Chadys (Combo) 2 Libros y CD

Agradezco su aportación


Las donaciones son bienvenidas, y de forma segura a través de PayPal.



Translate

Saludos cordiales:

Saludos amigos del blog!!!! Quiero darles la bienvenida a mi humilde aposento cibernético con el cual comparto desde el año 2009 lo que me apasiona en el mundo de las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Y también escritos originales... Pueden accesar a mi música en Spotify, YouTube y a los interesados en mis publicaciones literarias, las pueden adquirir en su librería preferida en Puerto Rico, Amazon, eBay, o escribiéndome. Muchas bendiciones!

Visitas al blog

lunes, 2 de febrero de 2026

La Verdad que NO Quieren que Sepas sobre Libia.

La ironía es devastadora, cruel, perfecta, pero aquí está la verdad que nadie quiere que sepas. La historia que te contaron sobre Gaddafi y Libia es solo una fracción de la realidad, una narrativa cuidadosamente construida para ocultar algo mucho más perturbador.

Si quieres descubrir cómo el país africano con el mayor índice de desarrollo humano fue convertido en un estado fallido con mercados de esclavos en menos de 8 meses, ¿y por qué las potencias mundiales necesitaban que esto sucediera? Quédate, porque vamos a revelar verdades incómodas.

El desierto de Libia. Nace un niño en una tienda beduina. Su nombre: Muamar el Gaddafi. No hay hospitales, no hay escuelas, no hay futuro. Su padre es un pastor analfabeto en una de las regiones más pobres del planeta.

Libia, en ese momento, es una colonia italiana devastada por la guerra. La esperanza de vida no supera los 44 años. El 90% de la población no sabe leer ni escribir. Este niño descalzo en el desierto, sin embargo, tendría acceso a algo que cambiaría su destino: educación. Las primeras escuelas construidas después de la independencia de 1951 abrieron una ventana microscópica de oportunidad.

Cada fila que atravesó fue un logro, pero la Libia independiente era una farsa. El rey Idris, instalado por los británicos, era un títere. El petróleo, descubierto en 1959, fluía hacia Occidente mientras los libios morían de hambre. Las compañías extranjeras se llevaban el 70% de los ingresos. El país nadaba en oro negro, pero su pueblo vivía en la Edad Media.

Gaddafi tiene 27 años, es capitán del ejército y está furioso. En septiembre, mientras el rey Idris vacacionaba en Turquía, Gaddafi lidera un golpe de estado incruento. Sin disparar una sola bala, toma el control de Libia. Su mensaje es simple, pero poderoso:

—Libia será libre. El petróleo será nuestro. Construiremos un país que haga temblar al mundo.

Los primeros años son revolucionarios. Literalmente. Gaddafi nacionaliza el petróleo, expulsa a las bases militares británicas y estadounidenses. Exige que las compañías petroleras paguen el 50% de las ganancias, luego el 70%, después el 100%. Las corporaciones occidentales están furiosas, pero Gaddafi tiene el poder y tiene el petróleo.

Y entonces comienza la transformación. Entre 1970 y 2010, Libia experimenta el mayor aumento en calidad de vida de toda África. Los números son innegables. La tasa de analfabetismo cae del 90% al 10%. La esperanza de vida salta de 44 a 74 años. El PIB per cápita se dispara hasta convertirse en el más alto del continente africano.

La educación se vuelve gratuita, la salud se vuelve gratuita. Las parejas recién casadas reciben 50,000 dólares del gobierno para comprar su primera vivienda. La electricidad es prácticamente gratis. El combustible cuesta menos que el agua embotellada.

¿Un paraíso socialista? No exactamente, porque Gaddafi no era solo un líder económico; era un megalómano con una visión mesiánica de sí mismo.

Desde el principio dejó claro que la disidencia no sería tolerada. En 1977 publica su “Libro Verde”, una mezcla extraña de socialismo, nacionalismo árabe y filosofía personal que se vuelve lectura obligatoria en todo el país. Quien lo critique, desaparece. Literalmente. Las ejecuciones públicas comienzan en los años 70.

Opositores políticos son colgados en estadios deportivos mientras las cámaras transmiten en vivo. El mensaje es simple: desafiar a Gaddafi es morir, y morir de forma humillante. Pero aquí está el contexto que nadie menciona. Gaddafi no estaba construyendo una dictadura común; estaba construyendo una fortaleza contra el colonialismo.

Expulsa a la comunidad italiana que aún controlaba negocios clave. Miles son deportados en 24 horas, sus propiedades confiscadas. Occidente grita “violación de derechos humanos”. Gaddafi responde:

—¿Dónde estaban ustedes cuando Italia masacró a 100,000 libios durante la colonización?

Guerra árabe-israelí. Gaddafi financia a Egipto y Siria con millones de dólares. Envía tropas, corta suministros de petróleo a Occidente. Los precios se disparan. Las potencias occidentales lo añaden a su lista de enemigos. Pero Gaddafi había descubierto algo poderoso: el petróleo era un arma y él sabía cómo usarla.

Entre 1975 y 1985, los ingresos petroleros de Libia se invierten de forma que ningún otro país africano se atreve. El “Gran Río Artificial” comienza su construcción en 1983. Es el proyecto de irrigación más grande del mundo: 4,000 kilómetros de tuberías que extraen agua fósil del Sahara y la llevan a las ciudades costeras. Costo: 25,000 millones de dólares. Financiado completamente con fondos propios, sin deuda externa. Gaddafi lo llama “la octava maravilla del mundo”.

Occidente lo ignora, porque una África que resuelve sus propios problemas sin préstamos del FMI es una África peligrosa.

Mientras tanto, Gaddafi cruza líneas que no debería cruzar. Financia al IRA en Irlanda, a ETA en España, a las Panteras Negras en Estados Unidos. Proporciona entrenamiento militar a grupos revolucionarios en América Latina. Su argumento es que son luchadores por la libertad contra el imperialismo. Para Occidente, son terroristas y Gaddafi es su patrocinador.

Estados Unidos tiene suficiente. Ronald Reagan ordena la operación “Cañón El Dorado”. Cazabombarderos F-111 despegan desde Inglaterra y bombardean Trípoli y Bengasi. Objetivo: matar a Gaddafi.

Resultado: 60 civiles muertos, incluida Hana, la hija adoptiva de Gaddafi de 15 meses. Gaddafi sobrevive. El mundo espera que se rinda. No lo hace.

El vuelo Pan Am 103 explota sobre Lockerbie, Escocia. 270 muertos. Dos agentes libios son acusados. Gaddafi niega responsabilidad, pero el daño está hecho. Libia se convierte oficialmente en estado patrocinador del terrorismo. Las sanciones económicas llegan, el aislamiento es total.

Pero esto era apenas el aperitivo, porque mientras Gaddafi construía enemigos en Occidente, construía algo más peligroso en casa: un culto a la personalidad absoluto. Su rostro está en cada edificio, su nombre en cada escuela. Sus “amazonas”, un batallón de 40 guardias femeninas, lo protegen las 24 horas, los 7 días de la semana. Nadie puede acercársele, nadie puede cuestionarlo.

La prisión de Abu Salim se llena de disidentes, miles de prisioneros políticos. Las condiciones son infrahumanas y en 1996 sucede lo impensable. Los prisioneros protestan, exigen derechos básicos, mejor comida, llamadas telefónicas.

La respuesta de Gaddafi es escalofriante. Las tropas entran a la prisión y abren fuego durante 3 horas continuas. 1,270 prisioneros son asesinados en un solo día. Las familias no son informadas durante años. Los cuerpos nunca son devueltos.

Este es el Gaddafi que el mundo conoce: brutal, despiadado, paranoico. Pero lo que el mundo no sabe es que, mientras cometía estas atrocidades, también estaba planeando algo que cambiaría a África para siempre.

