Salvador Dalí fue el gran showman del arte del siglo veinte.
Mientras otros pintaban paisajes, él pintaba lo que ocurría dentro de nuestros sueños más extraños. Su cuadro más famoso, el de los relojes blandos que se derriten, no nació de una profunda reflexión filosófica, sino de ver un queso Camembert derritiéndose al sol un día de calor.
Esa era su magia: convertir lo absurdo en obra maestra.
Vivía para provocar, paseando osos hormigueros por el metro de París o dando conferencias vestido de buzo porque decía que bajaba a las profundidades del subconsciente.
Pero detrás del personaje excéntrico y el bigote, había una técnica perfecta y una disciplina férrea.
Utilizaba su método paranoico-crítico para conectar cosas que no tenían nada que ver y crear imágenes dobles que engañaban al ojo.
Nos enseñó que la realidad es mucho más flexible de lo que creemos.
De la red.
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