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martes, 10 de marzo de 2026

La mayor chapuza política de la historia: 30.000 muertos, 1.000 serpientes y una urna electoral.

 


Si crees que nuestros políticos actuales son capaces de vender a su madre por un puñado de votos, espera a conocer la historia de Louis Mouttet. Este tipo no vendió a su madre, pero sí sacrificó a 30.000 personas porque le venía mal que se fueran de la ciudad justo antes de unas elecciones.
Bienvenidos a Saint-Pierre, en la isla de Martinica. Año 1902.
Por aquel entonces, Saint-Pierre era conocida como "el París del Caribe". Lujo, ron, comercio y una vida alegre a la sombra del Monte Pelée. El problema es que el Pelée no era solo una montaña bonita; era un volcán con muy malas pulgas que llevaba siglos dormido. Y cuando despertó, lo hizo de resaca.
A principios de mayo, la montaña empezó a toser humo y ceniza. Nada grave, decían. Pero los animales, que no entienden de campañas electorales pero sí de supervivencia, empezaron a huir.
Y aquí empieza la película de terror.
Al bajar de la montaña huyendo del calor, una plaga bíblica de miles de serpientes 'fer-de-lance' (unas víboras muy venenosas) invadió el barrio bajo de la ciudad. No es una exageración: las serpientes tomaron las calles. Mataron a 50 personas y a cientos de animales domésticos antes de que el volcán soltara una sola gota de lava.
¿La reacción lógica? Evacuar. Correr. Salir de ahí pitando. ¿La reacción política? "Aquí no pasa nada, circulen".
El gobernador Louis Mouttet tenía un problema. Las elecciones legislativas eran el 11 de mayo. Saint-Pierre era el granero de votos del Partido Progresista (el suyo). Si evacuaba la ciudad, la gente se dispersaba y él perdía el poder frente a los radicales.
Así que Mouttet hizo lo que cualquier político irresponsable haría: mentir.
Compró al periódico local, Les Colonies, para que publicara titulares tranquilizadores. "El Monte Pelée no es más peligroso que el Vesubio", decían. Organizó una comisión "científica" (amañada) que certificó que no había peligro. Incluso colocó patrullas en las carreteras, no para ayudar, sino para impedir que la gente se marchara. Para dar ejemplo y demostrar que tenía razón, el propio gobernador se mudó con su esposa al centro de la ciudad. "¿Veis? Es seguro". Spoiler: fue la última decisión estúpida de su vida.
El 8 de mayo de 1902, tres días antes de las elecciones, el Monte Pelée reventó.
No fue una erupción de lava lenta de esas que te da tiempo a hacerte un selfie. Fue una nube piroclástica. Imagina una avalancha de gas tóxico, ceniza y rocas bajando a 670 km/h y a una temperatura de 1.000 grados centígrados.
La nube tardó exactamente dos minutos en arrasar Saint-Pierre.
No quedó nada. El aire se convirtió en fuego. El ron de las destilerías explotó, convirtiendo las calles en ríos de llamas. Los barcos en el puerto ardieron al instante. En 120 segundos, 30.000 personas pasaron de estar desayunando a ser estatuas de carbón.
El gobernador Mouttet murió, claro. Su urna electoral se fundió con él.
Y aquí llega la ironía suprema del destino, ese toque de humor negro que tanto nos gusta. En una ciudad de 30.000 habitantes, solo hubo dos supervivientes en la zona cero.
El más famoso fue Ludger Sylbaris. ¿Era un héroe? ¿Un científico? ¿Un rico con búnker? No. Era el borracho y alborotador del pueblo.
La noche anterior, Sylbaris se había metido en una pelea de bar (otra más) y la policía, harta de él, lo había metido en el calabozo. Pero no en uno normal, sino en una celda de castigo: un iglú de piedra semienterrado, con paredes de un metro de grosor y sin ventanas, solo una rendija minúscula en la puerta.
Esa celda, diseñada para ser un infierno claustrofóbico, fue lo único que soportó la temperatura del exterior. Sylbaris pasó cuatro días allí dentro, gritando, con quemaduras graves porque el aire caliente entraba por la rendija, hasta que lo rescataron.
Mouttet pasó a la historia como el mayor negligente del Caribe. Sylbaris, el presidiario, fue indultado y fichado por el Circo Barnum & Bailey. Viajó por todo el mundo exhibiendo sus cicatrices bajo el nombre de "El hombre que sobrevivió al Juicio Final".
Moraleja: A veces, portarse mal te salva la vida. Y nunca, jamás, te fíes de un político que te dice que te quedes quieto mientras ves humo en el horizonte.
 
De la red. 

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