Señoras
y señores, pónganse cómodos. Lo que les voy a contar es la prueba
definitiva de que, a veces, los señores con muchas carreras, sueldos de
seis cifras y batas muy blancas son el mayor peligro para este bendito
planeta. Es la historia de un dominó de errores que terminó con gatos
cayendo del cielo. Sí, han leído bien: paracaidismo felino.
A
principios de los 50, en la isla de Borneo tenían un problema serio de
malaria. La OMS (sí, los señores de la Organización Mundial de la Salud)
decidió que la solución era fácil y expeditiva: regar la isla con DDT
hasta que no quedara un mosquito vivo. "Mano de santo", pensaron en sus
despachos de Ginebra. Y sí, los mosquitos murieron, pero ahí empezó el
sainete, porque el DDT no solo mataba mosquitos; también se cargó a una
pequeña avispa que controlaba a las orugas devoradoras de paja. Sin
avispas, las orugas se dieron un festín y los techos de las casas de los
nativos empezaron a desplomarse literalmente sobre sus cabezas.
¡Brillante gestión, oiga! A falta de mosquitos, buenas son las goteras.
Y
no se vayan todavía, aún hay más. Aquí entra la bioacumulación, un
concepto que los "lumbreras" de la OMS se debieron saltar en clase. Los
insectos moribundos estaban saturados de veneno. Los geckos (esas
lagartijillas que corren por las paredes) se comían a esos insectos. Los
gatos se comían a los geckos... y, ¡catapúm!, muerte masiva de mininos
por intoxicación. Sin gatos que patrullaran las aldeas, las ratas se
multiplicaron como si estuvieran en un bufé libre de Benidorm. Y con las
ratas, como principales reservorios de las bacterias causantes del
tifus y la peste, llegó la amenaza de una epidemia. Eso sí, el problema
de la malaria estaba solucionado.
La
solución (surrealista) fue la llamada Operación "Cat Drop". En 1960, la
Royal Air Force británica metió a 23 gatos (otros hablan de cientos)
en contenedores especiales y los lanzaron en paracaídas sobre la selva.
Imaginen la cara del indígena: primero le hunden el tejado, luego le
matan al gato y, de repente, ve caer cajas maullando desde las nubes
para salvarle de las ratas que los de la bata blanca habían provocado.
¡Ni en un delirio de opio se inventa algo así!
Al
final, los gatos aterrizaron, hicieron su trabajo y el equilibrio
volvió a Borneo. Pero la lección queda escrita en las crónicas de la
infamia: cuando el ser humano toca una sola pieza de la naturaleza sin
entender cómo funciona el conjunto, acaba necesitando que los gatos le
saque las castañas del fuego.
¿Conocías esta "hazaña" de la ingeniería social o se pensaban que las chapuzas internacionales eran un invento moderno?
Los leo en los comentarios. Y si ven a un gato con paracaídas, ya saben quién ha vuelto a meter la pata en un despacho.
De la red.
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