Antes
de Recaredo, los visigodos y los hispano-romanos vivían en el mismo
territorio con leyes diferentes. Una decisión lo cambió todo.
Imagina
vivir en una ciudad donde tus vecinos y tú tenéis los mismos derechos
en la práctica, pero la ley os trata como si fuerais de mundos
distintos. Eso era Hispania en el siglo VI: visigodos y hispanorromanos
compartían calles, mercados y territorios, pero vivían bajo códigos
legales separados. El origen étnico determinaba la justicia que
recibías.
Los visigodos llevaban
más de un siglo dominando la Península cuando Recaredo subió al trono en
586. Eran militarmente superiores pero numéricamente minoritarios —una
élite guerrera sobre una mayoría hispanorromana culta, urbanizada y
católica. La convivencia funcionaba, pero la unificación real era
imposible mientras existiera esa fractura religiosa y jurídica.
La
conversión de Recaredo al catolicismo en 589, en el III Concilio de
Toledo, fue un acto político tan calculado como sincero. Al adoptar la
fe de la mayoría, el rey eliminó el principal obstáculo a la
integración. Y al promulgar después el Liber Iudiciorum —un código legal
único para todos los habitantes de Hispania— creó el precedente de
igualdad ante la ley que España no volvería a tener de forma tan
explícita hasta siglos después.
Lo que pocos saben: la nobleza visigoda arriana se resistió a la
conversión. Hubo conspiraciones, incluso un intento de asesinato contra
Recaredo. Unificar un pueblo nunca ha sido un acto sin enemigos.
Recaredo I murió en 601 d.C. sin saber que su legado definiría la identidad de una nación que aún no existía con ese nombre.
De la red.
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