El costo de la desmemoria: Poder, conciencia y los ciclos de la destrucción
El 1 de septiembre de 1939, las tropas alemanas cruzaron la frontera polaca, desencadenando una conflagración mundial que sumiría al planeta en la devastación total. Apenas dos décadas antes, los líderes de las potencias habían firmado el Tratado de Versalles bajo la solemne promesa de que aquello había sido «la guerra que terminaría con todas las guerras». Sin embargo, la humanidad demostró una vez más su asombrosa capacidad para reincidir en el abismo. Ante esta penosa repetición de los errores colectivos, el escritor británico Aldous Huxley formuló una de sus observaciones más incisivas y sombrías: «Quizá la única lección que nos enseña la historia es que los seres humanos no aprendemos nada de las lecciones de la historia» [1].
Esta premisa no constituye meramente una frase lapidaria o un destello de pesimismo ilustrado. Se trata, más bien, de un diagnóstico clínico sobre la psique colectiva y la estructura del poder a lo largo de los siglos. Mientras que las ciencias exactas acumulan saberes y las tecnologías se exponencializan, el comportamiento ético y político de las civilizaciones parece girar en una noria infinita, tropezando una y otra vez con la misma piedra institucional y moral.
El laberinto de los ciclos y la memoria voluntaria
Para diseccionar esta inercia, es menester convocar al pensador italiano Giambattista Vico y su teoría de los corsi e riccorsi storici (que traducido al castellano simple significa «los idas y venidas de la historia», es decir, el ciclo terco en el que las civilizaciones trepan hacia el esplendor, se derrumban en el caos y vuelven a tropezar con las mismas piedras). Vico argumentaba que las naciones atraviesan tres fases predecibles en su evolución cultural y política [2], cuyos rastros podemos identificar claramente a través de diversos ejemplos históricos:
La edad de los dioses, en la que las sociedades primitivas atribuyen toda autoridad, ley y fenómeno natural a la voluntad divina, rigiéndose por el temor sagrado y un orden patriarcal teocrático [3]. Un claro ejemplo histórico se encuentra en las primeras civilizaciones mesopotámicas o en el Egipto faraónico antiguo, donde el monarca no era sino la encarnación o el representante directo de la divinidad, y toda la estructura jurídica emanaba de mitos sagrados incuestionables.
La edad de los héroes, donde emergen las aristocracias guerreras, los clanes dominantes y un orden social basado en la fuerza, el honor caballeresco y la desigualdad tajante entre nobles y plebeyos [4]. Esto se refleja vivamente en el periodo de la Grecia arcaica dominada por la aristocracia terrateniente de los eupátridas, o bien en la Europa feudal de la Edad Media, donde el poder residía en los castillos de los señores feudales y la lealtad militar se imponía sobre cualquier noción de ley civil.
La edad de los hombres, el momento de la madurez civil en el que se reconoce la igualdad jurídica de todos los ciudadanos, florece la razón, las leyes escritas y la democracia, pero que curiosamente abre la puerta al individualismo extremo, al egoísmo y a la disolución de los lazos comunitarios [5]. Un ejemplo paradigmático de esta transición se observa en la Atenas clásica tardía y en la fase final de la República romana, así como en las democracias modernas contemporáneas, donde el colapso de la virtud cívica cede el paso a la fragmentación social.
Tras agotar esta última etapa, las naciones colapsan inevitablemente en una nueva barbarie —la de la reflexión y el aislamiento cívico— obligando a la historia a reiniciar su marcha [6].
Ahora bien, ¿por qué amontonar tantas citas de eruditos en este ensayo? La respuesta es tan sencilla como urgente, diseñada tanto para el estudiante curioso que busca claridad como para el académico más exigente que busca rigor: estas voces no son meros adornos de biblioteca, sino testigos de un juicio interminable contra nuestra propia desmemoria.
El espejo de la culpa y la soberbia institucional
En esa misma línea, cuando el gran historiador Marc Bloch nos advierte que «el infortunio de los hombres proviene siempre de su ignorancia del pasado; un desconocimiento que a menudo se convierte en un desprecio voluntario» [7], nos está bajando a una realidad muy cotidiana: el problema no es que la historia sea muda, sino que nos tapamos los oídos a propósito porque recordar nos exige cambiar de hábitos.
A este coro se suman la filósofa Hannah Arendt y el teórico Reinhart Koselleck cuando desmenuzan cómo las grandes crisis sociales y financieras se repiten una y otra vez bajo la ilusión colectiva de que «esta vez la historia es diferente» [8]. Aquí el ensayo conecta con el pulso de la alta teoría política para explicarnos de forma diáfana cómo los gobiernos y los mercados caen en los mismos abismos autoritarios y monetarios simplemente porque confunden sus deseos con la realidad, vistiendo desastres viejos con trajes nuevos.
