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lunes, 30 de marzo de 2026

BELCEBÚ VS BAFOMET

BELCEBÚ VS BAFOMET
O por qué llevas toda la vida eligiendo entre demonios sin saberlo
Publicado el 19 de marzo — Festividad de San José, Patrono de la Iglesia Universal

Para José de Nazaret, que nunca eligió el camino fácil. Que cuando el mundo le presentó dos opciones, encontró una tercera. Que protegió lo sagrado cuando nadie más lo vio.
Este artículo va dedicado a él.

Hay una pregunta que nadie te hace en la escuela, en la universidad, ni en ningún debate político que hayas visto en tu vida.
No te la hace la televisión. No te la hace tu partido favorito. No te la hace el influencer de economía que tanto admiras.
La pregunta es esta:
¿Y si las dos opciones que te ofrecen son igualmente malas?
No "malas" como imperfectas. No "malas" como mejorables. Malas como en: construidas sobre mentiras fundamentales sobre lo que es el ser humano. Malas como en: incapaces, por diseño, de producir una sociedad verdaderamente justa. Malas como en: demonios con distintos disfraces.
Bienvenido al artículo que ningún medio de comunicación convencional publicaría.

El juego que te enseñaron a jugar
Desde que tienes memoria, el mundo te presentó un menú de dos platillos.
Izquierda o derecha. Capitalismo o socialismo. Mercado libre o Estado planificador. Individualismo o colectivismo. CNN o Fox News. Progresismo o conservadurismo.
Y la regla implícita, la que nunca se dice pero todos entienden, es esta: tienes que elegir uno. Si no eliges, no existes políticamente. Eres un ingenuo. Un tibio. Un cobarde que no quiere comprometerse.
Lo más perverso del juego no es que las opciones sean malas.
Lo más perverso es que el juego mismo está diseñado para que nunca cuestiones las opciones.
Para que toda tu energía intelectual y emocional se vaya en defender tu bando y atacar al otro. Para que nunca levantes la vista y preguntes: espera, ¿quién diseñó este tablero? ¿Y por qué solo hay dos casillas?
Hoy levantamos la vista.

Belcebú tiene nombre: se llama Mercado
Seamos justos. El capitalismo tiene cosas buenas. La propiedad privada es legítima. El comercio puede ser virtuoso. La iniciativa emprendedora puede ser extraordinariamente fecunda.
El problema no es el mercado. El problema es cuando el mercado se convierte en religión.
Y cuando eso pasa, el catecismo es más o menos así:
El mercado libre resolverá todos los problemas. La mano invisible es infalible. Todo lo que es legal y rentable está moralmente permitido. El valor de una persona se mide por su productividad. Los que fracasan en el mercado simplemente no se esforzaron lo suficiente.
¿Reconoces ese catecismo? Está en todas partes. En los podcasts de finanzas personales. En los discursos de políticos de derecha. En la cultura del "hustle" que glorifica trabajar dieciséis horas diarias como si fuera virtud heroica.
Y lleva a conclusiones brutales si lo sigues hasta el final:
El anciano que ya no produce tiene valor reducido. El enfermo crónico es una carga. El discapacitado es ineficiente. El pobre es pobre porque quiso serlo.
Margaret Thatcher lo dijo sin anestesia: "No existe tal cosa como la sociedad. Solo hay individuos y familias."
Es una frase que suena a libertad. Pero en realidad es una declaración teológicamente devastadora. Niega que somos seres relacionales, creados para la comunidad. Niega que tenemos obligaciones hacia los demás que no elegimos. Niega que existe algo llamado bien común que trasciende la suma de intereses individuales.
Cristo fue directo: "No podéis servir a Dios y a las riquezas."
El capitalismo sin límites morales lleva dos siglos demostrando que eligió las riquezas.
Eso es Belcebú. El señor de las moscas. El que ofrece todos los reinos del mundo a cambio de una sola cosa: que le adores.