Gaddafi ve esto y toma una decisión que cree que lo salvará: cooperar. En diciembre de 2003, Gaddafi anuncia públicamente que desmantelará su programa de armas de destrucción masiva. Entrega todo: armas químicas, tecnología nuclear, centrifugadoras, planos; todo a cambio de una sola cosa: protección. Reconocimiento internacional. La promesa de que si juega según las reglas occidentales, podrá gobernar en paz.

Tony Blair visita Libia en 2004. Se dan la mano, sonríen para las cámaras. “Un nuevo capítulo”, dicen los medios. Condoleezza Rice llega en 2008. Gaddafi es rehabilitado. Las sanciones se levantan. Las compañías petroleras regresan. Libia es bienvenida de nuevo en la comunidad internacional.

Gaddafi cree que ha ganado. Cree que la cooperación lo protegerá. Cree que entregando su única arma de disuasión ha asegurado su supervivencia. Nunca hubo un cálculo más equivocado en la historia moderna, porque mientras Gaddafi jugaba el juego de Occidente, estaba planeando algo que las potencias mundiales no podían tolerar.

Gaddafi es elegido presidente de la Unión Africana y desde esa posición propone tres iniciativas que sellarían su sentencia de muerte:

Primera: crear una moneda panafricana respaldada en oro. El dinar de oro africano. Cada país africano comerciaría petróleo, minerales y recursos usando esta moneda en lugar del dólar o el euro. África se liberaría del sistema monetario occidental.

Segunda: establecer tres instituciones financieras africanas independientes. Un Banco Central Africano en Nigeria, un Fondo Monetario Africano en Camerún y un Banco Africano de Inversiones en Libia. Todo financiado con los 150,000 millones de dólares del fondo soberano libio que Gaddafi había acumulado en bancos occidentales.

Tercera: crear una red de telecomunicaciones satelitales africana independiente. Los países africanos pagaban 500 millones de dólares anuales a Europa por uso de satélites. Gaddafi ofreció financiar un satélite africano que eliminaría esa dependencia.

¿Entiendes lo que esto significaba? África independiente económicamente, África comerciando sin dólares, África sin deuda con el FMI, África sin control occidental. Para las potencias mundiales, esto era una amenaza existencial.

Pero Gaddafi no lo ve venir. Está demasiado confiado, demasiado seguro. Ha entregado sus armas, ha cooperado. ¿Qué podría salir mal?

La Primavera Árabe comienza en Túnez, se expande a Egipto. Hosni Mubarak, aliado de Occidente durante 30 años, cae en 18 días. Las protestas llegan a Libia en febrero.

15 de febrero. Bengasi. Manifestantes salen a las calles, demandan reformas. Algunos están armados, atacan estaciones de policía. Gaddafi responde con fuerza, con declaraciones incendiarias:

—Limpiaré Libia casa por casa. Saldrán como ratas de sus escondites.

Los medios occidentales tienen su titular: “Dictador genocida ataca a manifestantes pacíficos”. Se habla de 10,000 muertos, de bombardeos masivos, de crímenes contra la humanidad. Años después, investigaciones independientes confirmarían que las cifras fueron masivamente exageradas, que muchos manifestantes pacíficos eran combatientes armados y que Gaddafi, aunque brutal, no estaba cometiendo genocidio.

Pero en marzo de 2011 la narrativa ya está establecida. 17 de marzo, el Consejo de Seguridad de la ONU aprueba la resolución 1973: zona de exclusión aérea sobre Libia. El objetivo declarado: proteger civiles. Rusia y China se abstienen confiando en que será una misión limitada.

19 de marzo. Francia lanza los primeros ataques aéreos. Estados Unidos se une. Luego el Reino Unido, Italia, Canadá, la OTAN completa. La zona de exclusión aérea se convierte en una campaña de bombardeo masivo. 26,000 ataques aéreos en 7 meses. No están protegiendo civiles, están destruyendo un país. Bombardean palacios presidenciales, estaciones de televisión, infraestructura eléctrica. El propio convoy de Gaddafi es atacado repetidamente. Esto no es protección de civiles, es un cambio de régimen.

Y entonces sucedió lo que nadie esperaba. Gaddafi resistió durante meses contra la mayor alianza militar del planeta. Pequeñas unidades leales luchando casa por casa. Pero era inevitable. No puedes resistir bombarderos B-2 con rifles Kalashnikov.

Agosto de 2011. Trípoli cae. Gaddafi huye hacia Sirte, su ciudad natal, su última fortaleza. El cazador se había convertido en la presa.

Gaddafi intenta escapar de Sirte con un convoy de 50 vehículos. Es todo lo que queda de su ejército: soldados leales, algunos familiares y el hombre que una vez controló miles de millones.

Un dron estadounidense Predator detecta el convoy. Coordenadas transmitidas. Cazas franceses Rafale reciben la orden. Misiles aire-tierra destrozan los vehículos en segundos. El convoy explota. Cuerpos por todas partes. Humo negro cubriendo el desierto.

Gaddafi sobrevive al ataque inicial. Herido, sangrando, gatea hacia una alcantarilla de drenaje cerca de la carretera. El líder que vivió en palacios dorados se esconde en una tubería de concreto llena de basura.

Los rebeldes lo encuentran minutos después. Lo arrastran afuera. Las cámaras de los teléfonos móviles capturan todo, un video que se volverá viral en horas. Gaddafi está cubierto de sangre, confundido, golpeado. Alguien grita:

—¡Allahu Akbar!

Puños, patadas, culatas de rifle golpean su cabeza. Le arrancan la camisa. Alguien lo sodomiza con una bayoneta. Gaddafi grita:

—¿Qué hice? ¿Qué les hice?

Palabras que resonarán en la historia. Una bala en la cabeza. Termina todo. El hombre que gobernó durante 42 años muere en menos de una hora después de ser capturado. Sin juicio, sin proceso, ejecutado sumariamente mientras las cámaras graban cada segundo.

Su cuerpo es exhibido en un mercado de carnes en Misrata durante 4 días. Miles hacen fila para ver al dictador caído. Toman selfies con el cadáver. Es humillación absoluta, degradación completa.

Hillary Clinton, Secretaria de Estado estadounidense, recibe la noticia durante una entrevista en vivo. Su respuesta, capturada en cámara:

—Vinimos, vimos, él murió. —Y se ríe.

La ironía final es devastadora. Gaddafi entregó sus armas nucleares creyendo que la cooperación lo protegería. 8 años después, fue bombardeado por las mismas naciones que prometieron paz. Corea del Norte e Irán observaron esta lección: nunca entregaron sus programas nucleares.

Pero la verdadera tragedia no fue solo la muerte de Gaddafi, fue lo que pasó después.

Libia antes de 2011: cero deuda externa. PIB per cápita más alto de África. Educación universitaria gratuita, incluso para estudiar en el extranjero. Atención médica gratuita. Electricidad subsidiada. 50,000 dólares para parejas recién casadas. Reservas de oro y divisas por 150,000 millones de dólares.

Libia después de 2011: estado fallido. Tres gobiernos compitiendo por el poder. Milicias terroristas controlando ciudades enteras. ISIS establece su centro de operaciones en Sirte. En 2017, investigaciones de la CNN documentan mercados de esclavos abiertos donde africanos subsaharianos se venden por 400 dólares. 400 dólares por un ser humano en el país que fue el más próspero de África.

Más de 400,000 muertos. Millones de refugiados cruzando el Mediterráneo en botes improvisados, miles ahogándose. La crisis migratoria europea tiene un epicentro: Libia destruida.

