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lunes, 30 de marzo de 2026

La psicología de la envidia.

 ¿Reconoces a alguien que siempre minimiza lo que logras?

Cuando alguien resta valor a tus triunfos, no está hablando de ti... está mostrando su propia inseguridad. La gente realizada celebra; la frustrada, compara. 

La psicología de la envidia la define como una
emoción dolorosa y social, nacida de la comparación constante, donde se anhela lo que otro posee (éxito, bienes, cualidades) y se siente frustración o inferioridad por la propia carencia. Es un mecanismo de defensa que puede derivar en resentimiento, ira y deseos de despojar al otro de su logro, a menudo oculto bajo la admiración o la crítica destructiva.
  • Raíces psicológicas: La envidia surge de un sentimiento de inferioridad, inseguridad o baja autoestima, donde la persona se siente incapaz de obtener lo que desea por sí misma. No es solo querer lo que el otro tiene, sino a menudo el deseo de que el otro deje de tenerlo.
  • Diferencia entre Envidia y Celos: Aunque relacionados, la envidia involucra a dos personas y un objeto/atributo deseado (A envidia a B por X). Los celos son una relación triádica (A teme que C le quite a B) y están ligados al miedo a la pérdida y la traición.
  • Emoción "sana" vs. Maliciosa:
    • Envidia Emulativa (o "sana"): Reconoce el logro ajeno y se utiliza como motivación para mejorar uno mismo, convirtiéndose en inspiración.
    • Envidia Maliciosa: Se centra en destruir o desacreditar al envidiado para reducir la sensación de inferioridad.
  • Manifestaciones: Puede incluir resentimiento, irritabilidad, comentarios sarcásticos, descalificación de los logros ajenos ("envidia de la buena", "tuvo suerte"), alegría ante el fracaso ajeno (schadenfreude) o intentos de boicotear al rival.
  • Base biológica: Se asocia a la liberación de cortisol, la hormona del estrés, lo que demuestra su impacto negativo en la salud física.
Cómo gestionarla (según la psicología):
  1. Reconocerla: Aceptar que se siente envidia es el primer paso, ya que suele ser una emoción tabú.
  2. Identificar la carencia: Entender qué deseo propio no realizado está detrás de la envidia.
  3. Fomentar la gratitud: Centrarse en los propios logros y virtudes, cultivando la satisfacción personal.
  4. Transformar en motivación: Enfocarse en la acción para mejorar, en lugar de en la destrucción del otro.
En resumen, la envidia actúa como una señal de advertencia sobre necesidades personales insatisfechas y carencias internas, cuya gestión adecuada puede llevar al crecimiento personal, mientras que su represión o mal enfoque puede ser destructivo.

 

Dos Arboles, un patrón, una sola verdad: Odín y Jesús.

 

¿SABÍAS QUE ODÍN SE COLGÓ DE UN ÁRBOL DURANTE NUEVE DÍAS CON UNA LANZA ATRAVESADA EN SU COSTADO PARA OBTENER CONOCIMIENTO SECRETO, Y QUE ESE RELATO NÓRDICO COMPARTE SUFICIENTES DETALLES CON LA CRUCIFIXIÓN COMO PARA QUE C.S. LEWIS LO LLAMARA UN MITO QUE APUNTA HACIA LA VERDAD?

El poema nórdico HÁVAMÁL, parte del EDDA POÉTICO compilado aproximadamente en el siglo trece D.C. pero basado en tradición oral significativamente anterior, describe el sacrificio de ODÍN con palabras que ningún lector bíblico puede leer sin detenerse: "Sé que me colgué del árbol sacudido por el viento, nueve noches completas, herido por la lanza y ofrecido a ODÍN, yo mismo a mí mismo." Los paralelos estructurales con JUAN 19 son inmediatos: un árbol o estructura de madera, una herida de lanza, un sacrificio voluntario, un período de separación antes de la resurrección del conocimiento. JUAN 19:34 registra que un soldado "le atravesó el costado con una lanza" a JESÚS, y JUAN 20:25 muestra las marcas como evidencia de identidad post-resurrección. La lanza en ambas narrativas no es decorativa sino central al evento.

La diferencia más reveladora entre los dos relatos no está en los paralelos sino en el propósito. ODÍN se cuelga para OBTENER, específicamente para adquirir las RUNAS, el conocimiento secreto del universo, y el resultado es poder para sí mismo. JESÚS muere para DAR, MARCOS 10:45 lo establece sin ambigüedad: "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos." En la cosmología nórdica el sacrificio de ODÍN es una transacción de poder, el que sufre extrae algo valioso del sufrimiento para su propio beneficio. En la teología bíblica la crucifixión es exactamente lo contrario, el que sufre entrega algo valioso para beneficio de quien no lo merece. La arquitectura del evento es similar, la dirección del movimiento es opuesta.

C.S. LEWIS, antes de convertirse al cristianismo, era precisamente un especialista en mitología nórdica que amaba profundamente las historias de ODÍN y los ASES. En su autobiografía SORPRENDIDO POR LA ALEGRÍA describe cómo el patrón del dios que sufre para traer conocimiento o vida le producía una respuesta emocional que no podía explicar racionalmente. Fue su amigo J.R.R. TOLKIEN quien le presentó el argumento que cambió su vida: ¿qué pasaría si el patrón que los mitos expresaban imperfectamente hubiera ocurrido realmente en la historia? LEWIS lo resumió después en su ensayo MITO SE HIZO REALIDAD: los mitos son la humanidad soñando con una verdad que no puede articular completamente, y la encarnación es el momento en que ese sueño se convirtió en hecho histórico. ODÍN en YGGDRASIL es la versión nórdica del mismo sueño que OSIRIS, TAMMUZ y DIONISIO representaron en sus culturas.

Lo que separa la crucifixión de todos sus paralelos míticos no es la estructura narrativa sino la verificabilidad histórica. PABLO en 1 CORINTIOS 15:3-6 apela a más de QUINIENTOS testigos oculares de la resurrección que seguían vivos cuando escribió, invitando a cualquier escéptico a ir a preguntarles. TÁCITO, historiador romano que no tenía ningún interés en promover el cristianismo, confirmó en sus ANALES que CRISTO fue ejecutado bajo PONCIO PILATO durante el reinado de TIBERIO. ODÍN en YGGDRASIL ocurrió en la imaginación colectiva de un pueblo que preservaba verdades fragmentadas sobre el patrón del sacrificio redentor. JESÚS en la cruz ocurrió en JERUSALÉN, en una fecha verificable, ante testigos nombrados, bajo un gobernador romano documentado. Los mitos apuntan hacia algo. La crucifixión es ese algo.

De la red.
 

The Monks - Punk antes del Punk.

The Monks no nacieron en Londres ni en Nueva York. Eran cinco exsoldados estadounidenses destinados en Alemania que, a mediados de los 60, se raparon la cabeza como monjes, usaron túnicas negras y empezaron a tocar canciones primitivas, tensas y ruidosas pensadas para incomodar.

Con su único álbum "Black Monk Time" (1966), crearon un sonido minimalista y crudo, usando banjos eléctricos, ritmos motores y temáticas antialienación, siendo fundamentales para la música punk y krautrock. Link para escuchar el disco: https://www.youtube.com/watch?v=-l2D0QfJSt8

Lo más increíble es que metieron hasta un banjo eléctrico en ese caos y dejaron un sonido tan adelantado que décadas después su único álbum sigue siendo visto como una semilla real del punk, aunque en su momento casi nadie entendiera qué demonios estaban haciendo. 

Características Principales:
  • Estilo "Über-beat": Se definían como la antítesis de los Beatles, con un estilo rítmico y estridente.
  • Imagen y Sonido: Vestían de negro con tonsuras franciscanas, utilizando batería sin platillos, bajo distorsionado y banjo eléctrico con feedback.
  • Legado: A pesar de su poco éxito en los años 60, son reconocidos como influencias clave por grupos como Sex Pistols, The Fall y The White Stripes.
  • Álbum Clave: "Black Monk Time" (1966) es considerado un disco de culto y una obra maestra de la deconstrucción del rock.
Su historia también ha sido documentada en el documental: Monks - The Transatlantic Feedback
 
De la red. 

