¿Y si te dijera que un hombre...
fue el último jugador activo de la NBA que nació en los años 50...
y terminó siendo el puente viviente entre el baloncesto antiguo y el moderno?
No fue una estrella fugaz.
Fue un faro permanente.
Fue Kareem Abdul-Jabbar.
Nació en 1947 como Lew Alcindor.
Harlem, Nueva York.
2,08 metros a los 13 años.
Una maldición antes de ser una bendición.
En la escuela secundaria Power Memorial...
su equipo tuvo un récord de 95-6.
Ganó 71 partidos seguidos.
Pero odiaba su altura.
Odiaba ser diferente.
Odiaba las miradas.
"Aprendí a caminar encorvado", decía.
"Para no destacar tanto."
En la Universidad de UCLA...
bajo John Wooden...
se convirtió en leyenda.
Tres campeonatos nacionales.
Solo perdió dos partidos en tres años.
Pero no era feliz.
"No podía salir. No podía tener una vida normal.
Era el tipo alto. Eso era todo."
La NCAA prohibió la volcada.
La "Regla Alcindor".
Porque era demasiado dominante.
Demasiado bueno.
Los Milwaukee Bucks lo seleccionan como primera elección del draft.
Junto a Oscar Robertson.
En su segunda temporada, ganan el campeonato.
Kareem, MVP de las Finales a los 23 años.
Pero algo cambiaba dentro de él.
Estudiaba el islam.
Leía sobre derechos civiles.
Se cambió el nombre a Kareem Abdul-Jabbar.
"Siervo noble del Poderoso."
La prensa lo llamó arrogante.
Los fanáticos lo llamaron difícil.
"¿Por qué no puede ser como los demás?", preguntaban.
Porque no era como los demás.
Nunca lo sería.
Es traspasado a Los Angeles Lakers.
La transición fue difícil.
De Milwaukee tranquilo a Hollywood brillante.
De anónimo a centro de atención.
Pero tenía su arma secreta:
El skyhook.
No era nuevo.
Pero nadie lo había perfeccionado como él.
Un gancho de un brazo, lanzado desde lo más alto.
Imparable.
Inbloqueable.
Perfecto.
"Cuando lanzaba el skyhook", decían los defensores,
"no había nada que hacer.
Solo rezar."
Magic Johnson llega a los Lakers.
Showtime comienza.
Y Kareem, el hombre serio, el intelectual...
tiene que aprender a sonreír.
Aprendió.
A regañadientes.
Pero aprendió.
Cinco campeonatos con los Lakers.
Seis MVP.
El máximo anotador en la historia de la NBA.
38.387 puntos.
Un récord que duró 39 años.
Pero sus números no cuentan la historia completa.
Cuentan que jugó 20 temporadas.
Pero no cuentan que jugó con migrañas debilitantes.
Que sufría de vértigo durante los partidos.
Que a veces tenía que pedir que bajaran las luces.
Cuentan que ganó seis campeonatos.
Pero no cuentan que fue abucheado en Boston por su activismo.
Que recibió amenazas de muerte por cambiar su nombre.
Que luchó contra la depresión en medio de la fama.
Finales.
Lakers contra Celtics.
Kareem tiene 38 años.
"Demasiado viejo", dicen los periódicos.
"Se acabó."
En el Juego 1, los Celtics lo humillan.
Solo anota 12 puntos.
Pierden por 34.
En el Juego 2, responde.
30 puntos, 17 rebotes, 8 asistencias.
Ganan.
Los Lakers ganan la serie en 6 juegos.
Kareem, MVP de las Finales a los 38 años.
El más viejo en lograrlo.
Su última temporada.
42 años.
Aún promedia 10 puntos por partido.
Aún da lecciones a niños de 20 años.
Su último partido.
Los Lakers pierden en las Finales contra los Pistons.
Pero el público no llora por la derrota.
Llora porque Kareem se va.
Cuando se retira...
es el máximo anotador.
El que más partidos jugó.
El que más minutos jugó.
El que más tiros de campo anotó.
Pero también es algo más:
Es un escritor.
Un historiador.
Un activista.
Un intelectual en un mundo que prefería atletas sonrientes.
Durante años después de retirarse...
la NBA casi lo ignora.
No lo invitaban a eventos.
No lo celebraban como a otras leyendas.
"Era demasiado intelectual", dicen algunos.
"Demasiado honesto."
Pero Kareem siguió escribiendo.
Siguió hablando.
Sobre racismo.
Sobre historia negra.
Sobre Islam.
Con una voz clara en un mundo ruidoso.
Poco a poco...
el mundo empezó a entender.
A apreciar.
A respetar.
Hoy, a los 77 años...
Kareem Abdul-Jabbar es más que una leyenda del baloncesto.
Es un tesoro nacional.
Un sabio.
Un hombre que vivió varias vidas en una.
Nos enseñó que un atleta puede ser más que un atleta.
Que puedes anotar 38.000 puntos...
y todavía tener cosas más importantes que decir.
Que puedes ser el más dominante...
y todavía ser humilde.
Que puedes cambiar tu nombre...
y tu religión...
y tu identidad...
y seguir siendo esencialmente tú.
Cuando vemos sus fotos...
alto, serio, con gafas...
recordemos:
Ese no es solo el máximo anotador.
Ese es el hombre que demostró que los atletas pueden pensar.
Que pueden tener principios.
Que pueden evolucionar.
El skyhook era imparable.
Pero su mente era invencible.
Y su legado...
ese legado tranquilo, constante, inteligente...
es quizás más importante que todos sus puntos juntos.
Porque los puntos se olvidan.
Los campeonatos se olvidan.
Pero la integridad...
la inteligencia...
el carácter...
Eso permanece.
Eso inspira.
Eso trasciende.
Kareem Abdul-Jabbar no fue solo un gran jugador.
Fue un gran hombre.
Y en un mundo que necesita héroes...
esa es la victoria más importante de todas.
La victoria de ser humano.
Completo.
Defectuoso.
Brillante.
Eterno.
Como su skyhook.
Siempre ascendiendo.
Nunca cayendo.
Siempre buscando la luz.
Aunque el camino haya estado lleno de sombras.
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=122191433228548236&set=a.122139665174548236
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