Mi estimado Heavy Rocker dios sabe que Tom Werman no buscaba texturas aterciopeladas en la producción de Stay Hungry; buscaba que Twisted Sister sonara como una demolición en mitad de un desfile de modas. Escuchas "We're Not Gonna Take It" y, si tienes el oído lo suficientemente educado (o quizá solo lo suficientemente arruinado por el ruido), detectas de inmediato esa estructura de himno casi religioso. Snider siempre ha sido un tipo listo demasiado para los censores de la época y el hecho de que la melodía principal sea un saqueo descarado al villancico "O Come, All Ye Faithful" es una de las ironías más brillantes y gamberras de la historia del metal. Es un canto litúrgico para los que han sido expulsados del templo.
Me cuesta admitirlo, pero hay una simplicidad en la progresión armónica que bordea lo infantil, casi como una canción de cuna gritada desde un tejado. Pero ahí reside su genio: es música de barricada para el hombre común. En el 84, mientras el glam se perdía en laca y letras sobre groupies, Snider escribía sobre el tipo que odia a su jefe o el adolescente que no soporta la mirada condescendiente de su padre. El timbre de su voz es puro papel de lija una distorsión natural que se siente orgánica frente a la compresión a veces excesiva de las guitarras rítmicas y te vende la rebelión porque él mismo parece un error del sistema.
El video de Marty Callner, con esa violencia de dibujo animado y Mark Metcalf recuperando su esencia de Animal House, terminó por sellar el destino de la canción. Fue el cebo perfecto para la PMRC y esa absurda lista de las "Filthy Fifteen". Me pregunto a veces si Tipper Gore y compañía realmente escuchaban la música o si solo les aterraba ver a cinco tipos con maquillaje de guerra y mallas rotas exigiendo libertad. Hay una honestidad bruta en el puente, en esos coros que suben de tono hasta que Snider suelta ese "No way!", que no se puede fabricar en un laboratorio de marketing. Es el sonido de una banda que pasó años en el circuito de bares de Long Island y que, cuando finalmente tuvo el micro, decidió no pedir permiso. Hoy la escuchas en estadios y anuncios de refrescos, y te preguntas si el mensaje se ha diluido o si, simplemente, todos seguimos igual de hartos que en los ochenta.
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