 

Aristóteles y El Respeto.

 


El respeto no es una cortesía superficial, es una forma de reconocer límites. Es entender que no todo gira en torno a lo que piensas, a lo que quieres o a cómo ves el mundo. Quien no comprende esto, termina invadiendo, imponiendo y desgastando todo a su paso.
 
Muchas personas exigen respeto, pero no saben darlo. Confunden respeto con obediencia, con validación constante o con evitar cualquier contradicción. Pero respetar a alguien no es estar de acuerdo con él, es saber tratarlo con dignidad incluso en la diferencia.
 
El respeto también se demuestra en lo que uno no hace. En no humillar, en no descalificar, en no aprovecharse del otro cuando tiene una posición más débil. Es una forma silenciosa de carácter que se nota más en los detalles que en los discursos.
 
Escuchar es una de sus formas más claras. No interrumpir, no responder con prisa, no convertir cada conversación en una competencia. Quien escucha de verdad reconoce que no lo sabe todo y que el otro también tiene algo que aportar.
 
Pero el respeto no es sumisión. También implica saber poner límites. Decir “hasta aquí” sin necesidad de gritar, sin necesidad de rebajarse al nivel de quien no sabe comportarse. La firmeza tranquila suele ser más poderosa que cualquier confrontación agresiva.
 
Una persona que se respeta a sí misma no permite que otros la traten de cualquier manera. Porque entiende que el respeto no solo se exige, también se sostiene con acciones coherentes.
 
Al final, el respeto define la calidad de las relaciones y del propio carácter. Porque no se trata solo de cómo tratas a quienes te importan, sino de cómo actúas incluso cuando nadie te obliga a hacerlo.
 
De la red. 

JETHRO TULL Y LA BROMA QUE EL MUNDO SE TOMÓ EN SERIO...

Jethro Tull -Thick As A Brick
https://www.youtube.com/watch?v=aLJenEemZMU

 En 1972, el líder de la banda Jethro Tull estaba furioso. Los críticos musicales habían etiquetado su disco anterior como un "álbum conceptual", una etiqueta pretenciosa que él odiaba profundamente.
Para vengarse de la prensa, decidió grabar una burla colosal y absurda. Pero el plan le salió terriblemente mal... 👇

Ian Anderson compuso una sola canción de 43 minutos de duración (dividida en las dos caras del vinilo). La letra era un poema supuestamente escrito por un niño ficticio de 8 años, lleno de frases incomprensibles y cambios de ritmo ridículos. Estaba diseñada al 100% como una parodia sarcástica para reírse
de las bandas de rock progresivo de la época.

¿La ironía? Cuando el disco se lanzó, los críticos musicales no entendieron el sarcasmo. Se lo tomaron completamente en serio, le dieron reseñas perfectas y lo coronaron como "la obra maestra y el mejor álbum conceptual del año". Anderson se hizo millonario con un chiste que nadie entendió.

De la red. 

El Yo y el Self de Jung.

 

Para Jung, la vida humana tiene dos grandes etapas psicológicas. La primera mitad y la segunda mitad de la vida tienen tareas muy distintas.

La primera mitad de la vida: construir el yo

Durante la juventud y la adultez temprana, la tarea principal es formar el ego y adaptarse al mundo. En esta etapa buscamos:
• estudiar o formarnos
• construir una identidad
• establecer relaciones
• crear una familia o un trabajo
• encontrar un lugar en la sociedad

Jung decía que esta fase está orientada hacia el mundo exterior. Es necesaria porque el individuo necesita una estructura sólida para vivir.

Pero el problema aparece cuando la persona intenta seguir viviendo toda la vida con los mismos objetivos de la juventud.

La segunda mitad de la vida: el encuentro con el Self

Alrededor de los 40 o 50 años, muchas personas comienzan a sentir que algo cambia. Lo que antes parecía suficiente —éxito, trabajo, reconocimiento— ya no llena del mismo modo.

A veces aparece una crisis, una pregunta interior o una sensación de vacío. Jung veía esto no como un fracaso, sino como el inicio del verdadero proceso psicológico profundo.

En esta etapa la psique empieza a orientarse hacia el interior. Surgen preguntas como:
• ¿Quién soy realmente?
• ¿Qué parte de mí he ignorado?
• ¿Qué sentido tiene mi vida más allá de lo externo?

Aquí comienza el proceso de individuación, el encuentro con el Self.

El descenso necesario

En esta fase muchas personas se encuentran con aspectos que antes habían evitado: la sombra, las heridas, los conflictos internos. Por eso Jung decía que la transformación profunda no ocurre buscando solo la luz, sino haciendo consciente lo que estaba oculto.

La segunda mitad de la vida es, simbólicamente, un tiempo de integración.

No se trata de conquistar el mundo, sino de reunir las partes de uno mismo.

La paradoja de la madurez

Para Jung, el verdadero desarrollo humano no consiste en mantenerse eternamente joven, sino en permitir que la vida nos transforme.

Por eso decía algo muy importante: muchas personas pasan la primera mitad de su vida construyendo su personalidad… y la segunda mitad descubriendo quiénes son realmente.

Video relacionado: https://www.facebook.com/reel/1639751297060866

De la red.
 

EL JARDIN DEL EDÉN

El Jardín del Edén es uno de los lugares más misteriosos de toda la Biblia. Allí fue donde Dios colocó al primer hombre y a la primera mujer.
Pero algo que muchos pasan por alto es que la Biblia describe el Edén usando ríos reales, lo que nos da pistas geográficas muy interesantes.
Génesis 2:10-14 explica que del Edén salía un río que se dividía en cuatro.
Los nombres de esos ríos son:
• Pisón
• Guijón
• Hidekel (Tigris)
• Éufrates
Dos de estos ríos todavía existen hoy.
📍 Los ríos que aún existen
Los ríos Tigris y Éufrates todavía fluyen actualmente por la región del Medio Oriente, especialmente por los territorios de:
• Irak
• Turquía
• Siria
Debido a esto, muchos estudiosos bíblicos creen que el Jardín del Edén pudo haber estado en algún punto cercano a Mesopotamia, una región considerada la cuna de las civilizaciones antiguas.
Sin embargo, después del diluvio en tiempos de Noé, la geografía de la tierra cambió enormemente, por lo que su ubicación exacta hoy sigue siendo un misterio.
Algo que muchos no saben
La palabra Edén en hebreo puede relacionarse con la idea de deleite o lugar de abundancia, lo que describe perfectamente un jardín preparado directamente por Dios.
Génesis 2:8
"Y" Yahvé Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado."
Si el Jardín del Edén estaba cerca de los ríos Tigris y Éufrates…
 
De la red.
 

La Biblia Prohibida que Occidente Nunca Quiso Mostrar (La Biblia Etíope).


Existe una Biblia que casi nadie menciona cuando se habla del cristianismo.

No es una teoría; es real,
Se conserva en Etiopía, y muchos estudiosos la consideran una de las Biblias más antiguas y completas que existen.

Mientras la Biblia del canon protestante contiene 66 libros, y la del canon católico 73, la Biblia etíope contiene 81 libros.
Es, hasta hoy, el canon bíblico más amplio del mundo.

Pero lo que realmente vuelve inquietante a esta Biblia no es solo su tamaño…
sino los textos que sobrevivieron dentro de ella.

Durante siglos, Etiopía permaneció relativamente aislada del poder religioso del Imperio Romano y del Imperio Bizantino.

Eso significa que muchos de sus escritos no pasaron por los mismos filtros políticos y teológicos que definieron las Biblias occidentales.

Y es aquí donde aparece uno de los textos más controvertidos de la antigüedad, en esta Biblia sí se conserva el Libro de Enoc.

Un antiguo manuscrito donde se habla de los Vigilantes, ángeles que descendieron del cielo hacia la Tierra.
Según el relato, estos seres tuvieron contacto directo con los humanos…
y de esa unión nacieron los Nefilim, criaturas gigantes y poderosas que caminaron sobre el mundo antiguo.

