Es
probable que nunca hayas escuchado mucho sobre Epafras, pero sin él, la
iglesia en Colosas quizás no hubiera existido. Según Colosenses 1:7 y
4:12, este hombre no era un apóstol famoso ni un gran orador itinerante;
era un nativo de Colosas, un "consiervo amado" que viajó más de 1.900
kilómetros hasta Roma, posiblemente a pie y bajo riesgo extremo, solo
para acompañar a Pablo en prisión y asegurar que su gente conociera la
verdad del Evangelio. Mientras otros buscaban reconocimiento público,
Epafras eligió la cárcel voluntaria (Filemón 1:23) y el trabajo duro del
anonimato, demostrando que en la economía de Dios, la lealtad pesa
mucho más que la popularidad.
Lo
más fascinante es cómo Pablo describe su trabajo: dice que Epafras
"siempre rogaba encarecidamente". La palabra griega original aquí es
agonizomai, de donde viene nuestra palabra "agonía"; implica luchar,
combatir o esforzarse al máximo nivel atlético. Epafras no oraba por
cumplir, él luchaba espiritualmente para que sus amigos estuvieran
"firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere".
En
una cultura actual obsesionada con la plataforma y el micrófono, la
vida de este hombre nos confronta con una realidad histórica y
teológica: los movimientos más grandes de la fe muchas veces son
sostenidos por personas cuyos nombres nadie recuerda, pero cuyo impacto
el cielo nunca olvida.
De la red.
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