
El
mayor poeta satírico del Siglo de Oro español fue encarcelado sin
juicio a los 61 años — y desde su celda escribió algunas de sus obras
más brillantes.
Francisco de
Quevedo era el hombre más peligroso de España no por sus armas, sino por
su pluma. En una época en que la palabra podía matar la reputación de
un noble o de un rey, Quevedo manejaba el castellano con una precisión
quirúrgica y una crueldad devastadora. Sus sátiras destruían a sus
enemigos con una elegancia que hacía imposible la réplica. Y sus
enemigos eran poderosos.
El más
poderoso de todos era Gaspar de Guzmán, el Conde-Duque de Olivares,
valido del rey Felipe IV y hombre más influyente de España durante
décadas. Quevedo y Olivares se odiaban con una intensidad que iba más
allá de la política. Olivares sabía que Quevedo lo ridiculizaba y lo
atacaba en escritos que circulaban de mano en mano por los salones de
Madrid.
En agosto de 1639, cuando
Quevedo tenía 61 años y estaba en plena vejez, Olivares ordenó su
detención. Según la leyenda, bajo la almohada real se encontró un papel
con un poema que atacaba la política del valido. Fuera cierto o no,
Quevedo fue conducido al convento de San Marcos de León, en condiciones
durísimas, sin juicio, sin cargos formales.
Lo que muchos ignoran es que desde aquella celda húmeda y fría,
encadenado y enfermo, Quevedo siguió escribiendo. Sátiras, cartas,
poemas filosóficos y religiosos — algunas de las obras más maduras de su
producción nacieron en prisión. Permaneció encerrado casi cuatro años.
Salió en septiembre de 1643 gravemente enfermo. Murió el 8 de septiembre
de 1645, en Villanueva de los Infantes, a los 64 años.
El
hombre que había aterrorizado con su pluma a los más poderosos de
España fue destruido por ellos — pero no antes de convertir su celda en
un taller literario.
De la red.
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