Pero el misterio no termina ahí.
La Biblia etíope también incluye otros textos antiguos que desaparecieron del canon occidental, como el Libro de los Jubileos, un escrito que describe cronologías ocultas de la creación y secretos de los primeros tiempos de la humanidad.

Durante siglos, estos textos fueron ignorados, cuestionados o simplemente olvidados fuera de Etiopía.

Y eso deja una pregunta que cada vez más personas se hacen…
Si estos libros existieron desde los primeros siglos del cristianismo…

¿por qué desaparecieron del resto de las Biblias?
¿Fue una simple decisión religiosa…
o alguien decidió que ciertos relatos no debían permanecer en la historia oficial?
Porque si estos textos fueron eliminados…
entonces tal vez la historia que conocemos está incompleta.

Y la verdadera pregunta es esta:
¿Qué otros secretos quedaron fuera del libro más leído del mundo? 

De la red. 

Isaac Newton - Del descanso al descubrimiento.

Isaac Newton no buscaba cambiar el mundo aquel día. Había regresado a la finca familiar en Woolsthorpe, lejos del bullicio de la universidad, obligado por una epidemia que paralizaba Inglaterra. El silencio del campo lo rodeaba, pero su mente no descansaba. Preguntas sin respuesta giraban en su cabeza: ¿por qué se mueven los planetas?, ¿qué fuerza gobierna el universo?

Cansado, se sentó bajo la sombra de un manzano. El viento era suave, casi imperceptible. Entonces ocurrió algo simple, casi insignificante: una manzana cayó.

No fue el golpe ni el susto lo que lo marcó, sino la pregunta que surgió de inmediato: ¿por qué siempre caen hacia abajo? ¿Por qué no hacia un lado, o hacia arriba? En ese instante, lo cotidiano se volvió extraordinario. Newton no vio solo una fruta cayendo; vio una pista, una señal de que la misma fuerza que hacía caer la manzana podía extenderse mucho más allá.

Bajo ese árbol, mientras el mundo parecía detenido, comenzó a imaginar una fuerza invisible que conectaba todo: la Tierra, la Luna, los planetas. Aquel momento de aparente descanso fue, en realidad, el inicio de una de las ideas más poderosas de la historia: la ley de la gravitación universal.

No fue un rayo de inspiración mágica, sino el resultado de observar lo simple con una mente extraordinaria. Porque a veces, los grandes descubrimientos no nacen en laboratorios… sino en momentos de pausa, cuando alguien se atreve a preguntar “¿por qué?” en el instante preciso.

De la red.
 
 

La primera vuelta al mundo que nadie esperaba terminar - Magallanes y Elcano.


237 hombres zarparon. Solo 18 regresaron. Y demostraron que la Tierra es redonda navegando completamente a su alrededor.
20 de septiembre de 1519. Cinco naves salen de Sanlúcar de Barrameda, en el sur de España. El objetivo: alcanzar las Molucas — las islas de las especias — navegando hacia el Oeste. Nadie ha hecho nunca algo así. Nadie sabe con certeza si es posible.
Al mando, Fernando de Magallanes — un navegante portugués al servicio de la Corona española. 🌍
La expedición es un calvario desde el principio. Motines, hambre, tormentas, enfermedades. En octubre de 1520, Magallanes descubre el estrecho que hoy lleva su nombre — el paso entre el Atlántico y el Pacífico en el extremo sur de América. Lo atraviesan en 38 días. Lo que Magallanes ve al otro lado lo llama "Mar Pacífico" porque las aguas están en calma después de las tormentas del estrecho.
En abril de 1521, en las Filipinas, Magallanes muere en la batalla de Mactán, luchando por un rey local aliado. La expedición pierde a su líder a mitad de camino.
Es entonces cuando Juan Sebastián Elcano toma el mando de la única nave superviviente — la Victoria — y decide completar la vuelta al mundo en lugar de regresar por donde vinieron.
🔍 Lo que muy pocos saben: cuando la Victoria regresa a España el 6 de septiembre de 1522, sus 18 supervivientes descubren que han perdido un día. Habían viajado hacia el Oeste sin parar — y sin saberlo, habían experimentado por primera vez en la historia el desfase horario de una vuelta al mundo completa. Este fenómeno desconcertó a los navegantes y a los teólogos durante años.
En su escudo de armas, Elcano recibió el lema: "Primus circumdedisti me" — "Fuiste el primero en darme la vuelta."
¿Sabías que los supervivientes llegaron con un día menos en su calendario?
 
De la red. 
 

Sequoyah y el sistema de escritura.

 


Él no sabía leer ni escribir, y aún así cambió para siempre el destino de su pueblo.

A principios del siglo XIX, la nación Cheroqui transmitía de generación en generación su historia únicamente a través de la memoria oral. Por otro lado, Sequoyah, un integrante de la tribu, observaba con fascinación cómo los colonos utilizaban lo que él llamaba "hojas hablantes", eran papeles con signos misteriosos para él, pero que eran capaces de guardar el conocimiento en el tiempo. Se trataba de los libros y memorias.

En ese momento comprendió que, si no hacían lo mismo, los siglos de sabiduría cheroqui desaparecerían para siempre. Así que decidió crear un sistema para su propia lengua. Cuando compartió su idea, la comunidad consideró absurdo que un analfabeto intentara crear un alfabeto.

Ante esto, lo llamaron loco, sus amigos se burlaron de él y su esposa quemó sus primeros manuscritos creyendo que perdía el tiempo.

Pero no se rindió.

Durante doce años, trabajó en absoluta soledad y tras múltiples fracasos, descubrió un secreto, y es que no necesitaba dibujar palabras enteras, sino representar los sonidos de su idioma.

Con este principio diseñó 85 símbolos, uno para cada sílaba y para demostrar su creación, convocó a los líderes de la tribu. Los jefes le dictaron mensajes en secreto y segundos después, la hija de Sequoyah, ubicada en otra habitación, leyó los textos en voz alta sin cometer un solo error.

El silencio se convirtió en asombro absoluto, el sistema funcionaba a la perfección.

En cuestión de meses, miles de cheroquis aprendieron a leer y escribir, redactaron cartas, leyes y memorias. Años más tarde, durante el exilio masivo conocido como el Sendero de las Lágrimas, la tribu perdió sus tierras, sus hogares y a miles de sus habitantes. Sin embargo, su identidad sobrevivió.

Sequoyah no solo inventó un sistema de escritura, tambien inventó un escudo contra el olvido y convirtió la palabra en el mayor acto de resistencia de su pueblo.

Fuentes en Archivos históricos de la Nación Cheroqui (Cherokee Nation).

De la red.

El Abrazo de Mil Años

 


El Abrazo de Mil Años
El Patriarca Cirilo estaba de rodillas en su capilla privada en Damasco cuando la decisión finalmente cristalizó en su corazón.
Era 1724. Había pasado meses—años, realmente—orando por esto. Luchando con esto. El peso de siglos sobre sus hombros. El peso de un cisma que había durado casi setecientos años desde que los cruzados rompieron toda confianza. El peso de una comunidad que lo miraba esperando guía.
Pero en este momento, en la quietud de la madrugada, con el olor a incienso todavía flotando del oficio nocturno, Cirilo sintió algo que no había sentido en mucho tiempo:
Paz.
No la paz de tener todas las respuestas. Sino la paz de saber que el Amor es más grande que nuestras divisiones.
Abrió los ojos. La lámpara del santuario ardía con llama constante frente al iconostasio. Detrás, en el altar, la presencia real de Cristo en la Eucaristía—el mismo Cristo que oró "que todos sean uno."
"Padre," susurró Cirilo, "si este es tu camino, dame fuerza. Si no lo es, cierra esta puerta. Pero ya no puedo vivir en división cuando tú eres unidad."
No hubo trueno. No hubo visión. Solo silencio lleno de presencia.
Y Cirilo supo.
Era tiempo de volver a casa.

