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martes, 24 de marzo de 2026

La procrastinación - El tiempo como síntoma del alma.


 La procrastinación suele entenderse de manera superficial como pereza o falta de disciplina. Pero esta explicación es insuficiente. Cuando una conducta se repite de forma persistente, especialmente en contra de la voluntad consciente, debemos sospechar que no estamos ante un simple defecto, sino ante un conflicto psíquico.

Procrastinar no es simplemente “no hacer”. Es no hacer algo específico que, en algún nivel, genera tensión.

Detrás de la procrastinación suele haber una ambivalencia: una parte de la psique quiere avanzar, crear, resolver; otra parte se resiste. Esta resistencia no es irracional. Tiene sentido, aunque no siempre sea evidente de inmediato.

Muchas veces, lo que se evita no es la tarea en sí, sino lo que esa tarea implica.

Puede ser miedo al fracaso.

Pero también, y esto es menos reconocido, miedo al éxito.
Porque avanzar puede implicar cambios, exposición, responsabilidad o pérdida de una identidad conocida.
En otros casos, la procrastinación está vinculada a la perfección. Cuando el ideal es demasiado alto, cualquier acción concreta parece insuficiente. Entonces, en lugar de hacer algo imperfecto, el individuo posterga indefinidamente.

Aquí el problema no es falta de capacidad, sino una exigencia interna que paraliza.

También encontramos la sombra.

Hay partes de la psique que no desean aquello que conscientemente decimos querer. Tal vez una tarea responde a expectativas externas —familiares, sociales, culturales— pero no a una verdad interior. Entonces aparece una resistencia silenciosa.

La procrastinación, en este sentido, puede ser una forma de rebelión inconsciente.

No se dice “no” abiertamente, pero se actúa como si fuera un no.

Existe además una relación profunda entre procrastinación y tiempo.

Quien procrastina vive en una tensión constante entre el presente evitado y el futuro temido. El tiempo deja de ser un flujo natural y se convierte en presión. Cada tarea pendiente acumula carga psíquica.

Y cuanto más se evita, mayor se vuelve esa carga.

Pero aquí es donde puede surgir la comprensión.

La pregunta no es:

“¿Por qué soy así?”

Sino:

“¿Qué estoy evitando realmente?”

Porque cuando se identifica el contenido emocional detrás de la procrastinación, la conducta comienza a perder su carácter compulsivo.

Superar la procrastinación no consiste únicamente en aplicar técnicas de productividad. Eso puede ayudar, pero es superficial si no se aborda la raíz.
El verdadero cambio ocurre cuando:

Se reconoce el miedo o conflicto subyacente
Se reduce la exigencia paralizante

Se distingue entre lo propio y lo impuesto

Se permite la acción imperfecta

La acción, incluso pequeña, rompe el círculo.

La procrastinación no es el problema en sí.
Es un mensaje.
Un síntoma de que algo en la psique no está en acuerdo.
Cuando ese desacuerdo se escucha, en lugar de ser reprimido, la energía bloqueada comienza a liberarse.

Y entonces, lo que antes parecía imposible de iniciar, se vuelve simplemente… el siguiente paso.

De la red. 

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