La poliomielitis era el miedo más grande de la posguerra. En 1952, Estados Unidos sufrió el peor brote de su historia: 58,000 casos. Los hospitales estaban llenos de "pulmones de acero", grandes cilindros metálicos donde los niños yacían inmóviles, con solo sus cabezas por fuera, mientras la presión de la máquina hacía el trabajo que sus pulmones ya no podían realizar. Las piscinas cerraban, los cines se vaciaban y los padres vivían en un estado de pánico constante.
En medio de este caos estaba Jonas Salk, un investigador hijo de inmigrantes judíos que trabajaba con una humildad que rozaba la terquedad. Mientras otros científicos buscaban una vacuna con virus vivos (lo cual era muy arriesgado), Salk se obsesionó con la idea de usar virus "muertos" o inactivados. Fue ridiculizado por sus colegas más famosos, quienes decían que su método jamás funcionaría.
Salk no solo tenía que luchar contra la ciencia oficial, sino contra el tiempo. Los niños seguían muriendo. Salk estaba tan seguro de su investigación que, antes de probarla en el público, se la inyectó a sí mismo, a su esposa y a sus tres hijos. Arriesgó la vida de su propia familia para demostrar que el mundo podía volver a estar a salvo.
El 12 de abril de 1955, se anunció al mundo que la vacuna era "segura, eficaz y potente". El país entero estalló en celebraciones. Las campanas de las iglesias sonaron y la gente se abrazaba en las calles. En una entrevista televisiva esa misma noche, el periodista Edward R. Murrow le hizo la pregunta que cualquier empresario hoy consideraría obvia: "¿Quién posee la patente de esta vacuna?".
Salk, con una calma que hoy parece de otro planeta, respondió: "Bueno, yo diría que la gente. No hay patente. ¿Se podría patentar el sol?".
Esa decisión fue un terremoto. Si Salk hubiera patentado la vacuna, se estima que habría ganado más de 7,000 millones de dólares. Habría sido uno de los hombres más ricos de la historia. Sin embargo, al no hacerlo, permitió que la vacuna fuera barata y se distribuyera masivamente por todo el planeta en tiempo récord.
A pesar de haber salvado a la humanidad, la comunidad científica fue cruel con él. Nunca le dieron el Premio Nobel. Muchos estaban celosos de su fama y de que se hubiera saltado las jerarquías académicas para hablar directamente con la gente. Salk pasó el resto de su vida trabajando en la sombra, buscando una cura para el cáncer y el VIH, sin buscar jamás el aplauso.
Hoy, la polio ha sido erradicada en casi todo el mundo. Millones de personas caminan, corren y respiran gracias a ese hombre que decidió que su riqueza no se mediría en dólares, sino en piernas que no necesitan muletas.
De la red.
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