Los siglos de separación.
Para entender este momento, debemos retroceder.
Los melquitas—cristianos de rito bizantino en Siria, Líbano, Palestina, Egipto—habían estado en comunión con Roma durante los primeros mil años. "Melquita" significa "del emperador" en árabe, porque seguían la fe del emperador bizantino de Constantinopla.
Pero 1054 llegó. El Gran Cisma. Oriente y Occidente separándose por cuestiones teológicas, políticas, de orgullo humano entremezcladas con principios genuinos.
Luego las Cruzadas. Oh, las Cruzadas. Esos supuestos "defensores de la fe" que saquearon Constantinopla en 1204. Que masacraron cristianos orientales. Que dejaron heridas tan profundas que siglos no podrían sanar.
Los melquitas—atrapados entre mundos—se mantuvieron mayormente con Constantinopla. No por teología tanto como por supervivencia. Roma estaba lejos. Roma había enviado cruzados que los trataban como herejes. Roma no entendía su liturgia, su espiritualidad, su forma de ser cristianos.
Así que permanecieron separados.
Generaciones. Siglos. Padres enseñando a hijos: "Roma nos traicionó. No podemos confiar en ellos."
Pero algo más también se transmitía, más silenciosamente:
La memoria de cuando eran uno. La memoria de que, teológicamente, la división nunca tuvo que suceder. La memoria de que Cristo oró por unidad.
Y esa memoria—como semilla enterrada en invierno—esperaba primavera.

El Patriarca dividido.
Cirilo VI Tanas no buscaba ser revolucionario. Era hombre de paz. Erudito. Contemplativo.
Había estudiado en el Colegio Griego de Roma en su juventud. Conocía tanto el mundo latino como el bizantino. Hablaba árabe, griego, latín, italiano. Había visto ambos lados.
Y lo que vio lo rompió:
Vio que las diferencias teológicas reales eran menores de lo que la retórica hacía parecer. El Filioque—esa cláusula sobre el Espíritu Santo que había sido punto de disputa—podía entenderse de formas compatibles si había voluntad de entenderse.
Vio que la primacía papal—tan temida en Oriente—no tenía que significar uniformidad litúrgica o destrucción de tradiciones orientales. Roma misma había tenido ritos orientales en comunión durante siglos.
Vio que lo que separaba a cristianos orientales y occidentales no era fe esencial sino historia dolorosa y malentendidos acumulados.
Y se preguntó: ¿Cuánto tiempo más?
¿Cuánto tiempo más seguiríamos usando heridas de siglo XIII como excusa para división en siglo XVIII?
¿Cuánto tiempo más permitiríamos que orgullo humano—disfrazado de "preservar tradición"—nos mantuviera separados del cuerpo completo de Cristo?

La oposición.
No todos compartían la visión de Cirilo. Muchos no.
Había partido en la iglesia melquita que veía cualquier acercamiento a Roma como traición. Como vender la herencia oriental. Como someterse a imperialismo latino.
"Nos quitarán nuestra liturgia," decían. "Nos forzarán a ser latinos. Perderemos quiénes somos."
Y Cirilo entendía el miedo. Era válido. Había precedentes históricos de latinización forzada. De misioneros occidentales tratando de "corregir" ritos orientales como si fueran defectuosos.
Pero Cirilo había visto algo más en Roma. Había visto—en los mejores momentos, con los mejores líderes—una visión de unidad en diversidad. De una Iglesia que respira con dos pulmones, oriental y occidental.
"Hermanos," decía en las reuniones interminables, "no estoy pidiendo que dejemos de ser quiénes somos. Estoy pidiendo que seamos quiénes somos en comunión completa con todo el cuerpo de Cristo."
"Nuestra liturgia permanecerá. Nuestro calendario. Nuestros íconos. Nuestra espiritualidad. Todo esto es precioso y lo preservaremos."
"Pero la comunión—la comunión completa, el poder compartir Eucaristía con nuestros hermanos occidentales, el reconocer que somos una Iglesia con Pedro como centro visible de unidad—esto no nos quita nada. Nos completa."
Algunos escuchaban. Muchos resistían.
La comunidad se dividió.
Y Cirilo lloró. Lloró porque sabía que cualquier movimiento hacia unidad crearía, paradójicamente, nueva división antes de la sanación.
Pero también sabía que quedarse paralizado por miedo a división era rendirse a la división permanente.

El Sínodo de 1724.
Septiembre. Damasco. Calor todavía intenso aunque el verano terminaba.
Cirilo convocó sínodo. Obispos melquitas de toda la región. Algunos favorables a comunión con Roma. Otros vehementemente opuestos.
Las discusiones duraron días. A veces acaloradas. A veces con lágrimas. Siempre con pasión.
Un obispo anciano—Gregorio, que había servido cincuenta años—se levantó temblando:
"Hermanos, tengo ochenta años. He vivido toda mi vida en separación de Roma. Aprendí desde niño que los latinos son otros, diferentes, no-nuestros."
Pausa. Lágrimas en sus ojos.
"Pero he vivido demasiado tiempo para seguir creyendo esa mentira. Los latinos son nuestros hermanos. Imperfectos, sí. Como nosotros. Pero hermanos. Y hermanos no deben estar divididos porque sus abuelos pelearon."
"Yo votaré por comunión. No porque Roma sea perfecta. Sino porque Cristo oró por unidad. Y yo, al final de mi vida, quiero honrar esa oración."
El silencio que siguió era sagrado.
Otro obispo—más joven, más cauteloso—habló:
"Padre Gregorio, pero ¿y nuestras tradiciones? ¿Cómo sabemos que Roma las respetará?"
Cirilo respondió, voz firme pero gentil:
"No lo sabemos con certeza. La confianza requiere riesgo. Pero tengo correspondencia de Roma. Promesas escritas. Garantías de que nuestra liturgia, nuestros ritos, nuestra herencia, serán preservados."
"Y más que promesas escritas, hermanos: tenemos la fe de que el Espíritu Santo guía a la Iglesia. Si damos este paso en oración, en humildad, buscando genuinamente la voluntad de Dios... Él nos protegerá."
"Podemos quedarnos seguros en nuestra separación. O podemos arriesgarnos al amor. Y el amor siempre requiere riesgo."
La votación no fue unánime. Nunca lo es en cosas importantes.
Pero la mayoría—cuidadosa, orante, temblorosa—votó sí.
Sí a comunión con Roma.
Sí a preservar identidad oriental en plena comunión católica.
Sí a ser puente entre Oriente y Occidente.
Sí al riesgo del amor.

La carta a Roma.
Cirilo escribió personalmente la carta al Papa Benedicto XIII. No dictó a escriba. Esto era demasiado importante. Demasiado personal.
Escribió en latín, con su mejor caligrafía:
"Beatísimo Padre,
Con corazón lleno de esperanza y temblando de humildad, la Iglesia Melquita se acerca a la Sede de Pedro buscando restaurar la comunión que se rompió por pecados y malentendidos mutuos hace siglos.
No venimos buscando abandonar nuestra herencia. Venimos buscando completarla. Creemos que la Iglesia de Cristo debe respirar con dos pulmones—oriental y occidental. Y por demasiado tiempo hemos respirado separados.
Profesamos la fe católica completa. Reconocemos el primado de Pedro. Buscamos la unidad por la cual Cristo oró.
Pero también pedimos: respeten nuestra liturgia. Nuestra tradición espiritual. Nuestros íconos y nuestro calendario. Permítannos ser quiénes somos—orientales—dentro de la comunión completa.
Si pueden recibirnos así, venimos con gozo. Si no, seguiremos orando por el día cuando la unidad sea posible.
Su hijo en Cristo, dividido demasiado tiempo, buscando finalmente volver a casa."
Selló la carta. La envió con mensajero de confianza.
Y esperó.

