En 1556, el hombre que gobernaba España, el Sacro Imperio Romano Germánico, los Países Bajos, partes de Italia y un Imperio americano en expansión, convocó a su corte en Bruselas. Ante sus principales nobles y consejeros, con lágrimas visibles en el rostro, renunció a todo.
Tenía 56 años. Se retiró al monasterio de Yuste, en Extremadura. Murió allí dos años después.
Bruselas, 25 de octubre de 1556. La ceremonia de abdicación es uno de los momentos más insólitos de la historia europea. Carlos V, el gobernante más poderoso del mundo occidental, se apoya en el hombro del príncipe de Orange para caminar hasta el estrado. Llora abiertamente mientras enumera sus campañas, sus viajes, sus guerras.
Entrega los Países Bajos y España a su hijo Felipe II. El Sacro Imperio pasa a su hermano Fernando. Europa queda dividida. El sueño de Carlos — una cristiandad unificada bajo un solo soberano — no se ha cumplido. Quizás nunca podría haberse cumplido.
Lo que muchos ignoran:
Las razones de la abdicación siguen siendo debatidas por los historiadores. Las explicaciones oficiales — el agotamiento físico, la gota severa que lo dejaba casi inmovilizado — son reales pero parciales. Carlos padecía también una melancolía profunda, lo que hoy llamaríamos depresión grave, que sus médicos documentaron en detalle.
Pero hay otra dimensión: el fracaso. Carlos había dedicado su vida a dos objetivos imposibles — unificar el Imperio y aplastar la Reforma protestante. Lutero había muerto en 1546 sin retractarse. El protestantismo se había extendido por la mitad del Imperio. En Augsburgo, en 1555, el propio Carlos tuvo que aceptar que cada príncipe podía elegir la religión de sus súbditos.
Un año después, abdicó. El hombre que lo había apostado todo a la unidad de la cristiandad tuvo que admitir, en silencio, que había perdido.
¿Sabías que Carlos V fue el único emperador del Sacro Imperio que abdicó voluntariamente?
De la red.
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