
Los quisieron borrar del mapa. No lo lograron del todo.
En
1923, Martin Gusinde fotografió a una mujer y a un niño selk'nam en
Tierra del Fuego. La imagen parece silenciosa, pero carga el peso de un
mundo entero. Los selk'nam habían vivido allí durante miles de años,
organizados en grupos de parentesco ligados a sus territorios de caza, y
su cultura tenía en el Hain uno de sus momentos más profundos: una
ceremonia de iniciación en la que el mito, los espíritus y la pintura
corporal daban forma a la vida adulta.
Después llegó la violencia disfrazada de progreso.
A
fines del siglo XIX, el oro, las estancias ovinas, las alambradas y las
enfermedades cayeron sobre Tierra del Fuego como una sentencia.
Colonos, mercenarios y cazadores avanzaron sobre su territorio y la
matanza fue tan brutal que en pocas décadas su mundo quedó casi
destruido. Lo que para los selk'nam era hogar, memoria y continuidad,
para los recién llegados era un obstáculo que había que sacar del
camino.
Por eso las fotos de Gusinde conmueven tanto.
No
son solo documentos antiguos. Son el retrato de una dignidad que seguía
en pie cuando casi todo alrededor ya había sido herido. Esos cuerpos
pintados, esos rostros firmes en medio del frío, no parecen pedir
compasión. Parecen exigir algo más difícil: que se recuerde que allí
existió un pueblo con su propio orden, sus propios ritos y su propia
manera de entender el mundo.
Y esa memoria no murió.
En
2023, Chile reconoció legalmente al pueblo selk'nam como una de las
etnias indígenas reconocidas por el Estado. No es el final de la
historia, pero sí una señal poderosa: los quisieron convertir en un
recuerdo extinguido, y aun así sus descendientes siguen levantando la
voz. Porque hay pueblos que pueden ser perseguidos, dispersados y
heridos, pero no desaparecen mientras todavía haya alguien que pronuncie
su nombre.
De la red.
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