La espera.
Meses. Los meses más largos de la vida de Cirilo.
Cada día revisaba si había llegado respuesta. Cada día, nada.
La comunidad estaba en tensión. Los que se opusieron a la comunión—liderados por obispo alternativo, Silvestre—estaban causando división. Estableciendo jerarquía paralela. Diciendo que Cirilo era traidor.
Cirilo no respondía con ira. Solo con tristeza.
"Hermano Silvestre," le escribió, "entiendo tu miedo. Comparto algunas de tus preocupaciones. Pero ¿continuaremos divididos para siempre? ¿No hay punto donde debemos intentar sanar?"
Silvestre no respondió.
La comunidad se fragmentaba. Familias divididas. Parroquias divididas. Algunos siguiendo a Cirilo hacia Roma. Otros siguiendo a Silvestre hacia Constantinopla.
Y Cirilo, en su capilla, oraba:
"Padre, si me equivoqué, perdóname. Si esto causa más daño que bien, detenlo. Pero si es tu voluntad... si la unidad es posible... por favor, que Roma responda con amor."

La respuesta.
Marzo, 1725. Casi seis meses después.
El mensajero llegó. Polvoriento del viaje. Pero con carta sellada con sello papal.
Cirilo la abrió con manos temblorosas. Leyó.
Y lloró.
Lloró porque Roma había dicho sí.
Sí con condiciones justas. Sí respetando tradiciones orientales. Sí reconociendo a Cirilo como Patriarca Melquita Católico. Sí preservando liturgia bizantina, calendario juliano, íconos, todo.
Roma había dicho: "Vengan como son. Sean orientales en plena comunión. Respiren ese pulmón oriental que tanto necesitamos."
El Papa escribió:
"Hijo querido, la Iglesia de Roma te recibe con los brazos abiertos. No para cambiarte sino para abrazarte. Tu liturgia es preciosa. Tu espiritualidad es don para toda la Iglesia. Ven, y enséñanos cómo orar con íconos. Enséñanos tu tradición. Enriquécenos."
Cirilo leyó y releyó. No podía creerlo.
Después de setecientos años, alguien en Roma finalmente entendía.
La unidad no significa uniformidad.
La comunión no significa pérdida de identidad.
Ser católico no significa dejar de ser bizantino.

La celebración.
El día que se anunció formalmente la comunión restaurada, la Catedral de Damasco estaba llena hasta desbordar.
Católicos latinos que vivían en la ciudad—comerciantes, diplomáticos—vinieron. Melquitas que apoyaban la unión llenaban las naves. Incluso algunos ortodoxos curiosos estaban en las puertas.
Cirilo celebró la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo. En griego. Con toda la belleza bizantina. El iconostasio brillando con luz de velas. El incienso subiendo como oración.
Y en el momento de la comunión, Cirilo elevó el cáliz y dijo algo no-litúrgico, algo desde el corazón:
"Este es el cuerpo y sangre de nuestro Señor, quien oró que todos seamos uno. Hoy, hermanos, esa oración se cumple un poco más. Hoy, Oriente y Occidente comulgan juntos otra vez."
Las lágrimas corrían libremente. No solo de Cirilo. De muchos.
Porque entendían: estaban presenciando sanación. Sanación de herida de siglos. No completa—nunca sería completa en este lado de la eternidad. Pero real. Tangible.
El cuerpo roto de Cristo, un poco menos roto.

Los años después.
No fue fácil. Nunca lo es.
La división con los melquitas que permanecieron ortodoxos—los que siguieron a Silvestre—dolió profundamente. Familias divididas durante generaciones. Hermanos que no se hablaban.
Cirilo nunca dejó de orar por reconciliación completa. Escribió cartas a Silvestre hasta el final: "Hermano, todavía eres mi hermano. Nuestras diferencias no borran eso."
Roma, para su crédito, mantuvo sus promesas mayormente. La liturgia melquita fue preservada. El calendario. Los íconos. La espiritualidad oriental.
Sí, hubo intentos ocasionales de latinización por misioneros celosos que "sabían mejor." Pero la estructura—el pacto fundamental—se mantuvo.
Los melquitas católicos se convirtieron en puente. Entendían ambos mundos. Podían explicar Oriente a Occidente. Occidente a Oriente.
Eran señal viviente de que la unidad en diversidad es posible.

El testamento de Cirilo.
Cuando Cirilo murió en 1759—treinta y cinco años después del sínodo—dejó testamento espiritual. Una carta para sus sucesores:
"Amados hijos que vendrán después de mí:
He vivido para ver la comunión restaurada. No perfecta. Nunca perfecta en este mundo. Pero real.
Algunos me han llamado traidor por acercarme a Roma. Otros me han llamado héroe. Yo no soy ni uno ni otro. Soy simplemente pastor que creyó que ovejas de Cristo no deben estar en rediles separados cuando Cristo es uno.
Preserven su identidad oriental. Es preciosa. Es don de Dios. No permitan que nadie les diga que ser católico significa dejar de ser bizantinos.
Pero también permanezcan en comunión. Aunque sea difícil. Aunque haya incomprensión. Aunque Roma a veces no entienda. Permanezcan. Porque la alternativa—división perpetua—es peor.
Sean puentes. Ese es su carisma. Expliquen Oriente a Occidente. Ayuden a la Iglesia a respirar con ambos pulmones.
Y nunca—nunca—dejen de orar por el día cuando todos los cristianos estén en comunión completa. Ortodoxos, católicos, todos. Ese día vendrá. Puede no ser en su vida. Pero vendrá.
Porque Cristo oró por unidad. Y las oraciones de Cristo siempre se cumplen."

El legado hoy.

Trescientos años después.

La Iglesia Melquita Católica existe todavía. Millones de fieles. En Medio Oriente, en diáspora mundial.
Celebran la misma liturgia bizantina. Los mismos íconos. El mismo calendario (aunque algunos han adoptado el gregoriano por razones prácticas).
Pero están en plena comunión con Roma. Con toda la Iglesia Católica.
Son testimonio viviente: la unidad es posible sin uniformidad.
Puedes ser oriental en liturgia y católico en comunión.
Puedes preservar tu herencia y estar conectado con todo el cuerpo de Cristo.
El sueño de Cirilo—imperfecto, parcial, pero real—vive.

Una escena moderna.
Damasco. 2010. Antes de que la guerra destrozara todo.
Un patriarca melquita católico—sucesor de Cirilo en línea ininterrumpida—está celebrando Divina Liturgia. En la misma catedral. Con el mismo iconostasio restaurado.
En la congregación: familias melquitas. Algunos católicos latinos visitantes. Algunos ortodoxos que vinieron por curiosidad o por amistades personales.
En el momento de paz—cuando congregación se saluda con beso santo—algo hermoso sucede:
Melquitas abrazando latinos. Latinos intentando (torpemente, con amor) hacer reverencia oriental. Ortodoxos sonriendo a católicos. Católicos sonriendo a ortodoxos.
Por un momento—solo un momento, pero real—las divisiones se desvanecen.
Por un momento, son simplemente cristianos. Adorando al mismo Cristo. Compartiendo la misma fe esencial.
Por un momento, la oración de Jesús "que todos sean uno" se vuelve visible.
Y si miras cuidadosamente—si realmente miras—puedes ver a Cirilo entre las sombras de las columnas. Sonriendo. Llorando lágrimas de gozo.
Porque su sueño, aunque no completo, vive.
El abrazo que inició en 1724 continúa.
El amor que arriesgó todo no fue en vano.

Para nosotros hoy.
Esta historia no es solo historia. Es invitación.
Invitación a cada uno de nosotros—católico, ortodoxo, protestante, cualquiera que ame a Cristo—a preguntarnos:
¿Cuánto tiempo más?
¿Cuánto tiempo más usaremos heridas de nuestros ancestros como excusa para nuestra división?
¿Cuánto tiempo más permitiremos que orgullo—"nuestro lado tiene razón, su lado está equivocado"—nos mantenga separados?
¿Cuánto tiempo más ignoraremos la oración de Cristo?
Cirilo no tenía todas las respuestas. Cometió errores probablemente. La reunión que logró fue imperfecta.
Pero intentó. Arriesgó. Amó más que temió.
Y eso—ese simple acto de intentar—cambió todo.
¿Y nosotros?
¿Qué arriesgaremos por unidad?
¿Qué conversaciones difíciles tendremos?
¿Qué puentes construiremos?
¿O seguiremos cómodos en nuestras divisiones, convencidos de que "unidad" es problema de otros, no nuestro?

