Escuchas ese rugido inicial una marea de estática blanca y ferocidad adolescente grabada en el Cobo Hall de Detroit y por un segundo te crees la mentira. Porque Alive! es, ante todo, la mentira más honesta de la historia del rock, ya que en 1975, Kiss era una banda de cartón piedra que se estaba hundiendo en el fango financiero de Casablanca Records; habían sacado tres discos de estudio que sonaban delgados, estériles, casi tímidos, como si el maquillaje kabuki se les estuviera corriendo bajo los focos fluorescentes de la cabina de grabación. Pero entonces llega esa introducción de J.R. Smalling, ese grito de guerra que todos conocemos, y de repente el aire se llena de una electricidad que sus grabaciones anteriores simplemente no tenían el valor de sostener.
Para entender este disco hay que entender el olor a derrota. Neil Bogart estaba tan desesperado por salvar su sello que intentó vender un álbum doble de sketches de Johnny Carson imaginen el silencio sepulcral de esos vinilos acumulando polvo en los almacenes y Kiss era su última carta. La banda tenía el culto de la Rust Belt, esa devoción obrera de Cleveland y Detroit, pero sus discos eran fracasos comerciales. ¿Por qué? Porque Paul Stanley tiene razón: no puedes embotellar un incendio forestal en un frasco de perfume. El sonido de Dressed to Kill o Hotter Than Hell carecía de esa compresión natural que produce el sudor y el volumen ensordecedor de una PA al límite. Necesitaban el caos, o al menos, la ilusión del caos.
La arquitectura del engaño (y por qué no me importa)
Aquí es donde entra Eddie Kramer el hombre que ayudó a Hendrix a esculpir el ruido y donde mi oído de crítico se pone cínico. Seamos claros: de "en vivo" este álbum tiene lo que yo tengo de monje budista. A excepción de los parches de Peter Criss, casi todo lo que oyes es una reconstrucción quirúrgica realizada en los Electric Lady Studios. Las voces están dobladas, los solos de Ace Frehley fueron pulidos para evitar esas notas caladas que el exceso de Jack Daniels suele provocar, y el público... bueno, el público es un collage sónico. Kramer tomó los mejores gritos de diferentes noches y los pegó como si fuera un monstruo de Frankenstein diseñado para hacernos sentir parte de algo más grande.
"A veces me pregunto si mi amor por este disco es puro síndrome de Estocolmo. ¿Estamos celebrando la música o estamos celebrando la capacidad de Eddie Kramer para ocultar que Gene Simmons se tropezó con un cable de micro mientras escupía sangre?"
Pero, demonios, funciona. El timbre de las guitarras en esta mezcla tiene una suciedad analógica que te golpea en el esternón. En "100,000 Years", el bajo de Gene no solo se escucha; se siente como una vibración subsónica que amenaza con desarmar los altavoces. La producción de Kramer inyecta una reverberación de estadio que, aunque artificial, captura la verdad emocional de la banda, algo que la precisión técnica de un estudio nunca pudo replicar.
Dicen que Alive!, es el homenaje de Kiss a sus ídolos de Slade (aquellos ingleses que sabían que el rock se escribe con sangre y faltas de ortografía); es el momento en que el Hard Rock dejó de ser una interpretación para convertirse en una liturgia. Es un disco lleno de fallos conceptuales y trampas de post-producción, pero tiene un "alma" que muchas grabaciones perfectas de hoy en día envidiarían. Es el sonido de cuatro tipos que sabían que, si este álbum fallaba, tendrían que quitarse la pintura y buscar un trabajo de oficina en Queens.
¿Es el mejor disco en directo de la historia? Técnicamente, es uno de los mejores discos de estudio que fingen ser otra cosa. Pero cuando entra el riff de "Rock and Roll All Nite" y sientes esa explosión de confeti mental, la verdad técnica deja de importar. Al final, el rock siempre ha tratado de vendernos una fantasía mejor que nuestra realidad.
De la red.
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