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sábado, 18 de abril de 2026

SUNITAS Y CHIITAS: SIGLOS DE RENCOR Y SANGRE POR UNA HERENCIA MAL REPARTIDA.

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Esta es la historia de cómo la muerte de un hombre, sin dejar un mecanismo de sucesión aceptado por todos, fracturó una de las religiones más poderosas del mundo. Una herida que lleva catorce siglos abierta y que, lejos de cerrarse, sigue siendo el motor de la geopolítica actual.

En el año 632 de nuestra era (año 11 de la Hégira), en Medina, el profeta Mahoma falleció tras unas fiebres. Tenía sesenta y dos años y había logrado una proeza histórica: unificar bajo una misma fe a las belicosas tribus de la Península Arábiga. El problema, sin embargo, era sucesorio: no dejó un testamento escrito ni un heredero varón superviviente. Mientras su cuerpo era preparado para el sepelio por su primo y yerno, Alí ibn Abi Talib, en los pasillos del poder de Medina se fraguaba el futuro del Islam. Surgieron dos posiciones irreconciliables que hoy definen el mapa del mundo:
- Los Sunitas: Defendían que el sucesor debía ser elegido por consenso entre los notables, siguiendo la Sunna (las tradiciones del Profeta). Su candidato era Abu Bakr, suegro de Mahoma y hombre de confianza.
- Los Chiitas: Sostenían que Mahoma ya había designado sucesor en el oasis de Ghadir Khumm, y que este no era otro que Alí. Para ellos, el liderazgo era una cuestión de legitimidad divina y linaje de sangre.

Abu Bakr fue proclamado primer califa. Para los partidarios de Alí, aquello no fue un consenso, sino un golpe político. El cisma no nació por una disputa teológica, sino por el control del Estado islámico naciente.

Lo que siguió fue una trama de intrigas que harían palidecer a los mejores cronistas romanos. De los cuatro primeros califas —conocidos como los "Ortodoxos"—, tres murieron de forma violenta. Abu Bakr falleció por enfermedad, pero su sucesor, Umar, fue apuñalado; y el tercero, Utmán, fue asesinado en su propia casa. Cuando Alí fue finalmente elegido califa en el 656, el imperio ya estaba en llamas. El gobernador de Siria, Muawiya, se rebeló contra él iniciando una guerra civil que culminó en la batalla de Siffin (657). El conflicto terminó en un arbitraje que debilitó políticamente a Alí y provocó la aparición de los jariyíes: extremistas que, resentidos por la negociación, decidieron que tanto Alí como Muawiya debían morir. El 26 de enero del 661, Alí fue herido de muerte en la mezquita de Kufa. Con su desaparición, los Omeyas tomaron el control, trasladando la capital a Damasco y convirtiendo el califato en una monarquía hereditaria, rompiendo con la tradición electiva anterior.

El punto de no retorno ocurrió en el año 680. El hijo de Alí, Husayn, nieto del Profeta, se negó a jurar lealtad al nuevo califa, Yazid I. Atrapado en la llanura de Karbala (Irak) con apenas 72 seguidores frente a un ejército de miles, Husayn fue masacrado. Este evento no fue una simple batalla; fue el trauma fundacional del chiismo. La brutalidad de la muerte del nieto de Mahoma transformó a una facción política en una comunidad de mártires. Cada año, los chiitas conmemoran la Ashura, recordando la traición y el sacrificio de Husayn. A partir de aquí, el sunismo se consolidó como la religión del Estado y el orden, mientras el chiismo se convirtió en la fe de la resistencia y la mística.

Tras Karbala, los omeyas consolidaron su poder. Y comenzó un ciclo que se repetiría durante siglos: los chiitas, como minoría, perseguidos, marginados, tolerados cuando convenía y aplastados cuando se volvían incómodos. Los omeyas gobernaron hasta el 750. Les sucedieron los abasíes, que llegaron al poder apoyándose en parte en el descontento chiita —promesas de restaurar la legitimidad de la familia del Profeta— y luego, una vez instalados en el poder en Bagdad, gobernaron como una nueva dinastía sunita. La historia del islam está llena de este tipo de traiciones de guion. Los chiitas, mientras tanto, fueron desarrollando su propia arquitectura religiosa e intelectual. A diferencia de los sunitas —que no tienen una jerarquía clerical centralizada, donde cualquier hombre formado puede ser imam de una mezquita—, los chiitas construyeron una estructura de autoridad religiosa cada vez más sofisticada, con sus propios juristas, sus propios ayatolás, sus propias escuelas de derecho. La figura del ayatolá como autoridad suprema que interpreta la voluntad divina y puede dictar normas para los creyentes no tiene equivalente sunita. Existe una jerarquía religiosa más estructurada que en el sunismo, aunque sin una autoridad única.

