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sábado, 18 de abril de 2026

Sor Juana Inés de la Cruz - La niña prodigio.

Sor Juana Inés de la Cruz de joven (Foto: @gobmx) 
A los tres años, cuando la mayoría de los niños apenas balbuceaban sus primeras palabras, ella ya devoraba libros. No en una escuela. No con un maestro. En la biblioteca de su abuelo, a escondidas, con la complicidad del silencio y la luz de una vela. Las letras fueron su juguete. Las páginas, su refugio. El conocimiento, su obsesión. No nació en un palacio. No tuvo tutores privados. Nació en Nepantla, un pueblo perdido en el Estado de México, donde las niñas no iban a la escuela, donde las mujeres no estudiaban, donde el saber era cosa de hombres. Pero ella no pidió permiso. No esperó autorización. No se conformó. Aprendió a leer sola. Y ese fue el principio de todo. Su nombre era Juana Inés de Asbaje y Ramírez. La historia la conocería como Sor Juana Inés de la Cruz. La Décima Musa. La más grande poetisa de México. Y todo comenzó con un libro robado en la biblioteca de su abuelo.

La niña prodigio de Nepantla: su insaciable sed de conocimiento la llevó a aprender a leer a escondidas a los tres años en la biblioteca de su abuelo. No era una biblioteca pública. Era una biblioteca privada, de esas que los hombres de la época guardaban como tesoro. Libros de leyes, de historia, de filosofía, de teología. Volúmenes gruesos, en español y en latín, que olían a viejo y a sabiduría. Su abuelo, Pedro Ramírez, los cuidaba con celo. No permitía que los niños los tocaran. Pero Juana, curiosa, traviesa, intrépida, esperaba a que él se durmiera y se colaba entre los estantes.

A los tres años, la mayoría de los niños aprenden a hablar. Juana aprendió a leer. No fue un milagro. Fue una obsesión. Pasaba horas con los libros, señalando las letras, repitiendo los sonidos, tratando de entender. Su abuelo, al descubrirla, no se enojó. Se sorprendió. Llamó a su madre, Isabel Ramírez, una mujer que también había sido educada en secreto. Le dijo: "Esta niña es diferente. Hay que educarla". Su madre, viuda y pobre, no tenía dinero para escuelas. Pero el abuelo se encargó. Le compró libros. Le enseñó lo que sabía. La animó a seguir.

No fue fácil. En Nepantla, las niñas no iban a la escuela. Las niñas aprendían a coser, a cocinar, a cuidar a los hermanos menores. Estudiar era un lujo. Estudiar era cosa de hombres. Pero Juana no se dejó intimidar. Seguía leyendo a escondidas. Seguía aprendiendo. Seguía soñando. A los cinco años, ya leía mejor que los niños de diez. A los siete, dominaba la gramática. A los ocho, escribió su primera poesía. Los vecinos murmuraban. Decían que esa niña estaba mal de la cabeza. Decían que tanto leer la iba a volver loca. Decían que ninguna mujer necesitaba saber tanto. Juana no les hacía caso. Seguía leyendo.

Su abuelo murió cuando ella tenía once años. La biblioteca quedó cerrada. Los libros, empolvándose. Juana, sin su principal fuente de conocimiento, sintió que perdía una parte de sí misma. Pero no se rindió. Se fue a la Ciudad de México. Pidió permiso para disfrazarse de hombre y estudiar en la universidad. Sus padres se negaron. Entonces decidió entrar a un convento. No por fe. Por conveniencia. En el convento podía leer, podía escribir, podía estudiar sin que nadie la molestara. Primero intentó en el convento de las Carmelitas Descalzas. La rigurosidad de la orden la agotó. Enfermó. Se fue. Luego ingresó al convento de San Jerónimo. Allí se quedó. Allí escribió. Allí se convirtió en Sor Juana.

En el convento, su celda era una biblioteca. Tenía miles de libros. Instrumentos musicales. Aparatos científicos. Escribía poemas, obras de teatro, ensayos filosóficos. Los virreyes la visitaban. Los intelectuales la admiraban. Era la gloria. Pero también era la envidia. Los obispos, los sacerdotes, los hombres de la iglesia, no soportaban que una mujer fuera más inteligente que ellos. La acusaron de vanidad. La acusaron de herejía. La acusaron de todo. Sor Juana se defendió. Escribió la "Respuesta a Sor Filotea de la Cruz", un texto magistral donde defendía el derecho de las mujeres al conocimiento. No sirvió de nada. Fue obligada a vender sus libros. A renunciar a la escritura. A dedicarse a la caridad. Murió en 1695, a los cuarenta y cuatro años, víctima de una epidemia, cuidando a sus hermanas enfermas.

Hoy, Sor Juana es considerada una de las más grandes poetisas de la lengua española. Su cara está en los billetes de doscientos pesos. Su nombre está en calles, escuelas, bibliotecas. Pero su historia, la de la niña que aprendió a leer a escondidas, es menos conocida. Por eso es importante recordarla. Porque nos enseña que el conocimiento no tiene género. Que la inteligencia no entiende de clases sociales. Que la sed de saber puede más que cualquier obstáculo. Y que las niñas, aunque les digan que no pueden, pueden. Como Juana. Como ella.

De la red.

© Edición protegida por Asombroso | Basado en material de: Archivos históricos de Nepantla; biografías de Sor Juana Inés de la Cruz; testimonios de la época; investigaciones sobre la educación femenina en el México del siglo XVII; crónicas conventuales; obras completas de Sor Juana | Compartir solo con créditos: @Asombroso

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