El petróleo, por supuesto, fluye sin interrupciones hacia Occidente, ahora sin las demandas de Gaddafi de compartir ganancias, sin nacionalizaciones, sin fondos soberanos africanos. Las corporaciones recuperaron lo que era suyo. El dinar de oro africano nunca existió. El Banco Central Africano nunca se construyó. Los millones de dólares desaparecieron en la niebla de la guerra.

África sigue dependiendo del dólar, sigue endeudada con el FMI, sigue siendo el continente más rico en recursos y más pobre en desarrollo.

Bashar Al-Ásad de Siria observó todo esto. Cuando la guerra civil llegó a Damasco, se negó a rendirse, se aferró a sus armas químicas, llamó a Rusia, porque entendió la lección que Occidente enseñó: si entregas tus armas, terminas en una alcantarilla rogando por tu vida.

Entonces, ¿cuál es la verdad que no quieren que sepas? Gaddafi era un dictador brutal. Eso es innegable. Cometió crímenes, torturó opositores, ejecutó disidentes. Pero esa no fue la razón de su destrucción, porque el mundo está lleno de dictadores brutales que mueren de viejos en sus camas. Arabia Saudita, Egipto bajo Al-Sisi, múltiples regímenes africanos.

La diferencia es que Gaddafi intentó independencia económica real. Intentó crear un sistema africano fuera del control occidental y por eso fue destruido.

Esta no es una defensa de la tiranía, es una llamada a cuestionar las narrativas. Cuando te digan que una intervención militar es humanitaria, pregunta quién gana económicamente. Cuando bombardeen un país para salvar civiles, pregunta: ¿por qué ese país específico y no otros con peores violaciones de derechos humanos? La respuesta siempre está en los recursos, en el control, en el poder.

De la red... 


domingo, 1 de febrero de 2026

Tú no me odias, tú me respetas.

Mientras tu tengas algo en mi contra y se lo digas al mundo entero menos a mi, tú no me odias, tú me respetas.
Mientras tu tengas algo en mi contra y se lo digas al mundo entero menos a mi, tú no me odias, tú me respetas.


Esta imagen presenta una paradoja psicológica interesante: la idea de que la crítica a tus espaldas es, en realidad, una confesión de inferioridad. Al usar la figura de Máximo (Gladiador), un símbolo de estoicismo y valentía, el mensaje adquiere un tono de autoridad moral.
​Aquí te explico los puntos clave de este mensaje:
​1. El miedo disfrazado de silencio:
​El núcleo del mensaje es la falta de valor. Si alguien tuviera una convicción real sobre su odio, te enfrentaría. Al elegir contárselo a "todo el mundo" menos a ti, esa persona revela que teme tu reacción o tu capacidad de respuesta. El silencio frente a ti es una medida de protección propia.
​2. El respeto "por imposición":
​Cuando la frase dice "tú me respetas", no se refiere a un respeto de admiración, sino a un reconocimiento de poder. Implica que eres una figura tan imponente que el otro no se atreve a romper la paz en tu presencia. Es el respeto que el débil le tiene al fuerte: te observa de lejos porque no sabe cómo manejarte de cerca.
​3. La validación del "Hater":
​Irónicamente, quien gasta energía hablando de ti con terceros te está convirtiendo en el protagonista de su vida. El mensaje sugiere que, al no confrontarte, esa persona acepta que tú estás en un plano superior donde sus palabras no pueden alcanzarte directamente.
 
De la red... 

El efecto cobra: cuando los incentivos fallan

El Efecto Cobra describe los resultados imprevistos que se producen cuando un programa de incentivos fracasa. El término proviene de una anécdota de la época del Raj británico, cuando se ofreció una recompensa por la muerte de cobras en un intento por reducir la población de cobras…


En la década de 1980, marcada por el monetarismo y el poder, muchos tablones de anuncios de oficina tenían un mensaje lastimero clavado por personal agobiado. El mensaje solía ser fotocopiado (o fotocopiado, un término que aún se usaba por aquel entonces) y había sido recopiado y distribuido tantas veces que la tinta estaba descolorida y era difícil de leer. El mensaje era: «Cuando estás hasta el cuello de caimanes, es difícil recordar que la intención original era drenar los pantanos». (El cuello no era la única parte de la anatomía a la que se hacía referencia).

En otras palabras, una consecuencia imprevista del drenaje de pantanos podría ser un aumento de caimanes desalojados y, como era de esperar, enfadados, lo que resultaría en un problema mucho mayor. Cuanto más se intenta cumplir la instrucción original, más caimanes se encuentran. Por supuesto, estos eran caimanes alegóricos, no reales. La pequeña página fotocopiada sobre los caimanes, precursora de los memes en línea, trataba en realidad sobre la moral del personal. Al estar constantemente bajo presión para rendir y en un estado permanente de gestión de crisis, los empleados ya no recordaban cuál era el objetivo original. Estaban demasiado ocupados lidiando con los problemas constantes del proyecto en el que trabajaban.

Algunas empresas podrían intentar aliviar el problema ofreciendo incentivos al personal para que drenen más pantanos más rápido y se deshagan de los malditos caimanes. Pero supongamos que el personal descubriera que añadiendo nuevos caimanes al proyecto (caimanes alegóricos, claro está) podrían obtener más bonificaciones o incentivos. Cada día se limpian más pantanos, pero aparecen más caimanes, porque hay una recompensa por ellos y si no hay caimanes, no hay recompensa.

El término técnico para esto es «un esquema de incentivos perverso», y el mayor de todos le ha dado su nombre alternativo: el Efecto Cobra. Surge de una historia anecdótica, pero plausible, que data de la época del Raj británico.
No cabe duda de que las cobras y otras serpientes venenosas fueron (y son) una fuente de peligro en la India y otros lugares donde existen, a pesar de que, como nosotros y los caimanes reales, simplemente intentan sobrevivir en un mundo difícil. Sin embargo, en un momento dado, la situación de las cobras era tan grave en la ciudad de Delhi que las autoridades británicas supieron que debían tomar medidas contundente y totalmente británicas al respecto. Una solución que, además, se ajusta al espíritu deportivo del juego limpio.

Ofrecieron una recompensa por las cobras muertas, pagando a cualquiera que pudiera demostrar que había matado una cobra llevando su cadáver a las autoridades. Viendo la oportunidad, los lugareños comenzaron a criar cobras, matarlas y presentar sus cuerpos a cambio de la recompensa. Siguieron criando cobras, y las autoridades siguieron pagando por los cuerpos. Después de todo, era mucho más fácil criar y matar cobras que salir a atrapar las salvajes que acechaban en las grietas de las paredes de las casas y en los rincones oscuros. De esta manera, siempre había cobras y pagos, y todos estaban contentos, salvo las cobras muertas, claro. Las vivas tenían un trabajo de por vida: criar más cobras.

Finalmente, alguien con autoridad se dio cuenta de lo que estaba pasando. "Oigan, muchachos, esto no es cricket", dijo, sacando el montón de cobras muertas de su bandeja de entrada a la de salida, arrugando un puñado de facturas y apuntando la bola de papel hacia la papelera (marcada con "WPB oficial, estrictamente NO se pueden tirar cobras aquí"). Luego tomó un sorbo de Darjeeling revitalizante, mordisqueó una galleta de crema pastelera y preparó un memorando para la oficina central.

En contra del espíritu de juego limpio previsto, las autoridades cortaron el pago, poniendo fin así al perpetuum mobile de producción de cobras y a la reclamación de pagos. Los criadores de cobras simplemente liberaron todas las cobras restantes que habían estado criando, lo que provocó que la población de cobras se disparara y la situación en Delhi fuera peor que nunca.
Con la amable autorización de Bernie Smith. Copyright Simon Pearsall
El efecto Cobra. Con la amable autorización de Bernie Smith. Dibujo de Simon Pearsall.

