La historia no se repite, pero enseña. Y cuando enseña, conviene prestar atención.
En
el año 494 a.C., los plebeyos de Roma dijeron basta. Cansados de ser
ignorados por los patricios, de sostener con su trabajo un sistema que
no los representaba, tomaron una decisión drástica: se retiraron de la
ciudad y se asentaron en el Monte Sacro. No fue una protesta simbólica,
fue un acto de poder. Roma, sin su pueblo, quedaba paralizada.
Ese
hecho, conocido como la Secessio plebis, marcó un punto de inflexión.
La élite gobernante comprendió que sin representación real no hay
estabilidad posible. Décadas más tarde, la Lex Hortensia consolidó ese
proceso, otorgando a las decisiones de los plebeyos carácter obligatorio
para toda la República. Fue el reconocimiento institucional de una
verdad política elemental: no se puede gobernar a espaldas del pueblo.
Ahora
bien, en la provincia de Buenos Ayres, el interior productivo -el que
siembra, el que innova, el que genera nuestros alimentos- vive una
situación de aislamiento político estructural. Las decisiones se
concentran en La Plata, lejos de las necesidades concretas de los
municipios. No es un problema administrativo: es un problema de poder.
La
Constitución Nacional, en su art.123, es clara: las provincias deben
garantizar la autonomía municipal. Sin embargo, los distintos gobiernos
desoyen ese mandato y mantienen un esquema centralista de poder. Los
intendentes administran, pero no gobiernan; ejecutan, pero no deciden.
Si quieren más recursos para realizar obras o aumentar la planta de
personal, deben peregrinar hasta La Plata para solicitárselo al
gobernador.
La consecuencia es evidente: una provincia que anda renga y no logra definir su destino.
El
paralelismo con Roma no es caprichoso. Cuando los sectores productivos y
territoriales son sistemáticamente ignorados, el conflicto deja de ser
sectorial y se convierte en estructural. Y cuando eso ocurre, la
política tradicional pierde legitimidad. En este sentido, la política ha
sido astuta: mantiene un entramado de leyes anticuadas, anacrónicas y
retardatarias que le permiten ejercer el poder con legitimidad formal.
La
pregunta, entonces, no es si el interior bonaerense está siendo
postergado. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse este
esquema sin una reacción política de fondo.
Porque
la historia también enseña esto: cuando los pueblos se cansan, no piden
permiso. Actúan. Y si La Plata no escucha, entonces es tiempo de fundar
otra capital, más comprometida con los sectores productivos y con los
bonaerenses.
De la red.
Luis Gotte
La trinchera bonaerense
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