Él no sabía leer ni escribir, y aún así cambió para siempre el destino de su pueblo.
A principios del siglo XIX, la nación Cheroqui transmitía de generación en generación su historia únicamente a través de la memoria oral. Por otro lado, Sequoyah, un integrante de la tribu, observaba con fascinación cómo los colonos utilizaban lo que él llamaba "hojas hablantes", eran papeles con signos misteriosos para él, pero que eran capaces de guardar el conocimiento en el tiempo. Se trataba de los libros y memorias.
En ese momento comprendió que, si no hacían lo mismo, los siglos de sabiduría cheroqui desaparecerían para siempre. Así que decidió crear un sistema para su propia lengua. Cuando compartió su idea, la comunidad consideró absurdo que un analfabeto intentara crear un alfabeto.
Ante esto, lo llamaron loco, sus amigos se burlaron de él y su esposa quemó sus primeros manuscritos creyendo que perdía el tiempo.
Pero no se rindió.
Durante doce años, trabajó en absoluta soledad y tras múltiples fracasos, descubrió un secreto, y es que no necesitaba dibujar palabras enteras, sino representar los sonidos de su idioma.
Con este principio diseñó 85 símbolos, uno para cada sílaba y para demostrar su creación, convocó a los líderes de la tribu. Los jefes le dictaron mensajes en secreto y segundos después, la hija de Sequoyah, ubicada en otra habitación, leyó los textos en voz alta sin cometer un solo error.
El silencio se convirtió en asombro absoluto, el sistema funcionaba a la perfección.
En cuestión de meses, miles de cheroquis aprendieron a leer y escribir, redactaron cartas, leyes y memorias. Años más tarde, durante el exilio masivo conocido como el Sendero de las Lágrimas, la tribu perdió sus tierras, sus hogares y a miles de sus habitantes. Sin embargo, su identidad sobrevivió.
Sequoyah no solo inventó un sistema de escritura, tambien inventó un escudo contra el olvido y convirtió la palabra en el mayor acto de resistencia de su pueblo.
Fuentes en Archivos históricos de la Nación Cheroqui (Cherokee Nation).
De la red.
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