El término «Efecto Cobra» se aplica actualmente en campos tan diversos como la psicología y los negocios para describir las consecuencias indeseables e imprevistas de ofrecer un incentivo. El primero en utilizar esta analogía, aplicable a otras situaciones, fue el economista Horst Siebert. Para los conductistas, en particular aquellos interesados ​​en el refuerzo positivo (recompensar el comportamiento deseable), esta fue una lección interesante. Es posible sobreincentivar y obtener resultados totalmente opuestos a los deseados.

Tomado de: https://www-historic--uk-com.translate.goog/HistoryUK/HistoryofBritain/Cobra-Effect/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc 

Japón aislado del mundo.

Japón estuvo aislado del mundo durante más de 200 años.
Entre 1603 y 1853, el país aplicó una política conocida como sakoku, que literalmente significaba “país cerrado”. Durante ese periodo, Japón decidió limitar casi por completo el contacto con el exterior, algo único en la historia moderna.
Todo comenzó cuando el shogunato Tokugawa tomó el poder. Tras ver cómo las potencias europeas colonizaban territorios en Asia, los gobernantes japoneses temieron perder el control político y cultural del país. Para evitarlo, prohibieron la entrada de extranjeros, expulsaron misioneros cristianos y castigaron con la muerte a los japoneses que intentaran salir o regresar del extranjero.
El comercio no desapareció por completo, pero quedó estrictamente controlado. Solo algunos mercaderes chinos y holandeses podían comerciar, y únicamente desde un pequeño puerto artificial llamado Dejima, en Nagasaki. El resto del mundo quedó fuera.
A pesar del aislamiento, Japón no se estancó. Durante esos dos siglos desarrolló una sociedad estable, una cultura propia muy fuerte y avances en agricultura, educación y artes. El teatro kabuki, el arte ukiyo-e y muchas tradiciones japonesas actuales nacieron en ese periodo.
El aislamiento terminó en 1853, cuando barcos de guerra estadounidenses, liderados por el comodoro Matthew Perry, llegaron a Japón y forzaron la apertura de sus puertos. El impacto fue enorme y cambió el rumbo del país para siempre. 
Japón se transformó de una nación feudal aislada a una potencia mundial. La crisis resultante provocó la Restauración Meiji (1868), que eliminó el shogunato, modernizó la economía, industrializó el país y fortaleció el ejército siguiendo modelos occidentales.
En pocas décadas, Japón pasó de estar cerrado al mundo a convertirse en una potencia moderna. Pero durante más de 200 años, vivió como una isla no solo geográfica, sino también política y cultural.

*El shogunato, obakufu, fue el sistema de dictadura militar hereditaria que gobernó Japón de 1192 a 1867. Aunque el emperador residía en Kioto como figura simbólica, el shogun (general en jefe) ejercía el poder real y controlaba el ejército y la administración feudal. Existieron tres shogunatos principales: Kamakura, Ashikaga y Tokugawa.
 
De la red... 


sábado, 31 de enero de 2026

El día que nuestros políticos NO aceptaron el maletín... y perdimos el imperio de ultramar.

 


¡Ojo a la historia de hoy porque parece el guion de una película de espías de serie B, pero fue la cruda realidad que nos borró del mapa mundial! 
 
¿Alguna vez has oído eso de que "el orgullo no se come"? Pues en 1898, el orgullo (o la honestidad, según se mire) nos costó las últimas joyas de la corona. Sentaos, coged palomitas, que os cuento la carambola del destino que terminó con el Imperio español de ultramar.
 
Eran las 21:40 del 15 de febrero de 1898. La noche en la Habana (Cuba) estaba en pleno bullicio hasta que, de pronto, un estruendo brutal sacudió hasta los cimientos de la capitanía. El acorazado estadounidense Maine, que estaba de "visita de cortesía" (léase: "estoy aquí vigilándote") en el puerto, salta por los aires.
 
Resultado: 266 marineros muertos y un barco en el fondo del mar. Los oficiales españoles, en un gesto de caballerosidad, se lanzaron al agua para salvar a los supervivientes, pero la suerte ya estaba echada. La investigación española fue impecable: las planchas del casco estaban dobladas hacia FUERA. Blanco y en botella: la explosión fue interna, un accidente en el polvorín o en las calderas.
 
¿Qué hicieron los estadounidenses? Pues lo que mejor saben hacer: marketing de guerra. Al grito de "¡Recordad el Maine, al infierno con España!", la prensa de Hearst y Pulitzer inflamó a la opinión pública. Ya tenían el "Casus Belli" perfecto.
 
El "maletín" que pudo haber cambiado todo:
 
Pero aquí viene lo que no te contaron en el instituto y que tiene su punto "canalla". Días antes de que el Maine saltara por los aires, Washington ya estaba moviendo los hilos por debajo de la mesa. Madrid recibió una carta que era, básicamente, una oferta de compra por Cuba.
 
La cifra: 300 millones de dólares de la época por la isla. Una fortuna que le habría venido a las arcas españolas como agua de mayo. Y aquí está el giro de guion: los estadounidenses, que conocían bien los vicios de la política, ofrecieron 1 millón de dólares extra en concepto de "comisión personal" para los negociadores que facilitaran el acuerdo.
 
Sí, habéis leído bien. Los EE.UU. intentaron comprar Cuba con una "mordida" millonaria para que nuestros políticos se llenaran los bolsillos, firmaran el papelito y se fueran de rositas a su casa.
 
 El "no" que nos salió carísimo (pero con dignidad):
 
Y aquí llega lo más loco: en una España hundida, con una flota de madera frente a una de acero, y con una inestabilidad política de juzgado de guardia... nuestros negociadores dijeron que NO.
 
Ni aceptaron el millón de dólares para sus bolsillos, ni aceptaron vender la soberanía nacional. Por una vez —y sin que sirva de precedente en la historia de la picaresca política—, el orgullo patrio y la integridad prevalecieron sobre el maletín. Se rechazó el soborno y se rechazó la venta.
 
¿El resultado? El 25 de abril de 1898, EE.UU. nos declaraba la guerra. Lo que vino después ya lo sabéis: la derrota humillante en Cavite y Santiago de Cuba, el Tratado de París y la pérdida de Cuba, Filipinas, Guam y Puerto Rico. El Imperio se acabó de un plumazo.
 
La gran paradoja: ¿Honestidad o pragmatismo?
 
Aquí es donde os quiero preguntar, porque la jugada tiene tela:
 
1. Opción A (La corrupta): Si nuestros políticos hubieran sido unos "chorizos" de manual, habrían aceptado el millón, España habría cobrado los 300 millones, nos habríamos ahorrado miles de muertos y la humillación militar. Cuba hoy sería un estado más de EE.UU. (o un Puerto Rico 2.0).
 
2. Opción B (La que ocurrió): Se mantuvieron firmes, no se dejaron comprar, defendieron la bandera... y nos barrieron del mapa, sumiendo al país en una depresión social y económica que duró décadas (la famosa Generación del 98).
 
Es una de esas ironías crueles de la historia: a veces, hacer "lo correcto" sale mucho más caro que ser un canalla.
 
Tomado de:  https://www.facebook.com/photo/?fbid=1340344908126831&set=a.585074123653917

EL LOGO, EL HOMBRE QUE ERA MÁS GRANDE QUE SU PROPIA LEYENDA

¿Y si te dijera que un hombre...
fue el rostro de la derrota más icónica de la NBA...
y terminó siendo el símbolo eterno de todo el deporte?
 
No fue solo un jugador.
Fue una obsesión.
 
Fue Jerry West.
 
Nació en 1938.
Chelyan, West Virginia.
Una cabaña sin electricidad ni agua corriente.
Un padre abusivo.
Una infancia de pobreza y miedo.
 
El baloncesto fue su escape.
Pero no fue fácil.
Era flaco, muy flaco.
1.70 metros en la secundaria.
"Demasiado pequeño", decían.
 