La lección silenciada del poder
Para comprender por qué las civilizaciones caen repetidamente en sus propios abismos, es indispensable examinar el mecanismo exacto del poder y su resistencia a aprender de la experiencia. A lo largo de los siglos, los imperios y las élites han operado bajo la soberbia de creerse inmunes a las leyes de la decadencia, ignorando las advertencias estructurales que la historia acumula. Esta ceguera institucional no es un accidente, sino el resultado de estructuras de incentivos que castigan la previsión y premian la inmediatez.
Para descifrar este engranaje, resulta crucial atender al contexto que llevó al historiador ateniense Tucídides a formular su diagnóstico más penetrante. En el año 431 a.C., el mundo helénico se precipitó en la cruenta Guerra del Peloponeso, un enfrentamiento total entre el imperialismo talasocrático de Atenas y la hegemonía militar terrestre de Esparta. Tucídides no escribió su obra como un simple cronista neutral de batallas, sino como un analista político profundamente afectado por la catástrofe de su propia ciudad-estado. Exiliado tras el fracaso militar en Anfípolis, observó de primera mano cómo el miedo, la hybris (la soberbia desmedida) y la ambición ciega destruían las instituciones democráticas y morales de Atenas. De esa vivencia traumática del colapso institucional surgió su famosa sentencia de que «la guerra es un maestro violento que, al privar a los hombres de la comodidad cotidiana, conforma sus ánimos a la medida de sus calamidades» [9], advirtiendo que los pueblos pierden su cordura ética precisamente cuando las crisis desmoronan sus estructuras de confort.
Sin embargo, para trasladar esta lección de la Antigüedad clásica a la complejidad institucional moderna, es necesario convocar al economista e historiador institucionalista Douglass North. Lo traemos a este debate no como un adorno teórico, sino porque North explica con precisión científica por qué las sociedades fracasan: las instituciones humanas —las reglas del juego formal e informal que rigen la política y la economía— se anquilosan y generan incentivos perversos. Según North, cuando las élites y los actores políticos diseñan marcos institucionales orientados exclusivamente a la renta y a la preservación del poder a corto plazo, las naciones se vuelven incapaces de adaptarse a los cambios estructurales, reproduciendo ciclos de decadencia económica y política [10].
Ya sea en la Atenas clásica corroída por la ambición imperial o en el capitalismo contemporáneo atrapado en su propia miopía institucional, la estructura del poder humano se encalla siempre en el mismo sitio: cuando la soberbia ciega a los pueblos frente a sus propias limitaciones, las instituciones se convierten en cómplices de su propia ruina.
Entre el impulso, la permanencia y el fuego de la memoria
Frente a este ciclo de repetición y cansancio histórico, la disyuntiva humana oscila perpetuamente entre el impulso ciego que destruye y la búsqueda anhelante de permanencia. Para calibrar la hondura dramática de esta elección, es indispensable situarnos en el invierno de 1838 en Springfield, Illinois. Abraham Lincoln, entonces un joven legislador estatal de apenas veintiocho años, pronunció un discurso ante el Liceo Joven marcado por una profunda sombra: el fantasma de la anarquía y la violencia turbas que comenzaba a socavar las instituciones de la joven república estadounidense. En aquellos años de tensiones raciales crecientes, linchamientos y el desgaste de los consensos constitucionales, Lincoln advirtió con escalofriante clarividencia que la mayor amenaza para la libertad no venía de una potencia extranjera invasora, sino del propio deterioro moral interno. De ese contexto convulso brotó su sentencia más trágica y aleccionadora: «si la destrucción es nuestro lote, nosotros mismos debemos ser su autor y ejecutor; como nación de hombres libres, viviremos a través de todos los tiempos, o moriremos por suicidio» [11].
