
En
1517, un joven de dieciséis años llegó al puerto de Tazones, en
Asturias, para tomar posesión de sus reinos españoles. Se llamaba
Carlos. Había nacido en Gante, se había criado en Flandes, y hablaba
francés y flamenco. El castellano le era completamente ajeno.
Durante
cuarenta años gobernó como Carlos I de España — y como Carlos V del
Sacro Imperio Romano Germánico, el título más poderoso de la época.
Presidió un empire sobre el que, literalmente, nunca se ponía el sol. Y
sin embargo, según los cronistas de la época, jamás logró hablar español
con fluidez.
Sus primeros años en España fueron un desastre político.
Rodeado
de consejeros flamencos que no hablaban castellano, Carlos repartió los
cargos más importantes entre su círculo de confianza de Flandes. Los
nobles y letrados castellanos, que habían esperado años para acceder a
posiciones de influencia, se vieron desplazados por extranjeros. El
malestar fue creciendo.
En 1520,
estalló la Revuelta de las Comunidades — una rebelión de las ciudades
castellanas que exigían que el rey gobernara para España y con
españoles. La revuelta fue sofocada militarmente en la batalla de
Villalar, en abril de 1521. Sus líderes, Padilla, Bravo y Maldonado,
fueron ejecutados al día siguiente.
Lo que muchos ignoran es que Carlos I aprendió con los años a leer
español y a entender conversaciones, pero nunca se sintió cómodo
hablándolo en público. En sus discursos formales siguió usando el
francés. Un detalle que sus súbditos castellanos nunca le perdonaron del
todo.
Con el tiempo, Carlos I se
convirtió en un monarca respetado — incluso admirado. Pero su relación
con España empezó con una desconfianza mutua que tardó años en
superarse.
De la red.
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