Nos vamos a 1077, y allí tenemos a Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, rey de Inglaterra y el regente más temido de Europa, cuando de repente... una simple meada familiar lo pone todo patas arriba. Una broma entre hermanos con un orinal -eso sí, lleno hasta los topes- está a punto de partir en dos el imperio.
El protagonista es Roberto Curthose (o “Pantalones cortos”, porque el mote le venía de las piernas regordetas). El hijo mayor de Guillermo, un veinteañero, ambicioso y valiente en el campo de batalla, pero con un ego desmedido. Llevaba tiempo tocando las narices a su padre pidiendo más poder, más tierras, más “yo soy el heredero, coño”. Guillermo, que no era hombre de andarse con chiquitas, le decía que no. Y punto.
Pues bien, una noche, en la que Roberto estaba con sus amigotes jugando a los dados y echando unos tragos, a sus hermanos pequeños Guillermo "Rufo" (el pelirrojo cabroncete) y Enrique (un mocoso de 9 años que ya apuntaba maneras) no se les ocurrió otra cosa que coger el orinal del servicio y… ¡zas! Desde el piso de arriba, vaciaron el contenido sobre la cabeza de Roberto y sus colegas. Meados, mierda y lo que el cuerpo humano expulsa después de una cena copiosa. ¡Todo encima!
Los amigos de Roberto, furiosos con aquella escatológica trastada, le calentaron la cabeza: “¿Vas a aguantar esta humillación? ¡Tus hermanos nos han meado encima! ¡Si no haces algo, serás el hazmerreír de la Corte!” Roberto, rabioso por la afrenta sufrida delante de sus amigos, se lía a guantazos con sus hermanos y a perseguirlos gritando como un poseso. Y se monta tal pitote que aparece por allí el padre, Guillermo el Conquistador en persona, y con su autoridad real para el follón. “¡Basta ya, panda de idiotas!”
¿Y sabéis lo peor? Que los críos se quedaron sin castigo. Ni un cachete. Ni un “a la cama sin postre”. Nada. Roberto se sintió doblemente humillado: primero meado… y luego ninguneado. Al día siguiente, él, muy digno, reunió a sus fieles, entre los que lógicamente esteban los colegas de la meada, y se plantó a las puertas del castillo de Rémalard. Rebelión pura y dura contra su propio padre.
El asedio sale como el culo, pero Roberto huye como alma que lleva el diablo y se refugia con nobles cabreados. Empieza una guerra civil en Normandía que dura años. Guillermo tiene que luchar contra su propio hijo, los barones se dividen, Francia se mete por medio… y todo porque dos niñatos decidieron vaciar un orinal.
¿Resultado final? Guillermo muere en 1087 dejando Normandía a Roberto (para quitárselo de encima) e Inglaterra a Guillermo II (el Rufo). Pero la cosa no acaba ahí. Roberto se va de Cruzada (porque era valiente, el tío), vuelve, y su hermano pequeño Enrique le calienta el morro en la batalla de Tinchebrai (1106) y se convierte en el nuevo duque de Normandía (y en 1100, a la muerte de su hermano, Enrique I de Inglaterra). Roberto acaba preso 28 años en un castillo inglés, ciego y olvidado. El imperio que su padre conquistó con sangre se lo reparten los que le mearon encima.
Ya veis, una simple broma de retrete, un ego herido y… ¡adiós Normandía, adiós sueños de gloria! La Historia está llena de cagadas monumentales, pero esta es literal: la meada que cambió el mapa de Europa.
De la red.
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