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domingo, 29 de marzo de 2026

El primer acto de corrupción

 El primer acto de corrupción de un funcionario es aceptar un cargo para el que no está preparado.

Aceptar un cargo sin estar preparado no es un detalle menor, es el inicio de una cadena que afecta mucho más de lo que parece. Puede comenzar con una decisión silenciosa, casi invisible, pero sus consecuencias se expanden con el tiempo, tocando vidas, oportunidades y confianza.

No se trata solo de ocupar un puesto, sino de la responsabilidad que implica. Cuando alguien asume un rol sin la preparación necesaria, no solo se arriesga a fallar, también pone en juego el trabajo de otros, los recursos que se le confían y la credibilidad de todo un sistema.

A veces se justifica con confianza, con buenas intenciones o con la idea de aprender en el camino. Sin embargo, hay posiciones donde improvisar cuesta caro. Donde cada error deja huella y cada decisión mal tomada tiene un impacto que no siempre se puede revertir.

La preparación no garantiza perfección, pero reduce el daño y amplía las posibilidades de hacer bien las cosas. Formarse, reconocer límites y rodearse de personas capaces no es debilidad, es respeto por la función que se ejerce y por quienes dependen de ella.

Porque el verdadero compromiso no empieza cuando se tiene el poder, sino antes, cuando se decide si se está listo para asumirlo con conciencia. Ahí es donde se marca la diferencia entre servir con responsabilidad o fallar desde el principio.

 Elegir bien no es solo una cuestión personal, también es un acto que protege a otros. Prepararse, estudiar y crecer antes de aceptar un cargo no es retraso, es responsabilidad. Y esa decisión, aunque no siempre se vea, construye confianza real y deja una huella que sí vale la pena.

Al final, lo importante no es el título que se obtiene, sino la capacidad con la que se honra y el impacto que se deja en los demás...

De la red.
 

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