Oración final.
Padre, que tus hijos sean uno.
Como tú y el Hijo son uno.
No uniformidad. Sino unidad.
No borrando diferencias. Sino abrazándolas.
No destruyendo tradiciones. Sino tejiéndolas juntas.
Danos valor de Cirilo. Que arriesgó todo por amor.
Danos humildad de Roma. Que recibió sin exigir conformidad.
Danos paciencia para el camino largo.
Y sobre todo, danos amor.
Amor que es más fuerte que teología.
Amor que es más grande que historia.
Amor que sana lo que el orgullo rompió.
Que todos seamos uno.
Como tú oraste.
Como siempre fue tu sueño.
Como será, al final, cuando todas las divisiones sanen.
Y nos encontremos en tu presencia.
Finalmente, completamente, eternamente...
Uno.
Amén.

Postdata: El pecho hinchado.
Si sientes algo hinchándose en tu pecho ahora—no orgullo, sino algo más puro—eso es lo que se siente cuando el amor gana.
Cuando alguien arriesga todo por unidad.
Cuando puentes se construyen sobre abismos de siglos.
Cuando hermanos separados finalmente se abrazan.
Eso es esperanza.
Eso es gracia.
Eso es el Reino de Dios rompiéndose en nuestro mundo roto.
Y si un patriarca en 1724 pudo hacerlo—sin internet, sin teléfonos, con meses de espera para cada carta—entonces nosotros, con todo lo que tenemos, ¿qué excusa nos queda?
La historia de los melquitas no es solo suya.
Es nuestra.
Esperando que la vivamos.
Esperando que arriesguemos.
Esperando que amemos más que temamos.
Esperando que construyamos puentes.
Esperando que seamos uno.
Como Cristo oró.
Como siempre debimos ser.
Como, por gracia, un día seremos.
Completamente.
Eternamente.
Uno. 

De la red. 

Jackie Mitchell: La historia de la mujer que ponchó a Babe Ruth y Lou Gehrig a sus 17 años

Es imposible no sorprenderse al conocer la historia de Jackie Mitchell, una mujer que jugó Beisbol y, con sólo 17 años, ponchó a dos de los jugadores más grandes de todos los tiempos: Babe Ruth y Lou Gehrig. Y lo hizo cuando ambos jugaban para los Yankees de Nueva York un 2 de abril de 1931.

Hablamos de dos peloteros que formaban parte de la llamada “lista asesina” (Murderers’ Row) de los todopoderosos Yankees de la década de los 20 y principios de los 30. Y sí, ambos sucumbieron ante los lanzamientos de una chica de 17 años.

Jackie Mitchell: La mujer que ponchó a Babe Ruth en los Yankees
Lou Gehrig y Babe Ruth / Foto: Reuters

El día que Jackie Mitchell ponchó a Babe Ruth y a Lou Gehrig

Pues tal cual. Cuenta la leyenda (porque esto sin duda es legendario) que los Yankees de Nueva York viajaron a Chattanooga, en Tennessee, para un juego de exhibición contra el equipo local: Chattanooga Lookouts. Recuerda, hablamos del año 1931.

El partido estaba programado para el 1 de abril (dato muy importante para más adelante), pero la lluvia provocó que el juego se pospusiera hasta el jueves 2 de abril. Claro, la mayor expectativa era ver a las grandes figuras que estaban marcando una dinastía en las Grandes Ligas, pero ese partido era especialmente llamativo por la participación de Jackie Mitchell.

No era la primera mujer en jugar beisbol en un equipo, como se dice por ahí. Ese honor le pertenece a Lizzie Arlington quien lanzó en ligas menores en 1898. Pero tampoco era nada común ver mujeres jugando beisbol, mucho menos contra un equipo de las Grandes Ligas… ¡Mucho menos contra los Yankees!

Los registros históricos indican que había cerca de 4 mil personas aquel día viendo el primer juego de la serie que sostendrían ambos equipos. Jackie Mitchell no fue la abridora de Lookouts, pero el lanzador inicial concedió dos bases por bolas a los primeros al bate de Yankees y el mánager lo sacó de inmediato.

Fue así como la chica de sólo 17 años subió a la lomita para enfrentar al tercero y cuarto en el orden de los Bombarderos del Bronx: Babe Ruth y Lou Gehrig.

Jackie Mitchell: La mujer que ponchó a Babe Ruth en los Yankees
Jackie Mitchell / Foto: Getty

Jackie Mitchell ponchó a Babe Ruth y a Lou Gehrig con 7 lanzamientos

Lo más extraordinario de la hazaña de la joven Mitchell fue que no tuvo que lanzar al plato muchas veces… le bastaron siete lanzamientos.

Babe Ruth vio pasar el primer lanzamiento que terminó en bola, hizo swing al segundo y tercero sin éxito, y vio pasar una cuarta pelota, ante la cual el Umpire cantó el tercer strike. “El Gran Bambino” arrojó el bate al suelo y se fue un tanto molesto.

Con Lou Gehrig fue todavía más increíble lo de la jugadora. Tres lanzamientos, tres swings y fuera. Sí, Jackie Mitchell, siendo una chica de 17 años, ponchó con 7 lanzamientos a dos de los más grandes jugadores que el beisbol ha visto jamás.

¿A cuántos jugadores más de Yankees ponchó Jackie Mitchell?

La hazaña de Jackie Mitchell fue algo brutal, pero quedó en eso. Ningún otro Bombardero del Bronx mordió el polvo por el brazo de la jugadora de Lookouts. Dio base por bolas a los siguientes bateadores y el mánager tampoco la perdonó.

Salió del juego dejando a su paso por la lomita historia pura. Aunque los Yankees ganaron 14-4 aquel partido, los titulares de los periódicos resaltaron al día siguiente que una mujer ponchó a Babe Ruth y a Lou Gehrig.

Jackie Mitchell: La mujer que ponchó a Babe Ruth en los Yankees
Babe Ruth y Lou Gehrig / Foto: Reuters

Y a todo esto, ¿quién fue Jackie Mitchell?

Virne Beatrice Mitchell Gilbert, a quien hemos llamado (porque así la recuerda la historia) como Jackie Mitchell, nació el 29 de agosto de 1913 en Tennessee. Creció en Memphis, donde fue entrenada por nada menos que el Salón de la Fama Charles Arthur “Dazzy” Vance, dado que venían siendo vecinos.

A corta edad se mudó con su familia a Chattanooga, donde entró a una escuela de beisbol afiliada a los ya mencionados Lookouts. Fue firmada formalmente con contrato y toda la cosa con ese equipo apenas unos días antes de los enfrentamientos contra los Yankees, lo que resultó ser un obstáculo para su hazaña (más tarde explicamos por qué). Eso la convirtió en la primera mujer con un contrato en el Rey de los Deportes.

Dejó a los Lookouts poco después de ese juego contra Yankees y jugó para un equipo amateur llamado Casa de David, de 1933 a 1937, cuando finalmente se retiró del beisbol para dedicarse a un negocio familiar.

En 1943 se creó la Liga Profesional Femenina de Beisbol, pero Jackie Mitchell ya no fue parte de ella. Su última aparición en un montículo fue cuando lanzó la primera bola de un juego de los Lookouts en 1982, a la edad de 68 años.

Jackie Mitchell: La mujer que ponchó a Babe Ruth en los Yankees
Jackie Mitchell, Babe Ruth y Lou Gehrig / Foto: Getty

¿La hazaña de Jackie Mitchell contra Yankees fue sólo una broma?

Uno pensaría que luego de ponchar a dos jugadores de Yankees siendo una chica de 17 años, eso catapultaría una carrera única. ¿Qué pasó entonces? Resulta que luego de ponchar a Babe Ruth y Lou Gehrig, comenzó a desatarse la creencia de que no fueron turnos al bate legítimos.

