Bienvenidos al estrecho de Ormuz, el lugar donde la geografía se puso cruel y la historia lleva siglos dándonos lecciones que nadie aprende. Sí, sí... siglos.
Antes de entrar en faena, aclaremos el nombre. Los anglosajones lo llaman Hormuz, pero nosotros tenemos nuestra propia tradición: Ormuz, como lo llamó el portugués Camões. El nombre viene del persa Hur-mogh, que significa palmera datilera. Aunque hay quien sostiene que viene de Hormoz, variante del dios persa Ahura Mazda, la divinidad del bien en el zoroastrismo. Que el punto más conflictivo del mundo lleve el nombre del dios del bien tiene su ironía.
El estrecho de Ormuz no es un invento moderno del petróleo. En el siglo I de nuestra era, un comerciante griego anónimo escribió el “Periplo del Mar Eritreo”, una especie de guía de viajes del mundo antiguo, y ya mencionaba este paso como ruta clave para el comercio de perlas. Las perlas. Porque antes de que nadie soñara con el crudo, por aquí pasaban perlas, especias, caballos persas para los ejércitos de la India, sedas, tapices y lo que se terciara. El primer padishá del Imperio mogol, Babur, dejó escrito en sus memorias que las almendras de su tierra natal en Asia Central —hoy Uzbekistán— tenían que llegar a Ormuz para poder alcanzar los mercados. Pensad un momento en eso: almendras viajando miles de kilómetros para pasar por este cuello de botella. La globalización no la inventó Jeff Bezos; la inventaron unos mercaderes anónimos que sabían perfectamente dónde estaba el poder.
La isla de Ormuz —el islote que dio nombre al estrecho— es un desierto absoluto. No tiene agua dulce. No tiene vegetación. No tiene nada de lo que normalmente necesita una civilización para prosperar. Es, geológicamente hablando, una rareza del planeta: una cúpula de sal que emerge del Golfo Pérsico, con suelos de colores alucinantes —rojos, amarillos, naranjas— por culpa del óxido de hierro y los minerales volcánicos. La isla parece pintada por un artista chiflado. Y, sin embargo, sobre este trozo de roca multicolor y sin agua se levantó uno de los centros comerciales más ricos del mundo medieval. Un cronista portugués, João de Barros, lo describió con una frase que todavía pone los pelos de punta: “El mundo es un anillo, y Ormuz su piedra preciosa”.
En 1507, un portugués llamado Afonso de Albuquerque (con todos estos sobrenombres «El Grande», «César del Oriente», «León de los Mares» o «El Terrible») apareció frente al puerto de Ormuz con siete barcos y quinientos hombres. Los señores del Reino de Oro se rieron. Su flota triplicaba en número a la del portugués. Sus palacios tenían tejados bañados en oro. ¿Qué pretendía aquel ridículo europeo?
Pretendía cambiar la historia del mundo. Albuquerque era el tipo de hombre que piensa en sistemas cuando los demás piensan en batallas. Convenció a su rey, Manuel I el Afortunado, de una idea radicalmente nueva: Portugal, un país pequeño en el extremo occidental de Europa, no necesitaba conquistar imperios inmensos. Solo necesitaba controlar tres llaves geopolíticas. Tres puntos de estrangulamiento del comercio mundial. Si tenías esas tres llaves —Aden en el Mar Rojo, Malaca en el sudeste asiático y Ormuz en el Golfo Pérsico— controlabas el flujo de riqueza del mundo entero.
El primer intento fue en 1507. La consolidación definitiva, en 1515, cuando Albuquerque regresó como gobernador de la India con más recursos y menos paciencia. Para entonces ya había conquistado Goa y Malaca. Le quedaba la tercera llave. Albuquerque se enteró de que el joven rey de Ormuz vivía aterrorizado bajo la influencia de un visir persa llamado Reis Hamed. El portugués solicitó una audiencia con ambos. Cuando el visir se presentó, los hombres de Albuquerque lo apuñalaron en el acto. El rey, despavorido, se rindió sin resistencia. Albuquerque era un estratega, pero también sabía que a veces la diplomacia consiste en llegar con cuchillo. Los portugueses mantuvieron el control de Ormuz durante 115 años. Levantaron una fortaleza —Nuestra Señora de la Concepción— cuyas ruinas rojizas siguen en pie hoy.
