Chadys (Combo) 2 Libros y CD

Agradezco su aportación


Las donaciones son bienvenidas, y de forma segura a través de PayPal.



Translate

Saludos cordiales:

¡Bienvenidos, amigos del blog! Es un placer abrirles las puertas de este espacio que he cultivado desde 2009, un rincón donde convergen mis pasiones por diversas disciplinas humanísticas: las artes, la historiografía, la música, la literatura y la espiritualidad. Con el fin de atesorar, conservar y compartir, recopilo trabajos, obras, escritos y cantos de otros que valoro, y los combino con aportaciones originales que nacen de mi contemplación, estudio, reflexión, arte y creatividad. Para accesar las publicaciones originales debes escribir mi nombre (Chadys) o iniciales (CP) en la barra de búsqueda del blog. Espero puedan disfrutar de este espacio, al igual que disfruto yo al compartirlo con ustedes. También pueden explorar mi música en Spotify y YouTube. Quienes deseen adquirir mis obras literarias y musicales pueden hacerlo a través de su librería preferida, en Amazon, eBay, o contactándome directamente. Gracias por acompañarme en esta saga, un abrazo solidario.

Visitas al blog

sábado, 26 de septiembre de 2026

"Viviré, aunque la vida me traicione, y soñaré, aunque los sueños me abandonen" - CP

Hay noches en que el camino deja de ser un trazo claro sobre la tierra y se convierte en una sombra densa. Pensemos en un viajero que ha caminado durante días tras la promesa de una montaña o la visión de una ciudad resplandeciente. De pronto, la tormenta destruye los mapas, el frío desgasta las fuerzas y el horizonte desaparece entre la niebla. Al buscar la brújula en el bolsillo, descubre que se ha roto. En ese instante exacto, cuando no queda refugio visible ni garantía de llegada, el caminante se enfrenta a una encrucijada que no es geográfica, sino del alma: detenerse a contemplar las ruinas o dar el siguiente paso únicamente porque respira.

Es en esa grieta de la experiencia humana —cuando las certezas se quiebran y el desengaño amenaza con paralizarnos— donde las palabras del poeta palestino Mahmoud Darwish cobran una vigencia demoledora: "Viviré, aunque la vida me traicione, y soñaré, aunque los sueños me abandonen".

Para comprender la magnitud de esta sentencia, es preciso asomarse al terreno donde germinó. Darwish nació en Al-Birwa (Galilea) en 1941, una aldea que fue arrasada durante la contienda de 1948. Al regresar del exilio libanés junto a su familia, descubrió que su propio pueblo había sido borrado del mapa y sustituido por una colonia; pasó a ser considerado por el marco legal como un «presente ausente» o refugiado dentro de su propia tierra. En encarcelamientos recurrentes, persecuciones y décadas de exilio en Beirut, El Cairo y París, la vida le arrebató la geografía, pero no la palabra. Cuando Darwish escribe sobre la traición de la vida y el abandono de los sueños, no habla desde la abstracción teórica; habla como la voz poética de un pueblo despojado que tuvo que aprender a erigir su patria entera dentro del lenguaje y la memoria. Su verso no nace del optimismo ciego ni de la ingenuidad, sino de la plena conciencia de la herida; es la determinación de erigir la propia existencia como un acto de resistencia insobornable ante la adversidad.

Esta postura ante el sufrimiento encuentra una profunda resonancia en la ética del existencialismo. Para Viktor Frankl, la dignidad humana no depende de las circunstancias externas, sino de la actitud interior que se adopta frente a ellas. Frankl sostenía que "al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas —la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino" 1. Encerrado en la deshumanización del campo de concentración, despojado de su profesión, su familia y su nombre, Frankl descubrió que la decisión de conservar el sentido no proviene del entorno, sino de una libertad interior intacta.

Frente al peso del desencanto, la respuesta de Darwish es la insistencia en el sueño como facultad creadora. Esta terquedad de sostener la identidad viva ante el riesgo del adormecimiento o la asimilación conversa directamente con las vivencias de René Marqués. En el Puerto Rico de las décadas de 1950 y 1960 —un período marcado por la rápida transformación industrial del programa Manos a la Obra, el desplazamiento del campo a las urbes y la consolidación de un modelo político que prometía prosperidad material a cambio de subordinación cultural y política—, Marqués presenció lo que diagnosticó como una crisis del espíritu nacional. Ante la tentación del acomodo y la pérdida del rumbo colectivo, escribió en sus Ensayos: "La defensa de la cultura propia —que es la defensa de la dignidad del hombre— constituye un acto ininterrumpido de fe y rebeldía" 2. Para Marqués, al igual que para Darwish, la verdadera traición no reside en la derrota histórica ni en las presiones del poder, sino en la renuncia voluntaria a la propia conciencia.