Practicaba hasta caer rendido.
Tiros desde todas partes.
Una y otra vez.
Cada tiro fallado era un fracaso personal.
Cada tiro anotado, un alivio temporal.
 
En la Universidad de West Virginia...
creció hasta 1.88 metros.
Se convirtió en una estrella.
All-American.
Llevó a su equipo a la final nacional.
Perdieron.
 
Los Minneapolis Lakers lo seleccionan en el draft.
Segunda elección general.
Detrás de Oscar Robertson.
 
Era rápido.
Era letal.
Su tiro era pura mecánica.
Perfecta.
Pero había algo más:
 
Una necesidad de ganar que rayaba en lo enfermizo.
 
Finales de la NBA.
Lakers contra Celtics.
Juego 3.
Último segundo.
Empate.
 
West lanza desde media cancha.
¡Anota!
Los Lakers ganan.
 
Pero perdió la serie.
Como perdería muchas más.
 
Nueve Finales de la NBA.
Ocho derrotas.
Ocho.
Siete de ellas contra los Celtics.
 
West se lesiona la mano.
Juega con los tendones rotos.
Anota 45 puntos.
Pierden.
 
Juego 7.
Último minuto.
West falla un tiro clave.
Pierden por dos puntos.
 
Después del partido, en el vestuario:
"Odio perder. Odio todo sobre perder."
 
Finales.
Lakers contra Celtics, otra vez.
Juego 7.
West tiene 42 puntos, 13 rebotes, 12 asistencias.
Triple-doble.
Pierden.
 
Pero gana el MVP de las Finales.
El único MVP de las Finales en un equipo perdedor.
Un consuelo amargo.
 
"Prefiero no haberlo ganado", dijo después.
"Prefiero haber ganado el partido."
 
Su obsesión por la victoria...
su perfeccionismo...
lo consumían.
 
Revisaba filmaciones durante horas.
Criticaba a sus compañeros.
Exigía más.
Siempre más.
 
Finales.
Lakers contra Knicks.
Juego 3.
Último segundo.
Empate.
 
West lanza desde 18 metros.
¡Anota!
Ganan.
 
Pero no la serie.
Pierden en 7 juegos.
 
Esa imagen...
West lanzando desde la mitad de la cancha...
se convirtió en el logo de la NBA.
 
El hombre que más perdió...
se convirtió en el símbolo del deporte.
 
La ironía lo perseguía.
 
Finalmente.
Los Lakers ganan el campeonato.
West, a los 33 años.
Después de 13 temporadas.
Después de 8 Finales perdidas.
 
No celebró.
"No sentí alegría", dijo después.
"Solo sentí alivio.
Como si finalmente hubiera pagado una deuda."
 
Se retiró en 1974.
25.192 puntos.
6.238 asistencias.
14 veces All-Star.
Miembro del Mejor Quinteto en 10 ocasiones.
 
Pero sus números no importaban.
Lo que importaba era el dolor.
La obsesión.
La búsqueda interminable de algo que siempre se le escapaba.
 
Como entrenador, fue mediocre.
"No podía entender por qué los demás no querían ganar tanto como yo."
 
Como ejecutivo, fue brillante.
Construyó los Lakers de Magic y Kareem.
Los Lakers de Shaq y Kobe.
Ocho campeonatos como ejecutivo.
 
Pero nunca superó sus propias derrotas.
 
En 2019, a los 81 años:
"Todavía sueño con esos partidos.
Todavía me despierto sudando.
Todavía veo esos tiros fallados."
 
Jerry West nos enseña una verdad incómoda:
 
A veces, el más grande no es el que más gana.
Es el que más sufre por ganar.
 
Su legado no son sus campeonatos.
Son sus derrotas.
Sus casi.
Sus agonías.
 
Porque en el deporte...
como en la vida...
lo que más nos define no es cuánto ganamos.
Es cuánto podemos perder...
y seguir intentándolo.
 
West perdió ocho Finales.
Pero nunca se rindió.
Nunca dejó de intentarlo.
 
Cada verano...
después de cada derrota...
volvía al gimnasio.
Tiraba. Y tiraba. Y tiraba.
 
Como si cada tiro...
pudiera borrar una derrota.
Como si cada canasta...
pudiera compensar todo el dolor.
 
No podía.
Pero lo intentaba.
 
Porque Jerry West no jugaba para ganar.
Jugaba porque no saber jugar...
era no saber vivir.
 
Y cuando vemos el logo de la NBA...
ese hombre anaranjado con el balón...
recordemos:
 
No es un símbolo de victoria.
Es un símbolo de lucha.
De obsesión.
De la belleza terrible de intentarlo una vez más...
aunque sepas que probablemente fallarás.
 
Porque al final...
lo que hace grande a un hombre...
no es si gana o pierde.
 
Es que, después de perder ocho Finales...
tenga el valor de intentar una novena.
 
Y una décima. 
Y una undécima.
 
Hasta que finalmente...
una única vez...
la victoria se siente como lo que siempre fue:
 
No un triunfo.
Solo el fin del dolor.
 
Jerry West no fue un campeón.
Fue algo más valioso:
 
Fue un luchador.
Y en un mundo de ganadores y perdedores...
esa es la categoría que más importa.
 
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=122191036358548236&set=a.122139665174548236

El sacerdote que dio origen a la teoría del Big Bang.


Durante años se ha repetido la idea de que la ciencia y la fe están en conflicto, pero la historia de Georges Lemaître demuestra todo lo contrario.
Georges Lemaître fue un sacerdote católico, físico y astrónomo belga, nacido en 1894. Además de su vocación sacerdotal, tenía una mente brillante para las matemáticas y la ciencia, lo que lo llevó a estudiar en algunas de las universidades más importantes de Europa.
En 1927, Lemaître propuso una idea revolucionaria: el universo no siempre existió como lo conocemos, sino que tuvo un inicio a partir de lo que él llamó el “átomo primigenio”, una teoría que más tarde sería conocida como el Big Bang. En ese momento, muchos científicos pensaban que el universo era estático y eterno, por lo que su propuesta fue recibida con escepticismo.
Lo más impresionante es que Lemaître nunca usó la ciencia para “probar a Dios”, ni usó la fe para manipular la ciencia. Para él, la ciencia explicaba el “cómo” del universo, mientras que la fe respondía al “por qué” de su existencia. Defendía que ambos caminos no se contradicen, sino que se complementan.
Incluso cuando el Papa Pío XII quiso relacionar directamente el Big Bang con la creación bíblica, Lemaître pidió prudencia, recordando que la Biblia no es un libro de ciencia, sino de salvación. Este gesto mostró su enorme honestidad intelectual y su profundo respeto tanto por la fe como por el método científico.
Georges Lemaître nos deja un mensaje claro y actual:
👉 creer en Dios no limita la inteligencia,
👉 la fe no apaga la razón,
👉 y la ciencia auténtica no elimina la necesidad de Dios.
 
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=750005961516283&set=a.128632016987017 

Patrice Lubumba - el discurso que le costo la vida

Su nombre era Patrice Lumumba. Las palabras que estaba por pronunciar lo convertirían en leyenda, pero también firmarían su sentencia de muerte en menos de 7 meses. Ese discurso desató conspiraciones que involucraron a la CIA, el MI6 británico, el gobierno belga y las corporaciones mineras más poderosas del mundo.

Aquello causó su tortura, su ejecución y la disolución de su cuerpo en ácido. Pero también encendió revoluciones en 17 países africanos.

Para entender por qué ese discurso fue tan peligroso, necesitas saber qué era realmente el Congo belga. Y te advierto: lo que vas a escuchar desafía toda humanidad. Durante 75 años, el Congo fue la colonia más brutal que el mundo haya conocido.