Bafomet también tiene nombre: se llama Estado
La izquierda vio los horrores del capitalismo industrial. Los niños en las minas. Las jornadas de dieciséis horas. Los salarios de miseria. La acumulación obscena en manos de unos pocos mientras millones morían de hambre.
Y dijo: hay que cambiar todo esto.
En eso tenía razón.
El error fue el diagnóstico. Y el remedio.
Si el problema es que el mercado no tiene límites, la solución no es eliminar el mercado y reemplazarlo con un Estado que tampoco tiene límites.
Pero eso fue exactamente lo que propuso el marxismo. Y lo que construyeron todos los regímenes que lo implementaron.
El individuo no tiene dignidad anterior al Estado. Existe solo como parte del colectivo. Sus derechos no son naturales — son concesiones del poder. Y lo que el poder concede, el poder puede revocar.
"La religión es el opio del pueblo" — no es solo una crítica a instituciones corruptas. Es una negación metafísica completa. Dice: no existe dimensión espiritual. No hay alma. No hay trascendencia. El ser humano es materia que piensa, nada más.
Y cuando reduces al ser humano a materia... cuando le quitas la dignidad que viene de ser imagen de Dios... has abierto la puerta a algo terrible.
Si no somos más que animales evolucionados, ¿por qué no sacrificar a algunos por el bien de la manada?
La historia respondió esa pregunta. Con campos de concentración. Con purgas. Con hambrunas artificiales. Con decenas de millones de muertos.
No fue accidente. Fue la lógica del sistema llevada hasta sus consecuencias naturales.
Eso es Bafomet. El ídolo de las revoluciones que promete paraíso terrenal. A cambio de una sola cosa: que renuncies a tu libertad, tu dignidad, tu alma.

La trampa perfecta
Aquí está el movimiento maestro del engaño.
Ambos sistemas — el capitalismo radical y el socialismo totalitario — comparten el mismo error de base. Son igualmente materialistas. Igualmente utópicos. Igualmente ciegos al pecado original.
El capitalismo dice: el sistema correcto creará prosperidad para todos. El socialismo dice: el sistema correcto creará igualdad para todos. Los dos mienten. Los dos asumen que si arreglas las estructuras externas, arreglas al ser humano. Los dos ignoran que el problema está adentro.
Y los dos te instrumentalizan. El capitalismo te usa como consumidor y productor. El socialismo te usa como engranaje del Estado. En ninguno de los dos eres un fin en ti mismo. Siempre eres un medio.
Pero la trampa perfecta es esta: te hacen creer que debes elegir entre ellos.
Si criticas el capitalismo, eres comunista.
Si criticas el socialismo, eres fascista.
Es una jaula intelectual. Construida para que nunca explores la salida que existe. La salida que, curiosamente, ambos sistemas temen y odian por igual.

Lo que José nos enseña hoy
Hoy es 19 de marzo. Festividad de San José.
Y hay algo en la figura de José que es perfectamente subversivo para lo que estamos hablando.
José vivió en un mundo de opciones binarias brutales. Encontró a María embarazada. La ley decía una cosa. La costumbre decía otra. El qué dirán decía lo de siempre. Y la lógica del mundo le presentó exactamente dos caminos, ambos malos.
José encontró un tercero.
No porque fuera ingenuo. No porque se negara a ver la realidad. Sino porque escuchó una voz que el ruido del mundo no le dejaba oír. Porque tuvo la valentía de actuar sobre lo que esa voz le dijo, aunque nadie más lo entendiera. Aunque lo hiciera quedar como un tonto ante los ojos de todos.
José protegió lo sagrado cuando nadie más lo reconoció.
Ese es exactamente el coraje que se necesita hoy.
Porque existe una tercera vía. Lleva más de cien años esperando que alguien le preste atención.

