Los moriscos eran oficialmente cristianos bautizados. Habían cumplido con lo que la Corona les exigía. Y aun así, España los expulsó. 300.000 personas, entre 1609 y 1614.
Cuando en 1492 los Reyes Católicos conquistaron Granada, los musulmanes que vivían en el reino se enfrentaron a una elección brutal: convertirse al cristianismo o abandonar sus hogares. La mayoría eligió quedarse y bautizarse. A partir de entonces se les llamó "moriscos" — cristianos nuevos de origen musulmán.
Durante más de un siglo cumplieron con sus obligaciones religiosas, pagaron sus impuestos, contribuyeron a la agricultura, la artesanía y el comercio de las regiones en las que vivían. En Valencia, en Aragón, en Castilla, eran trabajadores conocidos y valorados por sus señores.
Pero nunca dejaron de ser vistos con desconfianza.

Lo que muchos ignoran: en 1609, el rey Felipe III firmó el decreto de expulsión de los moriscos de todos los territorios de la Monarquía Hispánica — sin pruebas generales de traición, sin proceso judicial, sin distinción entre quienes practicaban el islam en secreto y quienes eran sinceramente cristianos.
Entre 1609 y 1614, alrededor de 325.000 personas fueron forzadas a abandonar sus hogares, sus tierras y sus bienes. Muchos fueron acogidos en el Imperio Otomano y en el norte de África, donde su conocimiento del riego y la agricultura fue muy apreciado.
Muchos eran agricultores, artesanos, comerciantes. Su salida dejó tierras abandonadas y sectores enteros debilitados. España perdió con su expulsión a una parte trabajadora, experta y leal de su propia población. Fue una de las decisiones económica y demográficamente más costosas de su historia moderna.
De la red.
No hay comentarios:
Publicar un comentario