Para comprender la magnitud visceral de este suicidio colectivo en el siglo XX, la obra de Bob Dylan ofrece un doble tribunal que desnuda tanto el origen como el estrago del ciclo histórico. Por un lado, en «Masters of War», Dylan desciende directamente a los despachos donde se urde la maquinaria de la muerte, señalando sin contemplaciones a los arquitectos del conflicto:
Come you masters of war You that build the big guns You that build the death planes You that build all the bombs You that hide behind walls You that hide behind desks I just want you to know I can see through your masks. [12]
Frente a esta cúpula de mercaderes que lucran con la destrucción protegidos por la distancia institucional, la mirada se vuelca en «A Hard Rain’s A-Gonna Fall» hacia los estragos tangibles de la intemperie. Dylan opera aquí como un cronista apocalíptico que recorre los márgenes de una historia obcecada en no aprender de sus crímenes, exponiendo cómo la inocencia y el futuro son sacrificados en el altar de las guerras perennes:
I saw guns and sharp swords in the hands of young children And it's a hard, and it's a hard, it's a hard, and it's a hard And it's a hard rain's a-gonna fall. [13]
En este tránsito, el bardo norteamericano cartografía la degradación moral de una civilización que camina a ciegas por los cementerios de sus propias tragedias, donde las víctimas se multiplican en el silencio de los caminos recorridos:
I met a young child beside a dead pony I met a white man who walked a black dog I met a young woman whose body was burning I met a young girl, she gave me a rainbow I met one man who was wounded in love I met another man who was wounded in hatred And it's a hard, and it's a hard, it's a hard, and it's a hard And it's a hard rain's a-gonna fall. [14]
Aquí se sella el vínculo analítico con Vico y con North: los hombres se hieren alternativamente por amor o por odio, pero la estructura del ciclo histórico permanece intacta porque la sociedad prefiere el confort del olvido, permitiendo que los "amos de la guerra" sigan operando impunes. La "dura lluvia" no es sino la catástrofe cíclica que adviene de manera inexorable cuando se desprecian las lecciones del pasado.
Para contraponer una respuesta ética a esta maquinaria de destrucción y desmemoria, la figura central de «La canción del elegido» de Silvio Rodríguez introduce el contrapeso conceptual definitivo. El "elegido" no representa a un mesías providencial, sino al arquetipo del sujeto histórico que nace de las cenizas de los errores anteriores, cargando sobre sus espaldas el peso de la memoria colectiva para romper la inercia del ciclo:
Se hizo de una historia de fantásticas historias, de mártires que crecieron y se hicieron infinidad... [15]
Frente a la ilusión del confort burgués y la complacencia institucional que condenan a las naciones a repetir sus tragedias, la poesía de Silvio denuncia que «el cementerio es un lugar poco serio para ponerse a soñar», exigiendo que la existencia se asuma en absoluta profundidad. El compromiso se consuma en la renuncia al egoísmo y a la seguridad privada para convertirse en la antorcha que la sociedad amnésica demanda:
Dicen que se arrastró por el bien de los otros, que lo salvó la urgencia de cantar en desdichas, que cenó de la oscuridad y vivió de vergüenzas y que pisó la muerte 'desesperado y feliz'. Por eso es que este hombre tuyo, pueblo, no recuerda su casa cuando le piden luz. [16]
Sin embargo, para completar esta arquitectura del compromiso y evitar que la entrega del "elegido" quede reducida a una elegía trágica o a un heroísmo estéril, la obra de Silvio Rodríguez exige la mediación de «Cuando digo futuro». Esta pieza funciona como el giro dialectico definitivo dentro del ensayo: si «Canción del elegido» expone la ruptura individual frente al confort y la asunción del dolor histórico, «Cuando digo futuro» articula la respuesta colectiva contra el determinismo de las ruinas. Silvio no le canta al mañana como a una utopía inocente o una promesa teológica abstracta, sino como a un deber ético que se edifica con la materia cruda del presente y con las cicatrices del pasado [17].
El núcleo de la canción radica en el rechazo frontal a la parálisis y al nihilismo que con frecuencia suceden a los colapsos civilizatorios. Mientras la historia de Vico amenaza con el retorno cíclico a la barbarie y el diagnóstico de North demuestra cómo las instituciones se anquilosan en su propia miopía, la voz poética de Silvio desarma la fatalidad del tiempo mediante una poética de la praxis terrenal:
Yo digo futuro
cuando pienso en el aire que respiro,
cuando miro a la tierra que me sostiene,
cuando voy a buscar la luz que quiero
y tropiezo con un hermano que la tiene. [18]
En estos versos, el futuro pierde su condición de categoría cronológica lejana y se convierte en una vivencia orgánica y solidaria. La luz ya no es el privilegio de una élite ni el atributo solitario del héroe que «no recuerda su casa cuando le piden luz», sino un hallazgo compartido en la fraternidad del tropiezo. Silvio comprende que la memoria no debe ser un museo de lamentos, sino un motor de transformación; por ello, denuncia la complicidad de quienes convierten la tragedia humana en espectáculo o en argumento para el cinismo:
Yo digo futuro
para no ponerme a llorar sobre la mesa,
para no darme un tiro en la cabeza,
para no hacerme el ciego ante la muerte
ni el sordo ante el dolor de la gente. [19]
La negación del suicidio —tanto el físico como el espiritual— conecta directamente con la advertencia de Lincoln sobre el colapso moral de las naciones. Ante la «dura lluvia» de Dylan, que registra el paisaje desolado de niños con espadas y mujeres ardientes, Silvio responde con una negación militante a la resignación: nombrar el futuro es una decisión deliberada de mantener abiertos los ojos ante el dolor ajeno y negarse a la anestesia social que los "amos de la guerra" necesitan para perpetuar su dominio. La poesía de Rodríguez establece que la única forma de romper el ciclo de la desmemoria es asumiendo la responsabilidad histórica de la reconstrucción [20].
