En 1967, Muhammad Ali, ya convertido en campeón mundial de los pesos pesados, se enfrentó a una de las decisiones más difíciles de su vida. Estados Unidos lo llamaba a filas para luchar en la guerra de Vietnam, un conflicto al que muchos jóvenes eran enviados a miles de kilómetros de casa, especialmente aquellos que provenían de comunidades pobres y afroamericanas. Pero Ali no era un hombre común, y tampoco estaba dispuesto a aceptar ciegamente lo que el gobierno le exigía.
Cuando fue presionado para enlistarse, pronunció palabras que siguen retumbando en la memoria histórica:
“No voy a huir. No voy a quemar ninguna bandera. No voy a irme a Canadá. Me quedo aquí mismo. ¿Quieres mandarme a la cárcel? Bien. He estado en la cárcel durante 400 años. Puedo estar 4 o 5 más, pero no voy a viajar 10,000 millas para matar a otros pobres. Tú eres mi enemigo, no los chinos, no el Vietcong, no los japoneses. Tú eres mi oponente cuando quiero libertad, cuando quiero justicia, cuando quiero igualdad.”
Ali señalaba la hipocresía de un país que le pedía arriesgar la vida por la “libertad” en otro continente mientras, en casa, millones de afroamericanos eran víctimas de segregación, discriminación y violencia racial. El campeón del mundo fue despojado de su título, prohibido de pelear durante casi cuatro años y condenado a prisión (aunque nunca cumplió la pena por la apelación). Lo pagó caro. Y aun así, no se retractó.
Muhammad Ali no solo fue un boxeador legendario. Fue un hombre con convicción, capaz de sacrificar títulos, dinero y prestigio con tal de no traicionar sus principios.
De la red.
No hay comentarios:
Publicar un comentario