La tercera vía que ambos demonios temen
Se llama la Doctrina Social de la Iglesia.
No es ideología de derecha con barniz religioso. No es ideología de izquierda con barniz religioso. Es algo cualitativamente diferente, construido sobre una pregunta que ninguna ideología moderna se hace honestamente:
¿Qué es el ser humano?
Y su respuesta cambia todo.
El ser humano es imagen y semejanza de Dios. Tiene dignidad inalienable que no depende de su productividad, su utilidad, su clase social o su contribución al colectivo. Es un ser relacional, creado para la comunidad, pero irreductible a ella. Tiene dimensión material y espiritual. Tiene libertad real. Y tiene un destino que trasciende cualquier sistema político o económico.
De esa antropología brotan principios que no caben en el espectro izquierda-derecha:
Dignidad humana. Cada persona vale infinitamente, siempre, sin condiciones. El anciano improductivo. El niño por nacer. El migrante sin papeles. El preso. El adicto. Todos. Sin excepción.
Bien común. Existe algo que trasciende tanto los intereses individuales como los del Estado. Una sociedad justa no es aquella donde cada uno maximiza su ganancia, ni aquella donde el Estado maximiza su control. Es aquella donde todos pueden florecer.
Subsidiaridad. Las decisiones deben tomarse al nivel más cercano posible a las personas afectadas. El Estado no debe hacer lo que la familia puede hacer. La nación no debe hacer lo que la comunidad local puede hacer. Esto no es anarquismo — es reconocer que el poder centralizado tiende a corromper y a deshumanizar.
Solidaridad. No somos átomos aislados. Somos hermanos. Y esa fraternidad tiene consecuencias económicas, políticas y sociales concretas.
Opción preferencial por los pobres. Una sociedad se juzga por cómo trata a sus más vulnerables. No como problema a resolver con tecnocracia. No como masa a adoctrinar con ideología. Como hermanos con dignidad especial ante los ojos de Dios.
La derecha odia todo esto porque exige límites reales a la acumulación, defiende al trabajador y pone a los pobres por encima de las ganancias.
La izquierda lo odia porque defiende la propiedad privada, rechaza el estatismo, insiste en la libertad religiosa y condena el ateísmo materialista.
Ambos lo ignoran. Ambos lo temen. Porque si la gente lo entendiera de verdad, el juego binario se acabaría.

El costo de la tercera vía
Seré honesto contigo. Elegir esta vía tiene un precio.
No tendrás tribu política cómoda. No podrás ponerte la camiseta de ningún equipo y desconectar el cerebro. Estarás incómodo en todos los espacios políticos modernos, porque todos esos espacios están construidos sobre la falsa dicotomía que la Doctrina Social desmantela.
Los de derecha te llamarán comunista.
Los de izquierda te llamarán fascista.
Algunos te llamarán ingenuo.
Otros te llamarán arrogante.
Pero tendrás algo que ninguna ideología puede darte.
Coherencia moral. Una visión del ser humano que no requiere ignorar partes incómodas de la realidad. Un camino que no te pide sacrificar la verdad en el altar de la conveniencia política.
José de Nazaret también pagó un precio. Nadie entendió sus decisiones. Nadie escribió libros sobre su sabiduría durante su vida. Vivió en la oscuridad y el silencio, haciendo lo correcto sin reconocimiento, sin audiencia, sin aplausos.
Y protegió al Salvador del mundo.
A veces las decisiones más importantes se toman así. En silencio. Contra la corriente. Sin que nadie lo entienda todavía.

La elección
Más de cien años de Doctrina Social de la Iglesia. Decenas de documentos papales. Pensamiento desarrollado por algunas de las mentes más brillantes de la historia.
Todo ignorado porque no cabe en las categorías que nos impusieron.
Pero está ahí. Esperando. Como José esperó. Con paciencia, con firmeza, con la certeza silenciosa de quien sabe que lo sagrado vale la pena proteger aunque nadie más lo vea todavía.
La elección es tuya.
Belcebú o Bafomet. Mercado-dios o Estado-dios. Derecha o izquierda.
O Cristo.
Elige sabiamente.
Porque elegir entre demonios, al final del día, sigue siendo elegir demonio.

Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1244352594568964&set=a.482701794067385

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