La hazaña de Jackie Mitchell se vio opacada porque, en la opinión de muchos periodistas deportivos de la época, jugadores e incluso directivos, pudo tratarse de una broma a las que los dos jugadores de Yankees se prestaron.

En Estados Unidos existe una versión propia del Día de los Inocentes (April Fools’ Day) que tiene lugar cada 1 de abril; y como el juego donde Jackie Mitchell enfrentó a los Yankees estaba programado originalmente para esa fecha, muchos creyeron que era una broma pese a que el partido al final se realizó al día siguiente.

Una reseña de Tony Horwitz para Smithsonian Magazine, narra que principalmente medios como el New York Times desacreditaron lo hecho por la chica de 17 años. Insinuaron con algunas frases que Babe Ruth y Lou Gehrig se prestaron muy bien a la supuesta broma.

Babe Ruth vs Jackie Mitchell
Babe Ruth / Foto: Getty

“Todo fue una broma. Jackie Mitchell ponchando a Ruth y Gehrig es una buena historia para los libros infantiles, pero pertenece al mismo lugar que el Conejo de Pascua”, dijo alguna vez John Thorn, historiador de las Grandes Ligas.

Ah pero también hubo voces a favor de la lanzadora. Tim Wiles, director de investigación del Salón de la Fama, puso sobre la mesa un argumento para pensar que sus ponches a los Yankees fueron genuinos.

“Gran parte del bateo tiene que ver con el tiempo y la familiaridad con un lanzador, y todo lo relacionado con Jackie Mitchell era desconocido para Ruth y Gehrig“, mencionó.

 
Tomado de: https://www.sopitas.com/deportes/jackie-mitchell-mujer-poncho-babe-ruth-lou-gehrig-yankees-historia-17-anos/
 

EL MISTERIO DEL TETRAGRAMATON QUE TE DEJARÁ SIN ALIENTO....

¿SABÍAS QUE PRONUNCIAS EL NOMBRE DE DIOS MILES DE VECES AL DÍA SIN DARTE CUENTA? EL MISTERIO DEL TETRAGRAMATON QUE TE DEJARÁ SIN ALIENTO....
 
Cuando Moisés le preguntó a Dios Su nombre en la zarza ardiente, Dios le respondió con cuatro letras hebreas: Y-H-V-H (Yod, He, Vav, He). A esto se le conoce como el Tetragrámaton.
Durante siglos, los eruditos han discutido cómo se pronuncia realmente ("Yahvé", "Jehová"), porque en el hebreo antiguo no se escribían las vocales. Los sacerdotes judíos le tenían tanto respeto a este nombre que dejaron de pronunciarlo por miedo a profanarlo.
Pero los lingüistas y rabinos antiguos descubrieron algo poético y abrumador sobre el sonido de estas cuatro letras cuando se pronuncian sin vocales.
EL CÓDIGO: EL SONIDO DEL ALIENTO
Las letras Yod, He, Vav, He no forman una palabra articulada con la lengua o los labios. Su sonido natural es el de unas consonantes aspiradas.
Suenan literalmente como el acto de inhalar y exhalar.
Yod-He (Inhalación).
Vav-He (Exhalación).
Esto significa que el primer sonido que hace un bebé al nacer y llenar sus pulmones de aire, es el nombre del Creador. Y el último suspiro que da un anciano antes de partir de este mundo, es el nombre de Dios. El nombre de Dios no fue diseñado para ser gritado con elocuencia, sino para ser respirado.
MENSAJE PARA TI
Hay noches en las que la tristeza, la ansiedad o el dolor son tan grandes que no tienes palabras para orar. Te arrodillas o te acuestas en tu cama, y lo único que sale de tu boca es un suspiro profundo, un llanto silencioso o una respiración entrecortada. El enemigo te hace creer que, como no puedes armar una oración bonita, Dios no te está escuchando.
¡Es una mentira! Incluso cuando no tienes fuerzas para hablar, el simple hecho de respirar en medio de tu angustia es clamar el nombre de Dios (Y-H-V-H). Él diseñó tu cuerpo para que, en tu mayor debilidad y silencio, tu propio aliento lo esté llamando. No necesitas palabras elocuentes; el Padre escucha tu respiración y sabe exactamente lo que tu alma necesita.
 
De la red. 
 

BELCEBÚ VS BAFOMET

BELCEBÚ VS BAFOMET
O por qué llevas toda la vida eligiendo entre demonios sin saberlo
Publicado el 19 de marzo — Festividad de San José, Patrono de la Iglesia Universal

Para José de Nazaret, que nunca eligió el camino fácil. Que cuando el mundo le presentó dos opciones, encontró una tercera. Que protegió lo sagrado cuando nadie más lo vio.
Este artículo va dedicado a él.

Hay una pregunta que nadie te hace en la escuela, en la universidad, ni en ningún debate político que hayas visto en tu vida.
No te la hace la televisión. No te la hace tu partido favorito. No te la hace el influencer de economía que tanto admiras.
La pregunta es esta:
¿Y si las dos opciones que te ofrecen son igualmente malas?
No "malas" como imperfectas. No "malas" como mejorables. Malas como en: construidas sobre mentiras fundamentales sobre lo que es el ser humano. Malas como en: incapaces, por diseño, de producir una sociedad verdaderamente justa. Malas como en: demonios con distintos disfraces.
Bienvenido al artículo que ningún medio de comunicación convencional publicaría.

El juego que te enseñaron a jugar
Desde que tienes memoria, el mundo te presentó un menú de dos platillos.
Izquierda o derecha. Capitalismo o socialismo. Mercado libre o Estado planificador. Individualismo o colectivismo. CNN o Fox News. Progresismo o conservadurismo.
Y la regla implícita, la que nunca se dice pero todos entienden, es esta: tienes que elegir uno. Si no eliges, no existes políticamente. Eres un ingenuo. Un tibio. Un cobarde que no quiere comprometerse.
Lo más perverso del juego no es que las opciones sean malas.
Lo más perverso es que el juego mismo está diseñado para que nunca cuestiones las opciones.
Para que toda tu energía intelectual y emocional se vaya en defender tu bando y atacar al otro. Para que nunca levantes la vista y preguntes: espera, ¿quién diseñó este tablero? ¿Y por qué solo hay dos casillas?
Hoy levantamos la vista.

Belcebú tiene nombre: se llama Mercado
Seamos justos. El capitalismo tiene cosas buenas. La propiedad privada es legítima. El comercio puede ser virtuoso. La iniciativa emprendedora puede ser extraordinariamente fecunda.
El problema no es el mercado. El problema es cuando el mercado se convierte en religión.
Y cuando eso pasa, el catecismo es más o menos así:
El mercado libre resolverá todos los problemas. La mano invisible es infalible. Todo lo que es legal y rentable está moralmente permitido. El valor de una persona se mide por su productividad. Los que fracasan en el mercado simplemente no se esforzaron lo suficiente.
¿Reconoces ese catecismo? Está en todas partes. En los podcasts de finanzas personales. En los discursos de políticos de derecha. En la cultura del "hustle" que glorifica trabajar dieciséis horas diarias como si fuera virtud heroica.
Y lleva a conclusiones brutales si lo sigues hasta el final:
El anciano que ya no produce tiene valor reducido. El enfermo crónico es una carga. El discapacitado es ineficiente. El pobre es pobre porque quiso serlo.
Margaret Thatcher lo dijo sin anestesia: "No existe tal cosa como la sociedad. Solo hay individuos y familias."
Es una frase que suena a libertad. Pero en realidad es una declaración teológicamente devastadora. Niega que somos seres relacionales, creados para la comunidad. Niega que tenemos obligaciones hacia los demás que no elegimos. Niega que existe algo llamado bien común que trasciende la suma de intereses individuales.
Cristo fue directo: "No podéis servir a Dios y a las riquezas."
El capitalismo sin límites morales lleva dos siglos demostrando que eligió las riquezas.
Eso es Belcebú. El señor de las moscas. El que ofrece todos los reinos del mundo a cambio de una sola cosa: que le adores.

