Esa introducción de piano de Jonathan Cain no debería funcionar. Es un martilleo en mi bemol, casi mecánico, una especie de que ostinato te obliga a prestar atención antes de que el bajo de Ross Valory entre con esa síncopa tan limpia demasiado limpia, quizás, para los puristas del garage que define el sonido de los Fantasy Studios en 1981.
Estamos en el amanecer de una década que iba a devorarlo todo con laca y sintetizadores, pero aquí Journey estaba haciendo algo distinto. Estaban construyendo una catedral de esperanza obrera con la precisión de un relojero suizo.
Me resulta fascinante, casi absurdo desde un punto de vista de composición pop tradicional, que el estribillo ese "Don't Stop Believin'" que hoy corean hasta los que odian el AOR aparezca hasta que la canción está a punto de expirar. Es una estructura suicida: tres versos y dos pre-coros que te mantienen en vilo, estirando la tensión cromática mientras Steve Perry canta sobre "South Detroit". (Dato para los geógrafos del rock: el sur de Detroit es, básicamente, Windsor, Canadá, o el río; Cain se inventó ese lugar porque sonaba mejor que cualquier coordenada real. Es la geografía del deseo, no del mapa).
La mezcla de Mike Stone tiene esa compresión ochentera que hace que la caja de Steve Smith suene como un disparo seco en un callejón vacío. Y luego está Perry. Esa voz... antes de que decidiera encerrarse en el silencio absoluto incluso dejando de cantar en la ducha para no tentar a los fantasmas de su propia leyenda aquí suena como cristal templado. Hay una honestidad brutal en cómo sube a ese registro de tenor sin que parezca un truco de feria. Es el sonido de alguien que de verdad cree en las "luces de la calle, gente".
No es solo un hit de radiofórmula; es un artefacto cultural que se negaba a morir, desde las descargas digitales masivas hasta ese corte a negro en el final de The Sopranos. Perry no soltó los derechos para ese episodio hasta que supo exactamente cómo se usaría la canción. Tenía miedo de que fuera una broma.
Pero no lo es. Es el himno de los que pierden el tren de medianoche pero siguen esperando en el andén. A veces escucho la versión de Glee y me dan ganas de romper algo esa sobreproducción estéril le quita todo el mugre de la calle, pero luego vuelvo a la toma original de 1981, grabada en una sola sesión, y entiendo por qué la Biblioteca del Congreso la guarda bajo llave. Hay una desesperación técnica ahí abajo, un equilibrio perfecto entre el virtuosismo de Neal Schon en la guitarra y la duda humana de no saber si el mañana llegará.
¿Es cursilería o es la máxima expresión del rock de estadio? A estas alturas, con el rastro de nostalgia que ha dejado, la diferencia me parece irrelevante.
De la red.
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