Un error común es creer que Irán siempre fue el bastión chiita. Durante nueve siglos, Persia fue mayoritariamente sunita. El cambio ocurrió en 1501, cuando el joven Ismail I, fundador de la dinastía safávida, impuso el chiismo como religión oficial por decreto y espada. ¿El motivo? Pura supervivencia geopolítica. Los safávidas necesitaban una identidad religiosa que los diferenciara de sus grandes rivales: los Otomanos sunitas. Si Irán era chiita y el Imperio otomano era sunita, había una frontera religiosa que justificaba también una frontera política. La conversión masiva al chiismo fue, en buena medida, un proyecto de identidad nacional. Ismail I y sus sucesores pasaron el siglo siguiente en guerra intermitente con los otomanos. Fue en esas guerras donde quedaron trazadas, aproximadamente, las fronteras actuales de Irán y Turquía. Las batallas de los siglos XVI y XVII entre estos dos imperios definieron el mapa religioso del Oriente Medio que conocemos hoy. El legado safávida pervive: el 89% de la población de Irán es chiita. Es el único país del mundo donde el chiismo es no solo mayoritario sino constitutivo de la identidad nacional.

Hay una creencia chiita que los sunitas no comparten y que resulta fundamental para entender cómo piensa el mundo chiita. Los chiitas duodecimanos —la rama mayoritaria del chiismo— creen en una sucesión de doce imanes legítimos desde Alí en adelante. Creen que el duodécimo, Mohammad al-Mahdi, no murió. Simplemente está oculto. Vive en algún lugar fuera del alcance humano, esperando el momento indicado para regresar, restablecer la justicia en el mundo y guiar a la humanidad. Algo así como una figura mesiánica, comparable en estructura teológica al retorno de Cristo en el cristianismo. Esta espera del Imán Oculto tiene consecuencias políticas enormes. Si el verdadero guía espiritual y político está ausente, ¿quién gobierna en su nombre? De ahí nació el concepto de velayat-e faqih («el gobierno del jurista»), la doctrina política chiita, popularizada por el ayatolá Jomeini en 1979, que otorga a un clérigo experto en derecho islámico la autoridad suprema para gobernar un estado en ausencia del Duodécimo Imán.

Durante el siglo XX, la rivalidad sunita-chiita seguía existiendo pero languidecía. El panarabismo, el baazismo, el nacionalismo laico —movimientos que ponían la identidad árabe o nacional por encima de la religiosa— habían aparcado el sectarismo en el cuarto de los trastos. Siria tenía un gobierno baazista secular. Irak también. Egipto miraba hacia otro lado. Luego llegó 1979 y todo saltó por los aires. El ayatolá Jomeini derrocó al Sha de Irán, respaldado por los americanos, e instauró la primera república islámica chiita de la historia. Y en el mismo año, en Arabia Saudí, un grupo de extremistas sunitas tomó la Gran Mezquita de La Meca y la mantuvieron durante semanas. Dos sacudidas religiosas en el mismo año en el corazón del mundo islámico.

¿Es este un conflicto de fe? En parte sí, porque la fe mueve las emociones más profundas. Pero la fe también puede ser instrumentalizada, y las élites políticas —de cualquier civilización, en cualquier época— son muy hábiles instrumentalizándola, porque por encima de todo este es un conflicto de poder, petróleo y hegemonía. Los regímenes de Riad y Teherán instrumentalizan un rencor de catorce siglos para mantener a sus poblaciones divididas y justificar sus ambiciones expansionistas. El cisma que nació en el año 632 sigue vivo porque, en el tablero de la geopolítica, el miedo al "otro" sigue siendo la herramienta de control más eficaz de la historia.

De la red.  

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