No estamos hablando de explotación ordinaria; estamos hablando de un genocidio sistemático que dejó 10 millones de muertos. 10 millones. Déjame repetirlo. Una de cada dos personas en el Congo fue asesinada, mutilada o murió de hambre bajo el dominio del rey Leopoldo II de Bélgica.

Las manos cortadas no eran excepciones, eran política oficial. Los soldados belgas tenían que presentar manos cortadas para probar que habían usado sus balas matando rebeldes y no desperdiciándolas en cacería. Cestas llenas de manos, manos de niños, manos de ancianos. Manos ahumadas para preservarlas durante el viaje.

¿Y por qué tanto horror? Caucho, marfil. Y después algo mucho más valioso: uranio, cobalto, diamantes. El uranio de las bombas de Hiroshima y Nagasaki salió del Congo. La riqueza era incalculable; el sufrimiento, inimaginable.

Pero aquí está lo importante. En 1960, Bélgica no había cambiado nada. Seguían controlando las minas, seguían sacando miles de millones; solo necesitaban un gobierno congoleño que sonriera y obedeciera.

Y entonces apareció Patrice Lumumba.

Nacido en 1925 en una aldea remota, Lumumba no venía de la élite. Era hijo de campesinos, un autodidacta obsesivo. Leía a Rousseau, a Voltaire, a los filósofos que hablaban de libertad mientras trabajaba como empleado postal ganando centavos. Vendía cerveza para sobrevivir. Escribía poesía en sus noches. Soñaba con un Congo libre.

Los belgas lo consideraban inofensivo, un nativo educado, útil para las relaciones públicas. Pero Lumumba era peligroso precisamente porque entendía el juego mejor que nadie. Hablaba francés perfectamente, conocía la retórica europea de derechos humanos y estaba por usarla como un arma contra ellos mismos.

En 1958 algo cambió. Lumumba viajó a la Conferencia de Estados Independientes Africanos en Acra, Ghana. Conoció a Kwame Nkrumah. Conoció a líderes que ya habían expulsado a los colonizadores. Vio que la independencia real era posible.

Regresó transformado. Ya no pedía reformas. Exigía independencia inmediata, total y sin condiciones. Fundó el Movimiento Nacional Congoleño. Miles se unieron en semanas. Los belgas empezaron a preocuparse. Este empleado postal estaba unificando tribus que llevaban siglos divididas. Estaba creando algo que los aterrorizaba: nacionalismo congoleño real.

En octubre de 1959, el gobierno colonial lo arrestó. La acusación era ridícula: incitar disturbios. Pero los disturbios ya estaban fuera de control. 69 congoleños murieron en protestas ese mes. El Congo ardía.

Entonces los belgas cometieron su primer error. Creyeron que podían controlar la situación con elecciones falsas. Convocarían elecciones, instalarían a un títere y mantendrían el control real de las minas. Liberaron a Lumumba en junio de 1960, justo antes de las elecciones. Pensaban que llegaría demasiado tarde para organizar una campaña.

Se equivocaron catastróficamente.

En menos de un mes, Lumumba arrasó. Su partido ganó más escaños que cualquier otro. Era imparable. El 24 de junio de 1960 fue nombrado Primer Ministro del Congo independiente.

Los belgas sonrieron para las fotos. Organizaron la gran ceremonia, pero ya habían activado el Plan B, porque sabían algo que Lumumba aún no comprendía: nunca planearon darle poder real. Las compañías mineras seguían controladas por Bruselas. El ejército seguía comandado por oficiales belgas. La provincia de Katanga, donde estaban las minas más ricas del mundo, ya tenía órdenes de separarse el día después de la independencia. Era una independencia de papel, un engaño elaborado.

Y el 30 de junio de 1960, durante la ceremonia oficial, todos estaban listos para mantener la farsa. El rey Balduino dio su discurso. Elogió a su tío abuelo, el rey Leopoldo II. Sí, el genocida de 10 millones. Lo llamó visionario, civilizador, héroe. El presidente Kasa-Vubu respondió con agradecimientos, sumiso, agradecido; exactamente el discurso que Bruselas había escrito para él.

Y entonces, Patrice Lumumba se levantó.

Nadie lo había invitado a hablar, no estaba en el programa. Tomó el micrófono. Lo que sucedió en los siguientes 7 minutos cambió África para siempre.

—Ya hemos conocido el trabajo extenuante exigido a cambio de salarios que no nos permitían comer lo suficiente para alejar el hambre, ni vestirnos, ni alojarnos decentemente, ni criar a nuestros hijos como seres queridos.

Los rostros belgas se paralizan. Esto no estaba en el guion.

—Hemos conocido las ironías, los insultos, los golpes que teníamos que soportar mañana, tarde y noche, porque éramos negros.

El rey Balduino se mueve, incómodo. Su sonrisa se congela. Los diplomáticos empiezan a mirar sus zapatos. Pero Lumumba apenas está comenzando.

—Hemos visto nuestras tierras despojadas en nombre de textos legales que solo reconocían el derecho del más fuerte. Hemos visto que la ley no era la misma para un blanco que para un negro. Acomodaticia para los primeros, cruel e inhumana para los segundos.

7 minutos. 75 años de humillación condensados en 7 minutos de verdad pura. Menciona las prisiones, las torturas, los trabajos forzados, las ejecuciones sumarias. Todo lo que Bruselas había intentado ocultar durante décadas termina con una promesa:

—Vamos a mostrar al mundo lo que pueden hacer los negros cuando trabajan en libertad.

Ovación atronadora de los congoleños presentes. Silencio gélido de los europeos. El rey Balduino abandona la sala sin despedirse. Un insulto diplomático sin precedentes.

En ese momento, Patrice Lumumba se convierte en el hombre más peligroso de África. No porque tenga un ejército, no porque tenga dinero, sino porque dijo en voz alta lo que millones pensaban en silencio. Y los poderosos del mundo acababan de decidir su sentencia.

Esa misma noche en Bruselas se convoca una reunión de emergencia. Presentes: ministros belgas, ejecutivos de Union Minière —la corporación que controlaba las minas del Congo— y representantes de inteligencia militar. La decisión es unánime: Lumumba debe ser neutralizado.

Al día siguiente, el 1 de julio de 1960, la CIA abre un expediente sobre Patrice Lumumba. Código: Amenaza comunista. Traducción real: Amenaza para los intereses corporativos estadounidenses.

Porque aquí está la verdad que nadie quería admitir: el Congo no era importante por patriotismo belga. Era importante porque contenía el 80% del uranio del mundo occidental. Cobalto esencial para tecnología militar, diamantes industriales, cobre, oro. Perder el Congo significaba perder miles de millones de dólares. Y Lumumba hablaba de nacionalizar las minas, de usar la riqueza del Congo para los congoleños. Eso era imperdonable.

Pero Lumumba todavía no entiende el peligro. Cree que la independencia es real, que puede construir una nación, que la comunidad internacional respetará la soberanía del Congo. Está por descubrir cuán equivocado está.

El 5 de julio de 1960, apenas cinco días después de la independencia, el ejército congoleño se amotina. Los soldados congoleños siguen siendo comandados por oficiales belgas que los tratan como esclavos. Cuando piden que oficiales congoleños sean promovidos, los belgas se niegan. Estalla el caos. Soldados atacan a civiles belgas. Hay saqueos. Violencia. Los belgas lo llaman anarquía, pero fue provocado deliberadamente.

Lumumba intenta calmar la situación, destituye al comandante belga, promueve a soldados congoleños; parece funcionar. Pero entonces, el 11 de julio sucede lo que los belgas habían planeado desde el principio. Moise Tshombe, gobernador de Katanga, la provincia más rica, declara la independencia con apoyo militar belga.

