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sábado, 18 de abril de 2026

DEL MONTE SACRO A LA LLANURA BONAERENSE: cuando los pueblos se cansan de no ser escuchados.

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La historia no se repite, pero enseña. Y cuando enseña, conviene prestar atención.

En el año 494 a.C., los plebeyos de Roma dijeron basta. Cansados de ser ignorados por los patricios, de sostener con su trabajo un sistema que no los representaba, tomaron una decisión drástica: se retiraron de la ciudad y se asentaron en el Monte Sacro. No fue una protesta simbólica, fue un acto de poder. Roma, sin su pueblo, quedaba paralizada.

Ese hecho, conocido como la Secessio plebis, marcó un punto de inflexión. La élite gobernante comprendió que sin representación real no hay estabilidad posible. Décadas más tarde, la Lex Hortensia consolidó ese proceso, otorgando a las decisiones de los plebeyos carácter obligatorio para toda la República. Fue el reconocimiento institucional de una verdad política elemental: no se puede gobernar a espaldas del pueblo.

Ahora bien, en la provincia de Buenos Ayres, el interior productivo -el que siembra, el que innova, el que genera nuestros alimentos- vive una situación de aislamiento político estructural. Las decisiones se concentran en La Plata, lejos de las necesidades concretas de los municipios. No es un problema administrativo: es un problema de poder.

La Constitución Nacional, en su art.123, es clara: las provincias deben garantizar la autonomía municipal. Sin embargo, los distintos gobiernos desoyen ese mandato y mantienen un esquema centralista de poder. Los intendentes administran, pero no gobiernan; ejecutan, pero no deciden. Si quieren más recursos para realizar obras o aumentar la planta de personal, deben peregrinar hasta La Plata para solicitárselo al gobernador.

La consecuencia es evidente: una provincia que anda renga y no logra definir su destino.

El paralelismo con Roma no es caprichoso. Cuando los sectores productivos y territoriales son sistemáticamente ignorados, el conflicto deja de ser sectorial y se convierte en estructural. Y cuando eso ocurre, la política tradicional pierde legitimidad. En este sentido, la política ha sido astuta: mantiene un entramado de leyes anticuadas, anacrónicas y retardatarias que le permiten ejercer el poder con legitimidad formal.

La pregunta, entonces, no es si el interior bonaerense está siendo postergado. La pregunta es cuánto tiempo más puede sostenerse este esquema sin una reacción política de fondo.

Porque la historia también enseña esto: cuando los pueblos se cansan, no piden permiso. Actúan. Y si La Plata no escucha, entonces es tiempo de fundar otra capital, más comprometida con los sectores productivos y con los bonaerenses.

De la red. 

Luis Gotte
La trinchera bonaerense

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