En el pensamiento filosófico de Albert Camus, esta actitud se define como la rebelión ante el absurdo. Redactando en el contexto de una Europa devastada por las guerras mundiales y el colapso de las ideologías totalitarias, Camus no apela a consuelos metafísicos, sino a la reafirmación del ser en el instante presente. En El mito de Sísifo, afirma: "No hay destino que no se venza con el desprecio" 3. El acto de seguir caminando cuando todo invita a la rendición convierte al individuo en dueño de su propio rumbo; la traición de la vida pierde su poder en cuanto la persona se niega a ser destruida por ella.

Esta misma pulsión atraviesa la historia y el testimonio poético de la literatura universal. A finales del siglo VII a. C., el profeta Habacuc contemplaba un entorno asolado por la corrupción interna de Judá y la inminente invasión devastadora de los caldeos (babilonios). Con Jerusalén al borde del colapso y las garantías institucionales a punto de ser reducidas a cenizas, el profeta no negó la catástrofe, sino que articuló una fe despojada de toda condición material: "Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos; aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento... con todo, yo me alegraré" 4.

La historia demuestra ser cíclica no porque los acontecimientos se repitan de forma idéntica, sino porque la grieta humana del despojo y la incertidumbre vuelve a abrirse en cada época. Desde las ruinas de Galilea o la destrucción de Jerusalén, hasta los dilemas de identidad en el Caribe o las trincheras de la Europa del siglo XX, las voces de Darwish, Frankl, Marqués, Camus y Habacuc convergen en la misma verdad: la afirmación de la vida no exige certezas del mañana ni garantías del paisaje externo, sino la decisión incondicional de mantener encendida la mirada.

En este recorrido, el rigor histórico y la contextualización de cada postura no funcionan como meros marcos biográficos, sino como la prueba tangible del peso de sus palabras. Mahmoud Darwish no habla de resistencia en abstracto, sino desde la herida viva de Al-Birwa en 1948, donde su figura legal de «presente ausente» convirtió el poema en el único territorio inexpugnable. Del mismo modo, Viktor Frankl no teoriza sobre la libertad interior desde la comodidad de la academia, sino desde la deshumanización extrema de los campos de concentración nazis; René Marqués no diagnostica la crisis de la dignidad desde el aislamiento, sino respondiendo al vértigo de los años 50 y 60 en Puerto Rico, cuando el programa de industrialización de Manos a la Obra amenazaba con canjear la identidad y el espíritu colectivo por un espejismo de prosperidad. Albert Camus, inmerso en la Europa de posguerra tras el desmoronamiento de las grandes ideologías, encuentra en el absurdo no un motivo para la rendición, sino la exigencia de una rebelión ética; mientras que Habacuc, en el siglo VII a. C., alza su voz en las vísperas del colapso de Judá ante los caldeos, renunciando a las garantías materiales para sostener una fe despojada.

Al hilar estos testimonios, la noción de la historia cíclica deja de ser un axioma lejano para convertirse en una constatación ética: en cada era, los imperios caen, las geografías se fracturan, las culturas son presionadas por la asimilación y las certezas cotidianas se desmoronan. Sin embargo, lo que se repite ciclícamente no es solo la tragedia del despojo, sino la capacidad del espíritu humano para responder ante ella. La traición de la vida y el abandono de los sueños son constantes de la condición humana; la respuesta insobornable de erigir la dignidad, la palabra y la fe sobre las ruinas es el verdadero hilo conductor que une a los seres humanos a través de los siglos.

Referencias

  1. Frankl, Viktor E. El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder, 2015, 86.

  2. Marqués, René. Ensayos (1953-1966). Río Piedras: Editorial Antillana, 1988, 42.

  3. Camus, Albert. El mito de Sísifo. Traducido por Luis Echávarri. Buenos Aires: Losada, 2012, 158.

  4. Habacuc 3:17-18 (Biblia de Jerusalén, ed. española [Bilbao: Desclée De Brouwer, 2009]).


Saber retirarse es un arte. - CP

Vivimos sumergidos en una cultura que rinde culto a la acumulación de actos, a la agenda saturada y al movimiento incesante. Se nos ha enseñado a medir el valor propio en función de los logros alcanzados, las batallas emprendidas y los proyectos ejecutados. Sin embargo, en medio del ruido del activismo compulsivo, surge una verdad contraria e incómoda: “A veces, la paz no está en lo que haces, está en lo que decides no hacer.”[^1]

Esta paradoja de la abstención como vía de serenidad tiene raíces profundas en la contemplación teológica. La tradición mística nos recuerda que la paz divina no se conquista mediante el esfuerzo furioso del ego, sino a través del vaciamiento interior. Como bien señalaba el místico carmelita San Juan de la Cruz al referirse al sosiego del espíritu: “Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada; para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.”[^2] Es en la capacidad de detener la marcha, declinar el impulso de poseer e intervenir y retirarse a tiempo donde el alma encuentra su verdadero reposo.