Bafomet también tiene nombre: se llama Estado
La izquierda vio los horrores del capitalismo industrial. Los niños en las minas. Las jornadas de dieciséis horas. Los salarios de miseria. La acumulación obscena en manos de unos pocos mientras millones morían de hambre.
Y dijo: hay que cambiar todo esto.
En eso tenía razón.
El error fue el diagnóstico. Y el remedio.
Si el problema es que el mercado no tiene límites, la solución no es eliminar el mercado y reemplazarlo con un Estado que tampoco tiene límites.
Pero eso fue exactamente lo que propuso el marxismo. Y lo que construyeron todos los regímenes que lo implementaron.
El individuo no tiene dignidad anterior al Estado. Existe solo como parte del colectivo. Sus derechos no son naturales — son concesiones del poder. Y lo que el poder concede, el poder puede revocar.
"La religión es el opio del pueblo" — no es solo una crítica a instituciones corruptas. Es una negación metafísica completa. Dice: no existe dimensión espiritual. No hay alma. No hay trascendencia. El ser humano es materia que piensa, nada más.
Y cuando reduces al ser humano a materia... cuando le quitas la dignidad que viene de ser imagen de Dios... has abierto la puerta a algo terrible.
Si no somos más que animales evolucionados, ¿por qué no sacrificar a algunos por el bien de la manada?
La historia respondió esa pregunta. Con campos de concentración. Con purgas. Con hambrunas artificiales. Con decenas de millones de muertos.
No fue accidente. Fue la lógica del sistema llevada hasta sus consecuencias naturales.
Eso es Bafomet. El ídolo de las revoluciones que promete paraíso terrenal. A cambio de una sola cosa: que renuncies a tu libertad, tu dignidad, tu alma.

La trampa perfecta
Aquí está el movimiento maestro del engaño.
Ambos sistemas — el capitalismo radical y el socialismo totalitario — comparten el mismo error de base. Son igualmente materialistas. Igualmente utópicos. Igualmente ciegos al pecado original.
El capitalismo dice: el sistema correcto creará prosperidad para todos. El socialismo dice: el sistema correcto creará igualdad para todos. Los dos mienten. Los dos asumen que si arreglas las estructuras externas, arreglas al ser humano. Los dos ignoran que el problema está adentro.
Y los dos te instrumentalizan. El capitalismo te usa como consumidor y productor. El socialismo te usa como engranaje del Estado. En ninguno de los dos eres un fin en ti mismo. Siempre eres un medio.
Pero la trampa perfecta es esta: te hacen creer que debes elegir entre ellos.
Si criticas el capitalismo, eres comunista.
Si criticas el socialismo, eres fascista.
Es una jaula intelectual. Construida para que nunca explores la salida que existe. La salida que, curiosamente, ambos sistemas temen y odian por igual.

Lo que José nos enseña hoy
Hoy es 19 de marzo. Festividad de San José.
Y hay algo en la figura de José que es perfectamente subversivo para lo que estamos hablando.
José vivió en un mundo de opciones binarias brutales. Encontró a María embarazada. La ley decía una cosa. La costumbre decía otra. El qué dirán decía lo de siempre. Y la lógica del mundo le presentó exactamente dos caminos, ambos malos.
José encontró un tercero.
No porque fuera ingenuo. No porque se negara a ver la realidad. Sino porque escuchó una voz que el ruido del mundo no le dejaba oír. Porque tuvo la valentía de actuar sobre lo que esa voz le dijo, aunque nadie más lo entendiera. Aunque lo hiciera quedar como un tonto ante los ojos de todos.
José protegió lo sagrado cuando nadie más lo reconoció.
Ese es exactamente el coraje que se necesita hoy.
Porque existe una tercera vía. Lleva más de cien años esperando que alguien le preste atención.

La tercera vía que ambos demonios temen
Se llama la Doctrina Social de la Iglesia.
No es ideología de derecha con barniz religioso. No es ideología de izquierda con barniz religioso. Es algo cualitativamente diferente, construido sobre una pregunta que ninguna ideología moderna se hace honestamente:
¿Qué es el ser humano?
Y su respuesta cambia todo.
El ser humano es imagen y semejanza de Dios. Tiene dignidad inalienable que no depende de su productividad, su utilidad, su clase social o su contribución al colectivo. Es un ser relacional, creado para la comunidad, pero irreductible a ella. Tiene dimensión material y espiritual. Tiene libertad real. Y tiene un destino que trasciende cualquier sistema político o económico.
De esa antropología brotan principios que no caben en el espectro izquierda-derecha:
Dignidad humana. Cada persona vale infinitamente, siempre, sin condiciones. El anciano improductivo. El niño por nacer. El migrante sin papeles. El preso. El adicto. Todos. Sin excepción.
Bien común. Existe algo que trasciende tanto los intereses individuales como los del Estado. Una sociedad justa no es aquella donde cada uno maximiza su ganancia, ni aquella donde el Estado maximiza su control. Es aquella donde todos pueden florecer.
Subsidiaridad. Las decisiones deben tomarse al nivel más cercano posible a las personas afectadas. El Estado no debe hacer lo que la familia puede hacer. La nación no debe hacer lo que la comunidad local puede hacer. Esto no es anarquismo — es reconocer que el poder centralizado tiende a corromper y a deshumanizar.
Solidaridad. No somos átomos aislados. Somos hermanos. Y esa fraternidad tiene consecuencias económicas, políticas y sociales concretas.
Opción preferencial por los pobres. Una sociedad se juzga por cómo trata a sus más vulnerables. No como problema a resolver con tecnocracia. No como masa a adoctrinar con ideología. Como hermanos con dignidad especial ante los ojos de Dios.
La derecha odia todo esto porque exige límites reales a la acumulación, defiende al trabajador y pone a los pobres por encima de las ganancias.
La izquierda lo odia porque defiende la propiedad privada, rechaza el estatismo, insiste en la libertad religiosa y condena el ateísmo materialista.
Ambos lo ignoran. Ambos lo temen. Porque si la gente lo entendiera de verdad, el juego binario se acabaría.

El costo de la tercera vía
Seré honesto contigo. Elegir esta vía tiene un precio.
No tendrás tribu política cómoda. No podrás ponerte la camiseta de ningún equipo y desconectar el cerebro. Estarás incómodo en todos los espacios políticos modernos, porque todos esos espacios están construidos sobre la falsa dicotomía que la Doctrina Social desmantela.
Los de derecha te llamarán comunista.
Los de izquierda te llamarán fascista.
Algunos te llamarán ingenuo.
Otros te llamarán arrogante.
Pero tendrás algo que ninguna ideología puede darte.
Coherencia moral. Una visión del ser humano que no requiere ignorar partes incómodas de la realidad. Un camino que no te pide sacrificar la verdad en el altar de la conveniencia política.
José de Nazaret también pagó un precio. Nadie entendió sus decisiones. Nadie escribió libros sobre su sabiduría durante su vida. Vivió en la oscuridad y el silencio, haciendo lo correcto sin reconocimiento, sin audiencia, sin aplausos.
Y protegió al Salvador del mundo.
A veces las decisiones más importantes se toman así. En silencio. Contra la corriente. Sin que nadie lo entienda todavía.

La elección
Más de cien años de Doctrina Social de la Iglesia. Decenas de documentos papales. Pensamiento desarrollado por algunas de las mentes más brillantes de la historia.
Todo ignorado porque no cabe en las categorías que nos impusieron.
Pero está ahí. Esperando. Como José esperó. Con paciencia, con firmeza, con la certeza silenciosa de quien sabe que lo sagrado vale la pena proteger aunque nadie más lo vea todavía.
La elección es tuya.
Belcebú o Bafomet. Mercado-dios o Estado-dios. Derecha o izquierda.
O Cristo.
Elige sabiamente.
Porque elegir entre demonios, al final del día, sigue siendo elegir demonio.

Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1244352594568964&set=a.482701794067385