FELIPE II FUNDÓ UNA COLONIA EN EL FIN DEL MUNDO Y SE OLVIDÓ DE ELLA
El
mes pasado, un equipo de arqueólogos de la Universidad de Magallanes
encontró, en el sitio histórico Rey Don Felipe (Chile), una moneda de
plata española del siglo XVI. Estaba en el lugar exacto donde Pedro
Sarmiento de Gamboa colocó la primera piedra de una iglesia en 1584. Una
iglesia que nunca terminó de serlo, en una ciudad que nunca llegó a ser
ciudad, en el enclave que los mapas todavía llaman Puerto del Hambre.
Cuatrocientos cuarenta años después, esa moneda, junto a restos de
cerámica, es el testigo de un sueño imperial que terminó en pesadilla.
En
1578, Francis Drake cruzó el Estrecho de Magallanes con sus barcos
cargados de pólvora, salió al Pacífico y saqueó los puertos españoles
con una impunidad que puso enfermo al Rey Prudente. Felipe II, que no
era hombre de impulsos, entendió que el Pacífico ya no era un "lago
español". La solución fue Pedro Sarmiento de Gamboa: navegante,
cosmógrafo y astrólogo. El encargo era titánico: fundar dos colonias en
el Estrecho para taponar el paso a los ingleses.
En
1581 zarpaba de España una de las mayores expediciones de la época: 23
naves y más de 3.000 hombres. Entre tormentas y deserciones, solo un
pequeño grupo de unos 300 colonos logró fundar la Ciudad del Rey Don
Felipe en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Sarmiento, tras
colocar la primera piedra, zarpó a por refuerzos. Nunca pudo volver.
No
fue desidia de Felipe II, sino la cruda realidad de un Imperio con
demasiados frentes abiertos. Sarmiento fue capturado primero por los
ingleses de Walter Raleigh y luego por los hugonotes franceses. Mientras
él gritaba en prisiones extranjeras pidiendo socorro para su gente, en
España los recursos se desviaban hacia un proyecto mayor: la Gran Armada
y la empresa de Inglaterra de 1588. La pequeña colonia del fin del
mundo se convirtió en una nota al pie de página en una burocracia
desbordada. Los colonos esperaron. Murieron de hambre, de frío y de esa
desesperación silenciosa que solo conocen quienes se saben abandonados.
Cuando
en 1587 el corsario Thomas Cavendish pasó por allí, encontró dieciocho
espectros humanos (15 hombres y 3 mujeres) que suplicaron clemencia en
la playa. Cavendish, con una frialdad muy británica, solo recogió a uno
para que le sirviera de guía: Tomás Hernández. Al resto los dejó allí,
condenándolos a morir entre las ruinas de madera y barro. El corsario
rebautizó el lugar con el nombre que ha quedado para la historia: Puerto
del Hambre. Como era de esperar, Tomás Hernández no fue llevado a
España por sus captores, pero en un descuido de los ingleses durante una
incursión en la costa de Quintero, en Chile, logró saltar a tierra y
escapar. Fue él quien, años después en Lima, dio el testimonio desolador
que permitió reconstruir esta tragedia. Sarmiento, por su parte, murió
en el mar sin haber visto de nuevo su ciudad.
Felipe
II tenía un Imperio tan grande que de vez en cuando se le caía un trozo
sin darse cuenta. El Imperio era tan vasto y las guerras tan costosas
que, a veces, los sueños más valientes se quedaban sin clavos, sin pan y
sin memoria.
De la red.
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