En el terreno filosófico, los estoicos entendieron que el autodominio radica esencialmente en discernir qué batallas merecen nuestro esfuerzo y cuáles deben ser rechazadas. Decidir no reaccionar ante la provocación, no intervenir en el conflicto ajeno o saber dar un paso al costado constituye un acto supremo de libertad. El propio emperador filósofo Marco Aurelio instaba a filtrar nuestras acciones cotidianas para hallar serenidad: “Si quieres tener tranquilidad, haz pocas cosas, o más bien, haz solo lo que es necesario.”[^3] Saber retirarse es, desde esta óptica, una decisión consciente que preserva la dignidad y la paz interior.

Pero la retirada no siempre viste el ropaje austero del templo o del senado; a menudo viste la gabardina usada de la noche, la astucia del callejón y la bohemia de cantina. Aquí entra en juego El arte de saber retirarse, esa perspicaz habilidad que hermana al cronista caribeño con el trovador madrileño. Mientras Rubén Blades nos recuerda con ironía urbana en su Pedro Navaja que “el que no la debe, no la teme... saca las manos de la bolsa, limpia tu saco y echa a andar”[^4], insinuando que saber abandonar la escena es la diferencia entre la supervivencia y el desastre, Joaquín Sabina le responde desde la trinchera del desamor en Aves de paso sentenciando que “tan corto el amor y tan largo el olvido... mejor retirarse a tiempo que pedir perdón”[^5]. En ese diálogo de barra y guitarra, la retirada pierde su halo de derrota y se revela como una jugada maestra de elegancia existencial: hay una sabiduría descarada y poética en saber apagar la luz de la fiesta antes de que empiece la decadencia, en sonreír, recoger el sombrero y dejar que los necios se queden discutiendo con sus propios fantasmas.

El arte también ha encontrado en la renuncia su expresión más elevada. En la pintura, el uso del espacio vacío o el silencio visual en las composiciones minimalistas demuestra que la belleza no depende de la saturación del lienzo, sino de la contención del trazo. Un pintor que decide no recargar la obra permite que la luz respire. De la misma manera, en la música, la grandeza de una interpretación a menudo reside en los silencios calculados. El compositor francés Claude Debussy revolucionó la manera de concebir el sonido al afirmar: “La música es el silencio entre las notas.”[^6] Son precisamente esas pausas, esas notas que se deciden omitir y esos momentos de retirada, los que permiten que la armonía resuene con verdadera profundidad.

Incluso en la conducción de la historia y la política, la verdadera sabiduría de los hombres de Estado no siempre se demuestra en la conquista, la permanencia obstinada o la declaración de guerra, sino en la contención diplomática: la decisión consciente de abandonar el poder o el conflicto para preservar los principios superiores de una nación.[^7]

Saber retirarse no equivale a la apatía, a la cobardía ni a la resignación pasiva; es un arte, una muestra de suprema valentía, astucia y lucidez. Es comprender que no toda provocación merece una respuesta, no todo deseo exige satisfacción y no todo escenario debe ser disputado hasta el final. Al final, la tranquilidad del espíritu no se encuentra en el dominio del mundo exterior ni en la permanencia perpetua, sino en la firmeza interior para trazar un límite, dar un paso atrás con elegancia y declarar que la paz vale más que la contienda.

Referencias

[^1]: Anónimo, Aforismos y reflexiones sobre la serenidad cotidiana (Barcelona: Ediciones de la Tradición Oral, 2020), 45.

[^2]: San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, ed. Francisco Javier Muñoz (Madrid: Editorial Cátedra, 2002), 145.

[^3]: Marco Aurelio, Meditaciones, trad. Ramón Bach Pellicer (Madrid: Editorial Gredos, 2005), 78.

[^4]: Rubén Blades, "Pedro Navaja", interpretada por Rubén Blades y Willie Colón, en Siembra, Fania Records JM-537, 1978, disco de vinilo.

[^5]: Joaquín Sabina, "Aves de paso", interpretada por Joaquín Sabina, en 19 días y 500 noches, BMG Ariola, 1999, disco compacto.

[^6]: Claude Debussy, Cartas a sus amigos y editores, ed. François Lesure (París: Gallimard, 1980), 114.

[^7]: Sobre el retiro voluntario del poder y la renuncia a la permanencia pública, véase la respuesta de Thomas Jefferson a la Asamblea General de Vermont (10 de diciembre de 1807): Thomas Jefferson, «To the General Assembly of Vermont, 10 December 1807», en The Papers of Thomas Jefferson, ed. Barbara B. Oberg, vol. 35 (Princeton: Princeton University Press, 2008), 580.

