En
1809, Napoleón Bonaparte dominaba casi toda Europa. Sus ejércitos
habían derrotado a Prusia, Austria y Portugal. España misma había caído
bajo su control. El hermano del emperador ocupaba el trono de Madrid.
Pero había una ciudad que se negaba a rendirse.
Gerona.
Una ciudad catalana de tamaño mediano, con murallas antiguas y una
guarnición de apenas 8.000 soldados. Frente a ella, el ejército
napoleónico desplegó 29.000 hombres, artillería pesada y todos los
recursos del imperio más poderoso de la época.
El asedio comenzó el 6 de mayo de 1809.
Los
franceses esperaban una rendición rápida. En cambio, encontraron una
resistencia que duró nueve meses. Las murallas fueron bombardeadas
constantemente. Las enfermedades y el hambre diezmaron a la población.
Más de 10.000 civiles participaron activamente en la defensa junto a los
soldados.
El 20 de junio, el
ejército francés lanzó un ataque general. Fue rechazado. El 26 de
septiembre, bombardeos masivos incendiaron partes de la ciudad. Gerona
resistió. Se sucedieron siete asaltos distintos. Ninguno logró romper la
defensa.
Lo que muchos ignoran es que cuando Gerona se rindió finalmente el 12
de diciembre de 1809, no lo hizo por una derrota militar, sino porque la
hambruna y las epidemias habían dejado a los defensores sin fuerzas
para continuar. El general Álvarez de Castro, comandante de la defensa,
fue hecho prisionero en estado de extrema debilidad y murió poco después
en cautiverio.
La resistencia de
Gerona tuvo un impacto simbólico enorme en toda España. Demostró que el
ejército napoleónico, considerado invencible, podía ser detenido por la
determinación de un pueblo entero. Su ejemplo alimentó la resistencia
en todo el país durante los años siguientes.
Nueve meses. Siete asaltos. Una ciudad que eligió agotarse antes que rendirse.
De la red.
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