
Entre la intuición y el archivo: una manera de hacer historia
Hay quienes llegan a la historia por los documentos.
Otros, por la política.
Yo llegué por la música.
Porque la historia también suena. Tiene ritmo, tiene silencios, tiene disonancias. Y si se escucha con atención, termina diciendo cosas que ningún libro revela de inmediato.
No escribo para saber más.
Escribo para entender mejor.
Y para que no nos vuelvan a contar la misma historia.
No pretendo tener todas las respuestas.
De hecho, sospecho que las preguntas honestas suelen ser más valiosas que las certezas apresuradas, y que la duda —bien acompañada por el estudio— puede ser una compañera más noble que la arrogancia de creer que ya hemos llegado.
Tiendo a mezclar ideas.
A veces me desafino.
Soy intuitivo.
Quiero aprender.
Y, cuando hace falta, agradezco la corrección.
No por inseguridad, sino por respeto:
porque la historia merece rigor,
y el país merece verdad.
He aprendido que la vulnerabilidad intelectual no debilita; afina.
Nos hace más receptivos, más críticos, más humanos.
La rigidez intelectual suele empobrecer una obra.
La apertura crítica la enriquece.
Me interesa entender cómo fuimos formados:
por imperios y resistencias,
por élites y silencios,
por símbolos y memorias,
por mujeres y hombres que soñaron distinto,
y por generaciones que, aun derrotadas, sembraron preguntas que todavía nos interpelan.
Del Puerto Rico indígena al siglo XIX;
de los cimarrones a los masones;
de Betances a Hostos;
de Barbosa a Muñoz Rivera;
de la música patria a la memoria colectiva—
Todo ello parece formar parte de una misma pregunta:
¿Quiénes somos, de dónde venimos y qué estamos dispuestos a construir?
Nadie levanta una catedral completamente solo.
Pero tampoco cualquiera trae la piedra, el plano imaginado y la voluntad de construirla.
Eso también es verdad.
Este es mi taller...
Aquí se trabaja con el pasado, para iluminar el futuro.
- Chadys Pagán
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