
Cuenta una antigua leyenda de los Andes,
que un joven mensajero quería unirse a los grandes corredores del imperio.
Pero no tenía maestro,
ni compañeros que lo guiaran.
Veía grupos entrenando juntos,
y pensaba que sin ellos no tenía oportunidad.
Un anciano le dijo algo simple:
“Corre primero… lo demás vendrá después.”
Así que empezó solo.
Cada amanecer, el mismo camino.
Sin aplausos.
Sin testigos.
Al principio, dudaba.
Sentía que avanzaba sin sentido.
Pero siguió.
Día tras día.
En el quinto recorrido, vio a otro como él.
En el décimo, ya no corría solo.
Y con el tiempo,
formó parte de los mejores.
No porque los buscó.
Sino porque se volvió uno de ellos.
Aquí está la verdad que pocos aceptan:
No atraes lo que quieres. Atraes lo que demuestras cada día.
La acción sostenida actúa como filtro.
Aleja a los que hablan y acerca a los que hacen.
Con el tiempo, terminas rodeado de personas que comparten tu mismo nivel de compromiso, no tus mismos deseos.
La validación es una trampa. Esperar que alguien te dé permiso para empezar es garantizar que nunca lo hagas.
Empieza hoy, la tribu llega después.
De la red.
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