Finalmente, el cantautor cubano aborda la dialéctica entre la permanencia de la obra humana y la fragilidad del tiempo, superando la soberbia de las instituciones corruptas mediante una concepción revolucionaria del trabajo y de la entrega cívica:
Yo digo futuro
porque hay que construirlo con las manos,
porque no es un regalo ni un milagro,
porque lo que no se hace no existe
y lo que se hace mal cuesta el doble de trabajo. [21]
Sintetizar la acusación frontal de Dylan contra los "amos de la guerra" y la crudeza de su lluvia implacable con la densidad ética de Silvio demuestra que el arte y la filosofía comparten una misma trinchera contra el olvido. La historia seguirá girando en su noria de barbarie institucional únicamente si permitimos que el pasado se convierta en letra muerta.
Aun en medio de las ruinas que la desmemoria encumbra, el porvenir no está sellado de antemano por la fatalidad de los ciclos. Como recordaba el teólogo y místico de la paz Howard Thurman, «hay algo en cada uno de nosotros que aguarda y escucha el sonido de la llegada de una nueva verdad que nos permita experimentar de nuevo nuestra condición común» [22]. Cultivar esa lucidez no borrará las cicatrices del pasado, pero abre el margen inalienable para elegir la permanencia, la justicia y la esperanza por encima de la ruina.
Hermenéutica del arte:
Primera fila: de izquierda a derecha
- Abraham Lincoln
- Bob Dylan
- Silvio Rodríguez
- Aldous Huxley
- Giambattista Vico
- La figura central, que representa al lector, al ciudadano y a la conciencia humana
- Douglass North
- Hannah Arendt
- Reinhart Koselleck
- Tucídides
- Marc Bloch
Segunda fila: de izquierda a derecha
- Mahatma Gandhi
- Jesús
- Buda
- Bob Marley
- Madre Teresa
- Luis Eduardo Aute
- John Lennon
- Mercedes Sosa
- Facundo Cabral
- Juan Pablo II
- Padre Pío
Referencias:
Aldous Huxley, Collected Essays (Nueva York: Harper & Brothers, 1959), 48.
Giambattista Vico, Principios de una ciencia nueva en torno a la común naturaleza de las naciones (Madrid: Tecnos, 2006), 215. Vico plantea que la historia humana sigue un curso cíclico de auge y caída regido por la Providencia y las pasiones humanas.
Ibid., 218.
Ibid., 224.
Ibid., 230.
Ibid., 235.
Marc Bloch, Apología de la historia o el oficio de historiador (México: Fondo de Cultura Económica, 2001), 74.
Reinhart C. Koselleck, futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos (Barcelona: Paidós, 1993), 89; véase también Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo (Madrid: Alianza Editorial, 2004), 452.
Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, trad. de Juan José Torres Esbarranch (Madrid: Gredos, 1992), Libro III, 82.
Douglass C. North, Instituciones, cambio institucional y desempeño económico (México: Fondo de Cultura Económica, 1993), 112.
Abraham Lincoln, Discurso ante el Liceo Joven de Springfield (Springfield, Illinois, 27 de enero de 1838), recogido en Collected Works of Abraham Lincoln, ed. Roy P. Basler (New Brunswick: Rutgers University Press, 1953), Vol. I, 109.
Bob Dylan, «Masters of War», pista del álbum The Freewheelin' Bob Dylan (Nueva York: Columbia Records, 1963).
Bob Dylan, «A Hard Rain’s A-Gonna Fall», pista del álbum The Freewheelin' Bob Dylan (Nueva York: Columbia Records, 1963).
Ibid.
Silvio Rodríguez, «Canción del elegido», pista del álbum Días y flores (La Habana: Disqueras EGREM, 1975).
Ibid.
Para un examen exhaustivo de la dimensión temporal y política en la poética de la Nueva Trova, véase Clara Díaz, Hay quien precisa: poesía y canción en Silvio Rodríguez (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1995), 120-128.
Silvio Rodríguez, «Cuando digo futuro», pista del álbum Al final de este viaje (La Habana: Disqueras EGREM, 1978).
Ibid.
Sobre la relación entre ética, estética y resistencia en la obra de Silvio Rodríguez, véase Guillermo Rodríguez Rivera, Ensayos de otra isla (La Habana: Ediciones Unión, 2005), 84-91.
Silvio Rodríguez, «Cuando digo futuro», op. cit.
Howard Thurman, The Search for Common Ground (Nueva York: Harper & Row, 1971), 23.