No es coincidencia. Tshombe está en la nómina de Union Minière. La compañía literalmente le paga un salario y Bélgica envía paracaidistas para proteger la secesión. El Congo se desintegra en 11 días. 11 días después de la independencia.

Lumumba está desesperado. Pide ayuda a la ONU. El secretario general, Dag Hammarskjöld, envía tropas, pero con órdenes de no atacar a los secesionistas belgas. Solo “mantener el orden”. Es una trampa. Las tropas de la ONU previenen que Lumumba use su propio ejército para reunificar el país.

Entonces, Lumumba comete lo que Occidente llamará su primera transgresión. Pide ayuda a la Unión Soviética. No porque sea comunista; es pragmático. Necesita transporte aéreo, necesita armas, necesita asesores militares y la ONU está bloqueando todo. La respuesta soviética es inmediata: 100 camiones militares, 29 aviones de transporte Ilyushin, 200 técnicos, equipamiento para reabastecer al ejército congoleño.

En Washington esto confirma todas las paranoias de la Guerra Fría. El presidente Eisenhower convoca al Consejo de Seguridad Nacional. La discusión es breve. El 18 de agosto de 1960, Allen Dulles, director de la CIA, recibe autorización presidencial directa: eliminar a Patrice Lumumba por cualquier medio necesario.

Cualquier medio.

La CIA envía a su principal experto en asesinatos, Sidney Gottlieb, a Leopoldville, capital del Congo. Lleva consigo veneno letal, toxina botulínica diseñada para parecer una enfermedad natural. El plan es contaminar el cepillo de dientes de Lumumba.

Mientras tanto, los belgas activan su propio plan. Financian a Joseph Mobutu, jefe de personal del ejército congoleño. Un hombre sin ideología, sin principios, solo con ambición y lealtad al mejor postor. Le prometen dinero, poder, respaldo internacional. Todo lo que tiene que hacer es traicionar a Lumumba.

Pero Lumumba aún lucha. En septiembre de 1960 lanza una ofensiva militar para recuperar Katanga. Sus tropas avanzan, los secesionistas retroceden. Por un momento parece que podría ganar.

Y entonces Mobutu hace su movimiento.

El 14 de septiembre de 1960, apenas 76 días después del discurso que lo hizo famoso, Joseph Mobutu da un golpe de estado. Arresta al gabinete, declara que el ejército toma el control temporalmente. Lumumba es confinado en su residencia, rodeado por soldados de la ONU que dicen estar protegiéndolo. Pero las puertas están cerradas desde afuera.

El cazador se ha convertido en presa y las cosas están por empeorar de manera inimaginable. Mobutu controla las calles, los belgas controlan a Mobutu, la CIA espera su oportunidad y Lumumba, el hombre que desafió a reyes, está reducido a prisionero en su propia capital.

Pero aquí está lo que hace que esta historia sea devastadora. Lumumba todavía cree en el sistema, cree en la ONU, cree en el derecho internacional, cree que la verdad lo protegerá. Está por descubrir que la verdad es precisamente lo que lo ha condenado.

Durante 8 semanas, Lumumba permanece confinado. Intenta comunicarse con el mundo exterior, escribe cartas, da entrevistas por teléfono, denuncia el golpe, pide que la comunidad internacional intervenga. Nadie hace nada. Estados Unidos bloquea toda resolución en la ONU. Los soviéticos protestan, pero no actúan. Los países africanos están divididos. Lumumba está completamente solo.

Y entonces toma la decisión que sellará su destino.

El 27 de noviembre de 1960, a las 10 de la noche, Lumumba escapa. Soborna a dos guardias, salta el muro de su residencia. Un carro lo espera. Su esposa Pauline y su hijo de 3 años van con él. El plan es desesperado, pero simple: llegar a Stanleyville, a 1,800 km de distancia, donde sus seguidores controlan la provincia. Desde allí, reorganizar la resistencia.

Fue un error fatal. Y fue en ese momento, en esa decisión de huir en lugar de esperar, cuando Patrice Lumumba cometió el error que lo destruiría: creyó que podía escapar de una conspiración que involucraba a las dos superpotencias del mundo. Nunca hubo un cálculo tan equivocado en la historia de África.

La CIA detecta el movimiento en menos de una hora. Agentes belgas rastrean su ruta. Mobutu envía soldados a perseguirlo. La trampa se cierra. Lumumba viaja de noche por caminos de tierra. Cruza ríos, evita pueblos grandes. Durante dos días parece que lo logrará. Está a solo 200 km de Stanleyville, de la seguridad, de la posibilidad de contraatacar.

Pero el 1 de diciembre de 1960, en un puesto de control cerca del río Sankuru, soldados de Mobutu lo reconocen. Lo capturan junto con su esposa, junto con su hijo pequeño.

Las fotos de su captura circulan por el mundo. Lumumba con las manos atadas, soldados jalándole el cabello, golpeándolo frente a las cámaras. Su rostro sangra, su camisa está rota, pero sus ojos siguen desafiantes.

Lo llevan de regreso a Leopoldville en un avión militar. Durante el vuelo, los soldados lo torturan, le rompen las costillas, le arrancan mechones de cabello, le escupen. Todo filmado. Como advertencia.

Lumumba llega a la capital molido a golpes. Lo encierran en el campo militar de Thysville, pero ni siquiera allí está seguro. Los soldados que lo custodian son leales a Mobutu, y Mobutu recibe órdenes de Bruselas.

Durante semanas, el mundo debate qué hacer con Lumumba. La ONU exige un juicio justo. Los soviéticos amenazan con intervención. Los países africanos protestan. Pero los belgas ya tomaron la decisión. Lumumba sabe demasiado. Ha visto los documentos, conoce los nombres, sabe quién financió la secesión, quién dio el golpe, quién ordenó su asesinato. Vivo, es demasiado peligroso. Muerto puede convertirse en mártir, pero es un riesgo que están dispuestos a correr.

El 17 de enero de 1961, a las 5 de la tarde, Lumumba y dos de sus colaboradores son sacados de su celda. Les dicen que serán transferidos. Nadie especifica a dónde. Los suben a un avión DC-4. Destino: Elizabethville, capital de Katanga. El territorio controlado por Tshombe, el títere de los belgas. El hombre que Lumumba intentó derrocar.

Durante el vuelo de tres horas los torturan sin parar. Oficiales belgas presentes, katangueños leales a Tshombe. Golpes con culatas de rifle. Quemaduras de cigarrillo. Le rompen los dientes. Lumumba no grita, no suplica, solo pregunta una cosa:

—¿Van a matarme?

Nadie responde.

Aterrizan en Elizabethville a las 8 de la noche. Hay una camioneta esperando. Los suben. Los llevan a una casa aislada a 50 km de la ciudad, Villa Brouwe. Allí, bajo la luz de la luna africana, en un claro rodeado de árboles, lo que sucede desafía a toda humanidad.

Lumumba es forzado a cavar su propia tumba con las manos atadas, con las costillas rotas, mientras oficiales belgas beben cerveza y observan. Tres pelotones de fusilamiento, uno para cada prisionero.

A las 9:43 pm, las balas perforan la noche. Patrice Lumumba cae. El hombre que desafió a imperios, el hombre que dijo la verdad cuando todos mentían. Muere a los 35 años, 6 meses y 18 días después de pronunciar el discurso que lo condenó.

Pero la brutalidad no termina ahí. Los belgas tienen un problema: un cuerpo, evidencia física, algo que puede inspirar peregrinaciones, veneración, revolución. Así que el comisario belga Gerard Soete recibe una orden explícita: eliminar toda evidencia.

Durante dos días completos, Soete y sus hombres cortan los cuerpos en pedazos, los disuelven en ácido sulfúrico, queman los huesos restantes, pulverizan las cenizas. Soete guardará un solo diente como trofeo. No será devuelto a la familia de Lumumba hasta 2022, 61 años después.

