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lunes, 30 de marzo de 2026

Hay muertes que no terminan, Che.

 Hay muertes que no terminan en el momento del disparo.

Se transforman.

Se convierten en símbolo.

El 9 de octubre de 1967, en una pequeña escuela de La Higuera, Bolivia, Ernesto “Che” Guevara fue ejecutado tras haber sido capturado el día anterior en la Quebrada del Yuro.

No fue una muerte improvisada.

Fue una decisión.

El gobierno boliviano, encabezado por René Barrientos, enfrentaba algo más que a un prisionero. Tenía bajo custodia a una figura que ya trascendía el campo de batalla. Un juicio público podía convertirlo en algo más peligroso que un combatiente:

un símbolo vivo.

En plena Guerra Fría, el contexto era aún más tenso. Estados Unidos seguía de cerca cada intento de expansión de movimientos revolucionarios en América Latina. La captura del Che no era un hecho aislado. Formaba parte de una estrategia más amplia.

Y su muerte también.

En el terreno, la operación contó con asesoría de inteligencia estadounidense. El agente Félix Rodríguez estuvo presente, interrogó a Guevara y recibió la comunicación final que indicaba su destino.

Pero la orden de ejecución no fue suya.

Fue boliviana.

La decisión vino del alto mando militar.

La ejecución fue rápida.

Definitiva.

El encargado de disparar fue el sargento Mario Terán. Se le ordenó hacerlo de una forma específica: evitar un disparo directo que evidenciara una ejecución. Las heridas debían parecer resultado de combate.

Un detalle que no cambia el fondo.

Solo la forma.

Según los testimonios más difundidos, en sus últimos momentos, Guevara mantuvo la calma. No hubo súplica. No hubo negociación. Solo una frase que quedó grabada en la memoria colectiva:

“Póngase sereno y apunte bien… va usted a matar a un hombre.”

No era una declaración política.

Era una afirmación simple.

Directa.

Humana.

Antes de eso, durante su captura, también había dicho algo revelador:

“Valgo más vivo que muerto.”

Y quizá tenía razón.

Porque su muerte no cerró su historia.

La amplificó.

En cuestión de horas, dejó de ser solo un guerrillero en la selva boliviana para convertirse en una figura global. Para algunos, un símbolo de lucha. Para otros, un actor de una causa controvertida.

Pero en ambos casos, algo es cierto:

su imagen sobrevivió.

Décadas después, sigue generando debate, admiración, rechazo y preguntas.

Porque hay figuras que no pertenecen solo a su tiempo.

Pertenecen a lo que representan.

Y en el caso del Che, su final no fue el cierre de una historia.

Fue el inicio de otra.

Una que aún no termina.

De la red. 

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