En 1622, una alianza entre los persas del Sha Abás I y los ingleses —que olían el negocio desde lejos— expulsó a los portugueses. Lo curioso: en cuanto se fueron, la isla perdió toda su importancia. Sin el monopolio portugués que la mantenía como nodo comercial, volvió a ser lo que era: un desierto de sal en medio del golfo.
El petróleo convirtió el Golfo Pérsico en el lugar más codiciado del planeta y a Ormuz en su único guardián. De repente, lo que antes era perlas y especias eran millones de barriles de crudo al día. Los números son obscenos. Por este estrecho de unos 34 Km en su parte más angosta pasan (pasaban) en torno a 20% del petróleo que se comercia globalmente. En realidad, tampoco es esa distancia, porque la anchura de las rutas de envío son más estrechas: unos 3 kilómetros de ancho para el tráfico de entrada y otros 3 para la salida, separados por una zona de seguridad de otros 3. Si algo falla, si alguien pone una mina, si alguien decide que hoy no, el planeta tiembla.
He aquí otra rareza que casi nadie explica. En 1959, Irán expandió su mar territorial a 12 millas náuticas. En 1972, Omán hizo lo mismo. Resultado matemático: el estrecho quedó completamente cubierto por aguas territoriales de ambos países. No existe ni un metro cuadrado de agua internacional en Ormuz. Esto significa que técnicamente todo barco que cruza Ormuz está cruzando aguas soberanas de Irán o de Omán.
Y el derecho internacional exige que los barcos extranjeros pidan permiso o se atengan a las normas del “paso inocente”. Irán ha usado este argumento jurídico cada vez que le ha convenido, reclamando que puede regular el tráfico en sus propias aguas. La respuesta occidental, invocar la Convención del Mar de la ONU, que establece el “derecho de paso en tránsito” por estrechos internacionales. El problema es que Irán no ratificó esa parte de la convención. Así que cada vez que pasa un petrolero, en teoría está resolviendo un conflicto jurídico no resuelto entre soberanía nacional y libertad de navegación.
Entre 1984 y 1988, mientras Irán e Irak se destrozaban mutuamente en tierra, ambos decidieron que lo más lógico era también destruirse el comercio marítimo del otro. Y de paso, el de cualquiera que pasara cerca. Más de 400 barcos fueron atacados o destruidos en el Golfo durante ese periodo. Las minas navales proliferaban como setas después de la lluvia. Los petroleros neutrales de Kuwait, Arabia Saudí y otros países recibían misiles por el simple delito de navegar por la zona.
Los productores de petróleo del Golfo llevan décadas intentando construir una salida de emergencia por si Ormuz se cierra algún día. Arabia Saudí tiene el oleoducto Este-Oeste —el Petroline— con capacidad para cinco millones de barriles diarios hacia el Mar Rojo. Los Emiratos completaron en 2012 el oleoducto Habshan-Fujairah, que saca 1,5 millones de barriles al día directamente al Golfo de Omán, evitando el estrecho. El problema es que por Ormuz pasan 20 millones de barriles diarios. Los oleoductos alternativos, sumados, no llegan ni a la mitad. Si el estrecho se cierra de verdad y durante tiempo, no hay plan B que valga.
La historia del estrecho de Ormuz es la historia de la humanidad en sus peores días: todos saben que hay un punto donde el mundo es vulnerable, y todos aspiran a controlarlo o amenazar con controlarlo. Los mercaderes de la Antigüedad lo sabían cuando metían perlas y especias en sus embarcaciones de vela ligeras. Alfonso de Albuquerque lo sabía cuando se plantó con naos y carabelas. Los capitanes de los petroleros lo saben cuando navegan por aguas técnicamente soberanas del país del regímen teocrático de los ayatolás. Irán lo sabe, que para eso lleva décadas preparando misiles antibuque, lanchas rápidas y minas navales.
De la red.
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