A lo largo de la historia, casi todas las civilizaciones imaginaron una figura divina situada por encima de las demás: el dios supremo, el gobernante del cielo, del destino o del orden del universo.
En la mitología griega, Zeus dominaba el rayo y gobernaba desde el Olimpo tras derrotar a Cronos, imponiendo un nuevo orden entre dioses y hombres.
Para los romanos, Júpiter no solo representaba el poder celestial, sino también la autoridad política de Roma: juramentos, guerras y decisiones del Estado quedaban bajo su protección.
En el norte de Europa, Odín no era solo rey, sino un buscador obsesivo del conocimiento: sacrificó un ojo para comprender secretos que ni otros dioses podían ver.
En Egipto, Ra simbolizaba el ciclo eterno de la vida: cada amanecer era visto como su victoria diaria sobre las fuerzas del caos.
En Babilonia, Marduk alcanzó supremacía tras derrotar a Tiamat, monstruo primordial del caos, convirtiéndose en símbolo del orden imperial.
En la tradición hindú, Indra fue durante siglos el gran señor del cielo, temido por su poder sobre tormentas y relámpagos.
Entre los mexicas, Huitzilopochtli era el motor del sol y la guerra: su fuerza explicaba el movimiento diario del universo.
Los mayas situaban a Itzamná como fuente de sabiduría, escritura y conocimiento sagrado.
En el mundo andino, Viracocha fue considerado el creador de los hombres, del sol y de la civilización.
Y en la antigua tradición eslava, Perun representaba la fuerza del trueno y el poder guerrero.
Cada cultura creó a su dios supremo a su propia imagen: algunos fueron sabios, otros guerreros, otros creadores… pero todos reflejaban aquello que cada civilización temía, admiraba o necesitaba explicar.
De la red.
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