168 soldados. 80.000 guerreros incas. Y Pizarro conquistó el Imperio más grande de América en dos años.
1532. Francisco Pizarro llega a Cajamarca, en los Andes peruanos. Frente a él, el Inca Atahualpa — el hijo del Sol, el dios viviente de un Imperio que se extiende a lo largo de 4.000 kilómetros de costa, con millones de súbditos, ejércitos poderosos y ciudades de piedra que harían palidecer a muchas capitales europeas.
Pizarro tiene 168 hombres. Caballos. Cañones. Y una audacia que roza la locura.
Invita a Atahualpa a una reunión en la plaza de Cajamarca. El Inca acepta — ¿por qué temer a 168 extranjeros? — y llega con miles de guerreros desarmados como escolta de ceremonia. Cuando un sacerdote español le tiende una Biblia y Atahualpa la lanza al suelo sin interés, Pizarro da la señal.
Los cañones disparan. Los caballos cargan. En menos de dos horas, miles de guerreros incas yacen muertos en la plaza y el Inca más poderoso del mundo es prisionero.
El propio Pizarro terminó asesinado nueve años después por sus propios compañeros de conquista, en una disputa por el reparto del botín.
De la red.
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