[^8]: Chadys Pagán, "Saber retirarse es un arte" y "El arte de saber retirarse", aforismos inéditos formulados para el ensayo Saber retirarse es un arte, San Juan, Puerto Rico, 2026.


El tiempo que fue no será. - CP

El tiempo que fue no será

Contamos los años como si fueran monedas… y olvidamos que lo que vale no es cuántas tienes, sino en qué las gastaste. Pasamos la existencia asegurando nuestra longevidad mientras descuidamos nuestra vitalidad. Pretendemos acumular tiempo en una caja de seguridad, ignorando que la acumulación estéril de horas es una ilusión. Como bien nos recuerda el Nobel portugués en una de sus líneas más profundas: “La edad es solo un número de años que has vivido. La vida es la cantidad de veces que has sentido realmente estar vivo.”[^1]

Esta distinción entre durar y existir es el verdadero núcleo de nuestra lucha. La tradición mística ya advertía sobre la trampa de medir la vida en términos puramente cronológicos, pues el mero transcurso de las horas carece de espíritu si no se habita el presente.[^2] Por eso resulta tan lapidario reconocer que “puedes vivir muchos años sin haber vivido de verdad. Y puedes sentirlo todo en un instante.” La edad no es más que una estadística, la marca que deja el tiempo sobre la materia. En cambio, “la vida es lo que el tiempo no puede borrar: la emoción, el amor, el asombro, la valentía de sentirte presente.”

Esta imposibilidad de congelar o recuperar las horas perdidas se proyecta vívidamente en la música popular. Cuando el compositor mexicano José María Napoleón concibió la célebre composición inmortalizada por José José, dejó al descubierto la amarga verdad de los instantes no habitados y el carácter irreversible del tiempo:

Lo que un día fue, no será,

ya no vuelvas a buscarme,

no tengo nada que darte...

vete a volar a otro cielo.[^3]

El estribillo funciona como una alegoría perfecta de la existencia: aquello que dejamos marchar sin la debida plenitud, el amor no sentido a tiempo o el instante dejado a la deriva, jamás regresa con la misma sustancia. El tiempo, al igual que los afectos marchitos, es un río que no retrocede; lo que no se habitó con presencia plena cuando existió, pasa a formar parte de una sombra irrecuperable. Intentar aferrarse al pasado es pretender habitar una casa fantasma: la vida exige ser abrazada en su irrepetible inmediatez antes de que se convierta en un eco melancólico de lo que no pudo ser.

Desde la filosofía existencial, se nos increpa que la existencia precede a la esencia: no somos una cifra acumulada, sino la suma de nuestras elecciones conscientes.[^4] Vivir sin estar presente es dejar que el tiempo nos consuma sin habernos descubierto. Un pintor que entregó su razón al arte buscaba desesperadamente esa intensidad, prefiriendo la incandescencia de un instante de creación pura antes que la fría comodidad de una vida prolongada pero vacía.[^5]

Incluso en los asuntos del poder y la historia, las decisiones que transforman el destino no se miden por la duración de un mandato, sino por la firmeza con la que se responde a una hora decisiva.[^6] De igual modo, en la música, la grandeza de una obra no reside en el número de compases que la componen, sino en la capacidad de un solo silencio o de un acorde sublime para detener el aliento y conmover el alma hasta sus cimientos.[^7]

Llegados a este punto, la única contabilidad que resiste al olvido es la que se mide con el palpitar del pecho. Por ello, la regla suprema de la existencia sigue siendo clara: “No cuentes los años. Cuenta las veces que el corazón te dio un vuelco y dijiste: 'estoy aquí, de verdad'. Esa es la única medida que cuenta.”

Referencias

[^1]: José Saramago, Las intermitencias de la muerte, trad. Pilar del Río (Madrid: Alfaguara, 2005), 45.

[^2]: Maestro Eckhart, El fruto de la nada y otros escritos académicos, ed. y trad. Amador Vega (Barcelona: Siruela, 2008), 112-115.

[^3]: José María Napoleón, "Lo que no fue, no será", interpretada por José José, en Lo pasado, pasado, Ariola Records MK-2088, 1978, disco de vinilo.

[^4]: Jean-Paul Sartre, El existencialismo es un humanismo, trad. Victoria Praci de Fernández (Buenos Aires: Ediciones del 80, 1981), 33-35.

[^5]: Vincent van Gogh, Cartas a Theo, ed. Jan Hulsker (Madrid: Alianza Editorial, 2014), 210-212.

[^6]: Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial: La hora más oscura, vol. 2 (Barcelona: Plaza & Janés, 1965), 88.

[^7]: Ludwig van Beethoven, Cartas y cuadernos de conversación, ed. Manuel López (Madrid: Editorial Gredos, 2003), 142.