
Esta
es la historia de cómo la muerte de un hombre, sin dejar un mecanismo
de sucesión aceptado por todos, fracturó una de las religiones más
poderosas del mundo. Una herida que lleva catorce siglos abierta y que,
lejos de cerrarse, sigue siendo el motor de la geopolítica actual.
En
el año 632 de nuestra era (año 11 de la Hégira), en Medina, el profeta
Mahoma falleció tras unas fiebres. Tenía sesenta y dos años y había
logrado una proeza histórica: unificar bajo una misma fe a las belicosas
tribus de la Península Arábiga. El problema, sin embargo, era
sucesorio: no dejó un testamento escrito ni un heredero varón
superviviente. Mientras su cuerpo era preparado para el sepelio por su
primo y yerno, Alí ibn Abi Talib, en los pasillos del poder de Medina se
fraguaba el futuro del Islam. Surgieron dos posiciones irreconciliables
que hoy definen el mapa del mundo:
- Los Sunitas:
Defendían que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los
notables, siguiendo la Sunna (las tradiciones del Profeta). Su candidato
era Abu Bakr, suegro de Mahoma y hombre de confianza.
-
Los Chiitas: Sostenían que Mahoma ya había designado sucesor en el
oasis de Ghadir Khumm, y que este no era otro que Alí. Para ellos, el
liderazgo era una cuestión de legitimidad divina y linaje de sangre.
Abu
Bakr fue proclamado primer califa. Para los partidarios de Alí, aquello
no fue un consenso, sino un golpe político. El cisma no nació por una
disputa teológica, sino por el control del Estado islámico naciente.
Lo
que siguió fue una trama de intrigas que harían palidecer a los mejores
cronistas romanos. De los cuatro primeros califas —conocidos como los
"Ortodoxos"—, tres murieron de forma violenta. Abu Bakr falleció por
enfermedad, pero su sucesor, Umar, fue apuñalado; y el tercero, Utmán,
fue asesinado en su propia casa. Cuando Alí fue finalmente elegido
califa en el 656, el imperio ya estaba en llamas. El gobernador de
Siria, Muawiya, se rebeló contra él iniciando una guerra civil que
culminó en la batalla de Siffin (657). El conflicto terminó en un
arbitraje que debilitó políticamente a Alí y provocó la aparición de los
jariyíes: extremistas que, resentidos por la negociación, decidieron
que tanto Alí como Muawiya debían morir. El 26 de enero del 661, Alí fue
herido de muerte en la mezquita de Kufa. Con su desaparición, los
Omeyas tomaron el control, trasladando la capital a Damasco y
convirtiendo el califato en una monarquía hereditaria, rompiendo con la
tradición electiva anterior.
El
punto de no retorno ocurrió en el año 680. El hijo de Alí, Husayn, nieto
del Profeta, se negó a jurar lealtad al nuevo califa, Yazid I. Atrapado
en la llanura de Karbala (Irak) con apenas 72 seguidores frente a un
ejército de miles, Husayn fue masacrado. Este evento no fue una simple
batalla; fue el trauma fundacional del chiismo. La brutalidad de la
muerte del nieto de Mahoma transformó a una facción política en una
comunidad de mártires. Cada año, los chiitas conmemoran la Ashura,
recordando la traición y el sacrificio de Husayn. A partir de aquí, el
sunismo se consolidó como la religión del Estado y el orden, mientras el
chiismo se convirtió en la fe de la resistencia y la mística.
Tras
Karbala, los omeyas consolidaron su poder. Y comenzó un ciclo que se
repetiría durante siglos: los chiitas, como minoría, perseguidos,
marginados, tolerados cuando convenía y aplastados cuando se volvían
incómodos. Los omeyas gobernaron hasta el 750. Les sucedieron los
abasíes, que llegaron al poder apoyándose en parte en el descontento
chiita —promesas de restaurar la legitimidad de la familia del Profeta— y
luego, una vez instalados en el poder en Bagdad, gobernaron como una
nueva dinastía sunita. La historia del islam está llena de este tipo de
traiciones de guion. Los chiitas, mientras tanto, fueron desarrollando
su propia arquitectura religiosa e intelectual. A diferencia de los
sunitas —que no tienen una jerarquía clerical centralizada, donde
cualquier hombre formado puede ser imam de una mezquita—, los chiitas
construyeron una estructura de autoridad religiosa cada vez más
sofisticada, con sus propios juristas, sus propios ayatolás, sus propias
escuelas de derecho. La figura del ayatolá como autoridad suprema que
interpreta la voluntad divina y puede dictar normas para los creyentes
no tiene equivalente sunita. Existe una jerarquía religiosa más
estructurada que en el sunismo, aunque sin una autoridad única.
