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miércoles, 11 de marzo de 2026

NAAMÁN: EL PELIGRO DE DICTARLE A DIOS CÓMO DEBE AYUDARNOS.....

 


NAAMÁN: EL PELIGRO DE DICTARLE A DIOS CÓMO DEBE AYUDARNOS.....
 
Hay veces en las que pedimos desesperadamente un milagro, pero en el fondo, ya hemos escrito el guion de cómo debería ocurrir. Y cuando la respuesta de Dios no se ajusta a nuestras expectativas, en lugar de agradecer, nos ofendemos.
Esta es exactamente la crisis que vivió un hombre llamado Naamán, cuya historia se encuentra en 2 Reyes 5.
Naamán era el comandante del ejército sirio. Un hombre de éxito absoluto. La Biblia lo describe con palabras de alto calibre: era grande, honorable, valiente y victorioso. Ante los ojos del mundo, lo tenía todo. Sin embargo, el texto añade una frase final que derrumba toda su fachada: "...pero era leproso".
Esa era su realidad oculta. Debajo de sus medallas, de su armadura brillante y de sus títulos, Naamán se estaba pudriendo. Era un hombre poderoso en público, pero miserable en privado. Llevaba una carga que ni todo su dinero ni su influencia podían resolver.
LA OFENSA DE LO SIMPLE
Desesperado, Naamán emprende un viaje buscando al profeta Eliseo en Israel. Llevó consigo un cargamento de plata, oro y vestidos de lujo. Iba preparado para comprar su milagro y esperaba ser tratado como la celebridad que era.
Él ya tenía la escena en su cabeza: el profeta saldría a recibirlo, invocaría el nombre de su Dios, movería la mano sobre la herida de forma espectacular y la lepra desaparecería.
Pero cuando Naamán llegó a la puerta de la casa, Eliseo ni siquiera salió a recibirlo. Simplemente le envió un mensajero con una instrucción desconcertante:
"Ve y lávate siete veces en el río Jordán, y tu carne se te restaurará".
Naamán enfureció. Se sintió insultado. Para su ego de general, aquello era una humillación. El Jordán era un río fangoso, sucio y común. Él argumentó que en su tierra había ríos mucho más hermosos y limpios. La instrucción le pareció ridícula, ilógica y por debajo de su nivel. Lleno de rabia, dio media vuelta para irse.
EL PESO DEL ORGULLO
Naamán estuvo a punto de perder su sanidad, no porque Dios no quisiera sanarlo, sino porque a Naamán no le gustó el método.
Su verdadera enfermedad no era solo la lepra; era su necesidad de control. Estaba dispuesto a hacer grandes sacrificios heroicos, estaba dispuesto a pagar fortunas, pero no estaba dispuesto a obedecer una orden simple que lo obligara a humillarse.
Fueron sus propios siervos quienes lo confrontaron con una lógica aplastante: "Si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?".
EL DESCENSO QUE TRAE VIDA
Para recibir su milagro, Naamán tuvo que hacer algo más difícil que ganar una guerra: tuvo que despojarse de su armadura. Tuvo que quitarse los títulos, bajar de su carruaje y meterse en el agua sucia frente a sus soldados. Tuvo que sumergirse una, dos, tres veces... enfrentando la frustración de no ver resultados inmediatos, hasta llegar a la séptima vez.
Y cuando finalmente soltó el control y obedeció a la manera de Dios, la Escritura dice que su carne se volvió como la de un niño.
Y ahí está el mensaje que atraviesa esta historia.
Puede que hoy estés orando por una salida, una sanidad o una respuesta, pero te sientes frustrado porque las cosas no están sucediendo como tú las planeaste.
Puede que el proceso que tienes enfrente te parezca ilógico, incómodo o demasiado simple para ser verdad.
Pero esta historia nos recuerda algo que golpea nuestro ego:
Dios no es un empleado que sigue nuestras instrucciones.
Él no siempre usará los métodos espectaculares que imaginas, ni te dará respuestas que alimenten tu orgullo.
A veces, el milagro que tanto buscas está escondido detrás de la instrucción que te niegas a obedecer, esperando a que decidas quitarte la armadura y confiar en Su manera de hacer las cosas.
 
De la red. 

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