En enero de 1898, España seguía siendo una potencia colonial. Controlaba Cuba, Puerto Rico y Filipinas — los últimos grandes territorios de lo que había sido el mayor imperio de la historia.
En diciembre de 1898, todo eso había desaparecido.
El 25 de abril de 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España. El pretexto oficial fue la misteriosa explosión del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana, que mató a 266 marineros americanos. Las causas reales eran económicas y geopolíticas: Estados Unidos quería expandir su influencia en el Caribe y el Pacífico.
La guerra duró menos de cuatro meses.
El 1 de mayo, la flota española del Pacífico fue destruida en la batalla de la bahía de Manila en apenas siete horas. El 3 de julio, la flota del Atlántico fue aniquilada frente a Santiago de Cuba. España no tenía con qué responder. Sus barcos eran más lentos, sus cañones menos precisos, sus municiones escasas.
El 12 de agosto se firmó el armisticio. En el Tratado de París del 10 de diciembre, España cedió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Más de 50.000 españoles habían muerto, en su mayoría por enfermedades tropicales más que en combate.
El "Desastre del 98" no fue solo una derrota militar. Provocó una crisis de identidad nacional sin precedentes. Una generación entera de intelectuales —la llamada Generación del 98— dedicó su obra a preguntarse qué había fallado en España y cómo reconstruirla.
Un imperio construido en tres siglos. Perdido en cuatro meses.
De la red.