No fue un milagro… fue un acto brutal.
El momento en que la espada de Perseo atravesó el destino de Medusa no solo marcó el fin de un monstruo… sino el inicio de algo aún más perturbador.
De su cuello cercenado…
de la sangre aún caliente…
de un cuerpo que acababa de caer sin vida…
algo emergió, un ser imposible,
majestuoso… pero nacido del horror.
Pegaso, un caballo alado que no debía existir… creado en el instante más oscuro. No vino solo, a su lado surgió Crisaor, su hermano, ambos hijos de Poseidón… el dios que selló el destino de Medusa mucho antes de su muerte.
Pero Pegaso no pertenecía a este mundo, sin mirar atrás, alzó el vuelo… abandonando la escena sangrienta que le dio origen, como si huyera de su propia creación, llegó al Olimpo,
y ahí… fue elegido.
Zeus lo convirtió en portador del rayo y el trueno… transformando a una criatura nacida del caos en un símbolo de poder divino.
Pero hay algo que pocos se atreven a decir…
Las criaturas que nacen de la sangre…
jamás olvidan de dónde vienen.
De la red.
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