En el siglo XIX, el ocultista francés Eliphas Lévi intentó hacer algo que pocos se atrevían: representar gráficamente la dualidad del universo. No buscaba crear un demonio… sino un equilibrio. En su obra, tomó elementos opuestos —lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, lo espiritual y lo material— y los fusionó en una sola figura simbólica. Así nació el famoso Baphomet.
Sin embargo, lo que Lévi veía como una alegoría filosófica profunda, el mundo lo interpretó de otra forma. La figura —con cabeza de cabra, alas, y símbolos esotéricos— fue rápidamente asociada con el diablo, el satanismo y lo prohibido. La intención original se perdió entre el miedo, la ignorancia y la necesidad social de etiquetar todo lo desconocido como maligno.
El dibujo de Baphomet no era una invocación, sino una advertencia: el ser humano vive dividido entre extremos que rara vez logra comprender. Pero la historia demuestra algo más poderoso: no importa tanto lo que se crea, sino cómo se percibe. Y en este caso, la percepción condenó al símbolo.
Así, lo que nació como una representación de equilibrio terminó marcado como un ícono maldito. Una prueba más de que, cuando la simbología se mezcla con creencias arraigadas, el resultado no es comprensión… sino temor.
De la red.
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