Un
error común es creer que Irán siempre fue el bastión chiita. Durante
nueve siglos, Persia fue mayoritariamente sunita. El cambio ocurrió en
1501, cuando el joven Ismail I, fundador de la dinastía safávida, impuso
el chiismo como religión oficial por decreto y espada. ¿El motivo? Pura
supervivencia geopolítica. Los safávidas necesitaban una identidad
religiosa que los diferenciara de sus grandes rivales: los Otomanos
sunitas. Si Irán era chiita y el Imperio otomano era sunita, había una
frontera religiosa que justificaba también una frontera política. La
conversión masiva al chiismo fue, en buena medida, un proyecto de
identidad nacional. Ismail I y sus sucesores pasaron el siglo siguiente
en guerra intermitente con los otomanos. Fue en esas guerras donde
quedaron trazadas, aproximadamente, las fronteras actuales de Irán y
Turquía. Las batallas de los siglos XVI y XVII entre estos dos imperios
definieron el mapa religioso del Oriente Medio que conocemos hoy. El
legado safávida pervive: el 89% de la población de Irán es chiita. Es el
único país del mundo donde el chiismo es no solo mayoritario sino
constitutivo de la identidad nacional.
Hay
una creencia chiita que los sunitas no comparten y que resulta
fundamental para entender cómo piensa el mundo chiita. Los chiitas
duodecimanos —la rama mayoritaria del chiismo— creen en una sucesión de
doce imanes legítimos desde Alí en adelante. Creen que el duodécimo,
Mohammad al-Mahdi, no murió. Simplemente está oculto. Vive en algún
lugar fuera del alcance humano, esperando el momento indicado para
regresar, restablecer la justicia en el mundo y guiar a la humanidad.
Algo así como una figura mesiánica, comparable en estructura teológica
al retorno de Cristo en el cristianismo. Esta espera del Imán Oculto
tiene consecuencias políticas enormes. Si el verdadero guía espiritual y
político está ausente, ¿quién gobierna en su nombre? De ahí nació el
concepto de velayat-e faqih («el gobierno del jurista»), la doctrina
política chiita, popularizada por el ayatolá Jomeini en 1979, que otorga
a un clérigo experto en derecho islámico la autoridad suprema para
gobernar un estado en ausencia del Duodécimo Imán.
Durante
el siglo XX, la rivalidad sunita-chiita seguía existiendo pero
languidecía. El panarabismo, el baazismo, el nacionalismo laico
—movimientos que ponían la identidad árabe o nacional por encima de la
religiosa— habían aparcado el sectarismo en el cuarto de los trastos.
Siria tenía un gobierno baazista secular. Irak también. Egipto miraba
hacia otro lado. Luego llegó 1979 y todo saltó por los aires. El ayatolá
Jomeini derrocó al Sha de Irán, respaldado por los americanos, e
instauró la primera república islámica chiita de la historia. Y en el
mismo año, en Arabia Saudí, un grupo de extremistas sunitas tomó la Gran
Mezquita de La Meca y la mantuvieron durante semanas. Dos sacudidas
religiosas en el mismo año en el corazón del mundo islámico.
¿Es
este un conflicto de fe? En parte sí, porque la fe mueve las emociones
más profundas. Pero la fe también puede ser instrumentalizada, y las
élites políticas —de cualquier civilización, en cualquier época— son muy
hábiles instrumentalizándola, porque por encima de todo este es un
conflicto de poder, petróleo y hegemonía. Los regímenes de Riad y
Teherán instrumentalizan un rencor de catorce siglos para mantener a sus
poblaciones divididas y justificar sus ambiciones expansionistas. El
cisma que nació en el año 632 sigue vivo porque, en el tablero de la
geopolítica, el miedo al "otro" sigue siendo la herramienta de control
más eficaz de la historia.
De la red.
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