La de Kim Fowley con The Runaways es las dos cosas al mismo tiempo.
Los Ángeles, 1975. La industria quería “algo nuevo” para vender. Y Fowley —productor, cazatalentos, provocador profesional— tuvo una idea explosiva: armar una banda de chicas adolescentes que tocara rock duro, sin pedir permiso.
Así nacen The Runaways: chicas que todavía estaban en edad escolar, pero ya estaban subiéndose a escenarios con guitarras, batería y rabia.
De ese choque sale un himno como “Cherry Bomb”: energía pura, un grito juvenil que el mundo recuerda hasta hoy.
Pero aquí viene la parte que casi nadie quiere mirar de frente: el precio.
Porque una cosa es “descubrir talento”… y otra es controlarlo.
En entrevistas, Cherie Currie contó que lo más duro no era tocar: era el trato. Habló de abuso diario, de humillaciones, y de cómo una adolescente puede normalizar lo que jamás debería ser normal.
Y ahí se ve el choque real:
Industria vs. juventud vs. rock.
La industria quería un producto rápido y rentable.
La juventud era vulnerable: sin experiencia, sin protección, sin poder para negociar.
Y el rock… con toda su libertad… también tenía una zona oscura donde muchos adultos se sentían intocables.
Con los años, esa zona oscura dejó de ser rumor y pasó a ser denuncia pública.
En 2015, la ex bajista Jackie Fuchs acusó a Fowley de una grave agresión sexual ocurrida cuando ella tenía 16 años. Otras personas lo discutieron y hubo versiones cruzadas, pero el punto es este: la conversación cambió para siempre, porque ya no se hablaba solo de música, sino de explotación y daño.
Y después vino otra señal: en 2022, Kari Krome —vinculada a los primeros pasos del proyecto— presentó una demanda bajo la ley de California para víctimas menores, alegando grooming y abuso cuando era adolescente, además de explotación alrededor de su trabajo creativo.
Entonces, ¿qué hacemos con esta historia?
Primero: entender que The Runaways no son “un invento de Fowley”.
Son chicas con talento real que abrieron una puerta que estaba cerrada con candado. Su impacto existe con o sin él.
Segundo: decirlo claro: el éxito no borra el abuso.
Y el mito del rock no puede seguir escondiendo lo que pasaba con menores alrededor de hombres con poder.
Kim Fowley murió en 2015, y su nombre quedó dividido:
para algunos, el tipo que empujó una banda histórica;
para otros, el símbolo de cómo la industria puede devorar la juventud.
La lección es incómoda, pero necesaria:
cuando la música es grande, también debe ser grande la responsabilidad.
Porque el rock puede ser libertad…
pero jamás debería ser una excusa para destruir a quienes recién estaban empezando a vivir.
De la red.
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