Hoy, como otras tardes
La madre dolorosa ve a los niños
Jugar en la placita
Siente el dolor profundo del recuerdo
Allí jugó su niño en otros días
Su sensibilidad le hace notar
Que otra mujer los mira como ella
Y en sus ojos de madre ve el destello
Del dolor de otra madre y se le acerca.
Se le acerca
"¿Qué mucho se ama a un hijo, verdad?"
Le dice suave
"Qué mucho amor que el día que nos deja
Vivimos su recuerdo en cada instante
Nuestro humano corazón no se consuela".
"Eso me pasa a mí"
Le dice la mujer en un sollozo
"Mi hijo era tan bueno, cariñoso
Se me ha muerto y con él se fue la vida
No me queda consuelo ni reposo".
"Sé lo que sientes"
Dice María conmovida
"Dolorosa es la muerte, sé cuán dura
Pero dime su nombre, no estás sola
Hoy, tu pena y la mía son sólo una".
Y aquella madre, al recibir consuelo
Se abraza a la otra madre con dulzura
Diciéndole: "Mi hijo, luz de mis ojos
Luz de mi vida, luz de mi ternura
Quisiera que lo hubieras conocido
Lo hubieras querido, estoy segura
Era un muchacho lleno de virtudes
Mi hijo se llamaba Judas".
María la abraza tiernamente
Sus palabras son bálsamo bendito
Y allí donde reinaban frío y muerte
El milagro de amor fue de tal suerte
Que un cántico se oyó en el infinito.
El tiempo había volado como las golondrinas,
y el mundo volvió al cauce designado,
ya nadie recordaba la corona de espinas,
ni el madero, ni el tajo en el costado.
La Mater dolorosa,
la Madre de Jesús, la triste rosa,
con su tremenda soledad y el ruego
de su amor maternal,
observaba el bullicio de unos niños en juego,
que era un tropel de abejas alrededor de un panal...
Y vio a su lado la cabeza anciana
de una mujer, con hambre en las pupilas,
que miraba a los niños salpicar la mañana
con granitos de risas y voces intranquilas.
Sus ojos eran lagos de maternal codicia;
!Ese mirar de madre que arrulla y acaricia!
María, comprendiendo aquel dolor humano,
la tomo de la mano, y dijo dulcemente:
—Yo se la sensación que tu alma siente,
es un afán indefinible y fijo,
como el hambre más honda o la sed más ardiente;
y se como calcina como brasa tu mente,
pues como tú, también yo perdí un hijo—.
—Y era mi hijo tan bello!
Rosado y suave como flor de grana,
rubio-castaño, como ese destello
que contra el monte quiebra la mañana.
Y había una mansedumbre en su mirar,
y un místico heroismo...
y su palabra era severa cual la lumbre…
que acuchilla la sombra en el abismo!...
—¿Dime, del tuyo?— pregunto María.
—El mio, era rosado como el día
cuando en el cielo el sol prende su broche,
fresco como un botón entre el ramaje,
su mirada era oscura cual la noche,
y su voz era un trino en el follaje.
Sus bucles eran barbas de maizales
maduros, en las luces otoñales,
sus manecitas, tenues y sedosas,
eran dos avecillas armoniosas;
no había nada en el mundo como el diáfano encanto
del sonar de su risa a través de su llanto.
Y al mirar estos niños, me revienta en el seno
la imagen de mi niño pelirrojo y moreno".
—Fácil es comprender —María le dijo—
el hondo cause de tus penas mudas,
¿Quién eres tú, la madre de tan hermoso hijo?
Y respondió la otra:
—Soy la madre de Judas...