedaron sin pólvora. Se cuenta que los mexicanos intentaron levantar una bandera blanca de rendición tres veces, y las tres veces los irlandeses la bajaron con sus propias manos. Sabían que su destino estaba sellado.
Tras la derrota, 85 miembros del batallón fueron capturados. Los juicios militares fueron rápidos y despiadados. Cincuenta de ellos fueron condenados a la horca, la ejecución masiva más grande en la historia de Estados Unidos.
El general Winfield Scott ordenó una ejecución cinematográfica y cruel. En el pueblo de San Ángel y en Mixcoac, los soldados fueron colocados en andamios con sogas al cuello. El verdugo recibió la orden de esperar. No los colgarían de inmediato. Debían esperar a que la bandera de los Estados Unidos fuera izada sobre el Castillo de Chapultepec, señalando la derrota final de México. Los hombres permanecieron horas bajo el sol abrasador, mirando a lo lejos el castillo, esperando su propia muerte. Cuando la bandera subió, los carros avanzaron y los San Patricios pasaron a la eternidad.
John Riley, por haber desertado antes de la declaración formal de guerra, se salvó de la horca, pero sufrió un castigo quizás peor: fue marcado a hierro ardiente en ambas mejillas con la letra "D" de desertor y recibió 50 latigazos.
De la red.
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