Roma
tuvo durante más de mil años a seis niñas viviendo en el centro del
poder con más privilegios que cualquier senador, custodiando el fuego
que según los romanos era literalmente el corazón de la civilización, y
con la amenaza permanente de ser enterradas vivas si rompían una sola
regla. Las vírgenes vestales eran seleccionadas por el Pontífice Máximo
entre los seis y los diez años, de entre veinte candidatas de familias
patricias. No se les pedía permiso a ellas ni a sus padres. El Pontífice
simplemente señalaba a una niña, la tomaba de la mano "como si hubiera
sido capturada en la guerra", según describió Plutarco, le cortaban el
cabello en el momento mismo de su toma de posesión, y desde ese instante
dejaba de pertenecer a su familia para pertenecer al Estado. Treinta
años de servicio obligatorio: diez aprendiendo los rituales, diez
ejecutándolos, diez enseñándolos a las novicias.
Su
tarea central era mantener encendido el fuego sagrado de Vesta en el
Templo del Foro Romano, porque si ese fuego se apagaba era considerado
el peor augurio posible para Roma. Si alguna lo dejaba extinguir por
descuido, el Pontífice la azotaba. A cambio de esos treinta años y esa
responsabilidad aplastante, el Estado romano les daba algo que ninguna
otra mujer romana podía ni soñar: podían hacer testamento sin tutor,
administrar sus bienes, realizar operaciones bancarias por sí mismas,
testificar en juicios con valor legal absoluto sin necesidad de
corroboración, tenían escolta de lictores que podían castigar a
cualquiera que no les cediera el paso en la calle, ocupaban los mejores
asientos en todos los espectáculos públicos, y podían interceder por un
condenado a muerte y liberarlo si se lo cruzaban casualmente en la calle
antes de la ejecución.
Julio
César le debió la vida a las vestales, que intercedieron por él cuando
Sila lo había puesto en su lista de proscritos. Pero había una regla que
no admitía matices: el voto de castidad era absoluto. Cualquier
relación con un hombre era considerada incesto simbólico, porque desde
el momento de su consagración eran "hijas del Estado." Si se probaba que
una vestal había roto ese voto, el Pontífice la hacía descender a una
cámara subterránea cerca de la Puerta Colina, en el llamado "Campo
Maldito" o Campus Sceleratus. Le dejaban adentro una cama, una lámpara
encendida y algo de comida. Retiraban la escalera. Tapaban la entrada
con tierra. La dejaban morir. A su amante lo ejecutaban con varas en
público. El Estado romano no podía derramar la sangre de una vestal pero
podía enterrarla viva, y esa distinción no le parecía paradójica a
nadie. Solo hay registros de veinte casos en toda la historia de Roma.
En el Foro Romano, a seis metros de profundidad, los arqueólogos
encontraron dos esqueletos atados: uno femenino y uno masculino con un
feto. Los estudios los datan entre los años 800 y 600 a. C. No hay
manera de saber sus nombres. Nadie pudo interceder.
De la red.
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