El 13 de febrero de 1961, Radio Katanga anuncia que Lumumba escapó y fue asesinado por aldeanos enojados. Nadie cree la historia, pero nadie puede probarla porque no hay cuerpo, no hay tumba. Patrice Lumumba fue literalmente borrado de la existencia física.

Los asesinos pensaron que habían ganado. No tenían idea de lo que acababan de desatar. Creen que han apagado la llama; en realidad, acaban de encender un incendio continental.

La noticia de su muerte llega a Acra, Ghana. Miles salen a las calles. En El Cairo, estudiantes queman la embajada belga. En Moscú, multitudes marchan con su foto. En toda África el grito es unánime: “Han asesinado a nuestro líder”.

Che Guevara lo llama “el más grande líder negro de nuestro tiempo”. Malcolm X dice que su muerte es “el mayor crimen del siglo XX”. Hasta Jean-Paul Sartre escribe: “Lumumba tenía razón, por eso lo mataron”.

La ironía es devastadora. Los belgas lo disolvieron en ácido para borrarlo de la historia. Lograron exactamente lo contrario. Ese discurso de 7 minutos se convierte en el manifiesto anticolonial más poderoso jamás pronunciado. Sus palabras se estudian en universidades, se citan en protestas, se graban en monumentos.

“Hemos conocido el trabajo extenuante” se convierte en el grito de batalla de todo un continente. En los siguientes 5 años, 17 países africanos expulsan a sus colonizadores, cada uno citando a Lumumba, cada uno inspirado por su sacrificio. La descolonización que los europeos querían controlar durante décadas, explota en media década.

Pero el Congo paga el precio más alto.

Joseph Mobutu, el traidor que entregó a Lumumba, gobierna durante 32 años con respaldo total de Estados Unidos, con miles de millones en ayuda militar, mientras roba entre 4,000 y 5,000 millones de dólares del tesoro nacional. El Congo, el país más rico de África en recursos naturales, se convierte en uno de los más pobres del mundo. La esperanza de vida cae a 46 años. El analfabetismo explota, la infraestructura colapsa. Todo porque un hombre dijo la verdad durante 7 minutos.

Moise Tshombe, el títere que supervisó la ejecución, tiene un final poético. En 1969, su avión es secuestrado y forzado a aterrizar en Argelia. Pasa 2 años en una prisión argelina. Muere en 1969, oficialmente de ataque cardíaco. Extraoficialmente, muchos creen que fue envenenado. El cazador se volvió presa.

Gerard Soete, el belga que disolvió el cuerpo de Lumumba en ácido, vive hasta el año 2000. En una entrevista de 1999, admite todo. Describe cómo cortaron los cuerpos, cómo prepararon el ácido. Muestra el diente que guardó como trofeo. No expresa remordimiento; solo dice: “seguía órdenes”.

Ese diente no será devuelto a la familia hasta junio de 2022. En una ceremonia en Bruselas, el primer ministro belga Alexander De Croo admite: “Bélgica tiene responsabilidad moral en el asesinato de Patrice Lumumba”. 61 años después. Una disculpa que llega seis décadas tarde.

La familia de Lumumba entierra el diente en Kinsasa. Miles asisten. Es lo único físico que queda del hombre que desafió imperios: un solo diente. Pero su legado es inconmensurable. Hoy, cada 17 de enero, el día de su asesinato, se celebra en todo el Congo como el Día de los Mártires. Escuelas llevan su nombre, plazas tienen su estatua, niños memorizan su discurso. La Universidad de Kinsasa tiene su archivo completo; sus cartas, sus discursos, sus poemas, todo lo que los belgas intentaron destruir, preservado y estudiado.

En 2002, Bélgica finalmente admite que “ciertos miembros del gobierno belga y otros actores belgas tienen responsabilidad en su muerte”. Una admisión parcial, cobarde, pero admisión al fin. La verdad que Lumumba pronunció en 7 minutos tardó 42 años en ser oficialmente reconocida.

Y aquí está la lección final, la que hace que esta historia trascienda el Congo. Lumumba vivió 35 años. Gobernó 77 días. Habló durante 7 minutos. Pero esos 7 minutos llevan 65 años resonando. Han inspirado revoluciones en cuatro continentes, han cambiado constituciones, han educado a millones sobre las verdaderas atrocidades del colonialismo.

Los poderosos invirtieron fortunas en silenciarlo. Fracasaron completamente. La historia nos enseña algo brutal pero necesario: decir la verdad al poder tiene un precio. Lumumba pagó con su vida. Su familia pagó con décadas de exilio. Su país pagó con generaciones de dictadura.

Pero el silencio tiene un precio mucho mayor.

Si Lumumba hubiera dado el discurso que los belgas escribieron para él, si hubiera agradecido al rey, si hubiera sonreído y obedecido, quizás habría vivido más. Quizás habría muerto en la comodidad, en la riqueza, en la irrelevancia. En cambio, eligió 7 minutos de verdad y ganó la inmortalidad.

Hoy nadie recuerda el nombre del presidente Kasa-Vubu, el que dio el discurso sumiso. Nadie cita al rey Balduino con admiración. Mobutu es recordado solo como ladrón y traidor. Pero Patrice Lumumba es una leyenda, un símbolo, una inspiración perpetua de que la verdad, aunque te cueste todo, siempre sobrevive más que la mentira.

¿Quién ganó realmente? Hay verdades que valen la pena aunque cuesten la vida. Los imperios caen, los dictadores mueren, las corporaciones colapsan, pero las palabras de verdad, pronunciadas con valentía en el momento correcto, son eternas.

Patrice Lumumba lo probó en solo 7 minutos.

De la red... 

¿SABÍAS QUE LOS 4 REYES DE LA BARAJA REPRESENTAN A GRANDES REYES DE LA HISTORIA?

Cuando juegas cartas, tal vez no lo notas…
pero cada rey esconde una historia milenaria.
En la baraja francesa —de la que nacen la baraja inglesa y el póker—
los cuatro reyes no son figuras al azar.
Representan a cuatro de los gobernantes más influyentes de todos los tiempos.
♠️ REY DE PICAS (ESPADAS) — REY DAVID
Se asocia con:
⚔️ Justicia
🙏 Devoción
📜 Sabiduría
Es considerado el rey más justo.
La pica, que simboliza la espada, refuerza su papel como defensor del orden y la fe.
♥️ REY DE CORAZONES — CARLOMAGNO
Representa:
❤️ Nobleza
🧠 Inteligencia
🏰 Liderazgo
Fue uno de los grandes unificadores de Europa.
Se le recuerda como un gobernante con “corazón noble”.
♣️ REY DE TRÉBOLES — ALEJANDRO MAGNO
Simboliza:
🌍 Aventura
🔥 Valentía
🏹 Conquista
Conquistó uno de los imperios más grandes de la historia.
El trébol representa crecimiento, expansión y ambición.
♦️ REY DE DIAMANTES — JULIO CÉSAR
Relacionado con:
💎 Poder
📈 Riqueza
⚖️ Dominio
Aunque a veces se le asocia con ambición y codicia,
su figura representa expansión, autoridad y control absoluto.
📌 Dato importante
Estas asociaciones pertenecen principalmente a la baraja francesa y sus derivaciones.
En la baraja española, los reyes no suelen representar personajes históricos específicos,
sino valores universales como:
👑 Poder
👑 Liderazgo
👑 Autoridad
👑 Gobierno
💡 Reflexión final
La próxima vez que tengas una baraja en tus manos, recuerda:
No solo estás jugando…
estás tocando símbolos con siglos de historia.
 
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1308911748046340&set=gm.1760810721544386&idorvanity=1104325900526208