Ese deseo que no te abandona no es casualidad.
A
menudo, miramos nuestra realidad y pensamos que el sueño que albergamos
es demasiado grande o incluso imposible. La tierra parece árida, las
circunstancias no ayudan y los días se ven cada vez más oscuros.
Pero
hay un detalle de la naturaleza que solemos olvidar: antes de que una
semilla brote y finalmente alcance la luz, necesita enfrentarse a la
oscuridad y la presión de la tierra. Este momento difícil, silencioso y
solitario que quizás estés experimentando no es tu entierro, es tu
siembra.
Efesios
2:10 nos recuerda que somos la obra maestra de Dios, creados con
propósitos que Él mismo ya ha preparado de antemano. El Autor de la vida
no improvisa tu historia. Si Él plantó esta visión genuina en tu
espíritu, es porque ya ha contemplado tu cosecha. Jamás te daría una
semilla si no tuviera el poder y el momento adecuado para hacerla
florecer.
La espera cansa, y la
duda siempre intenta paralizarnos. Pero la fidelidad del Padre es la que
sostiene sus raíces en secreto, donde nadie más ve.
No
abandones lo que el Cielo te ha confiado. Sigue cultivando tu camino
con oración, confianza y constancia. La luz siempre encuentra la manera
de revelar lo que fue sembrado con propósito.
De la red.
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