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jueves, 12 de marzo de 2026

¿Y SI EL "ORO NEGRO" LLEVA MANEJÁNDONOS MILENIOS?

 


Hoy escuchas la palabra petróleo y automáticamente piensas en coches, gasolineras, precios que suben cuando estornuda un jeque (o se desata una guerra), discusiones interminables sobre energía y geopolítica. Pero durante la mayor parte de la historia humana el petróleo no fue combustible. Fue algo mucho más extraño y, visto con perspectiva histórica, bastante más fascinante: pegamento, medicina, perfume… e incluso parte de las momias. 
 
El petróleo aparece en la historia humana mucho antes de que nadie supiera lo que era. En diferentes lugares del planeta brotaba de forma natural en pequeñas filtraciones: charcos negros, viscosos y pegajosos que surgían entre rocas o sedimentos. Para los pueblos antiguos aquello no era un “combustible fósil”, un concepto que tardaría milenios en existir, sino simplemente una sustancia rara con propiedades muy útiles. En Mesopotamia, cerca de Babilonia, el betún natural se recogía y se utilizaba para sellar ladrillos, impermeabilizar embarcaciones y reforzar construcciones. Los mesopotámicos habían descubierto algo fundamental: aquella masa negra era un adhesivo extraordinario. Heródoto, que tenía la costumbre de preguntar por todo lo que veía, ya mencionó la existencia de pozos en la zona y describió cómo se utilizaba ese material en la arquitectura local. Mucho antes de que el petróleo moviera motores, ya estaba manteniendo ciudades enteras en pie.
 
Uno de los testimonios más famosos del uso de materiales derivados del petróleo aparece en un texto que millones de personas han leído alguna vez: el Génesis. Cuando Dios le explica a Noé cómo debe construir el arca para sobrevivir al Diluvio, le da una instrucción muy concreta: cubrir la embarcación con brea por dentro y por fuera. Esa brea no era otra cosa que betún, una sustancia derivada del petróleo. En la lógica del relato, el material tiene una función crucial: es lo que garantiza que el agua no entre y que el barco no se convierta en un colador flotante. Dicho de otra forma, el petróleo aparece en uno de los relatos más antiguos de la tradición occidental como el recurso técnico que permite sobrevivir a la catástrofe.
 
El mundo romano también conocía bien esa sustancia oscura que surgía del subsuelo y no dudó en incorporarla a su repertorio de remedios médicos. Plinio el Viejo, uno de los grandes recopiladores de conocimiento de la Antigüedad, describió en su "Naturalis Historia" varios usos terapéuticos del betún. Según sus textos, se aplicaba en forma de cataplasma para tratar heridas, afecciones de la piel y diversos problemas físicos. También se utilizaba para aliviar dolores dentales y otras molestias. En algunos casos incluso se mezclaba con vino y se ingería como remedio contra determinados trastornos digestivos. Desde luego, la idea de beber petróleo no suena especialmente apetecible hoy en día, pero durante siglos el origen subterráneo de muchas sustancias se interpretaba como una señal de poder medicinal. Si algo venía de las entrañas de la tierra, debía de tener algún tipo de fuerza especial.
 
Podemos decir, que la brea era la cinta americana del mundo antiguo.
La relación entre el petróleo y las momias egipcias es otro de esos giros históricos que parecen inventados, pero no lo son. La palabra "momia" originalmente no se refería a un cadáver embalsamado. En persa existía el término "mum", que designaba sustancias bituminosas similares al petróleo. Ese término pasó al árabe como "mūmiyyah", que significaba betún o asfalto. Como los egipcios utilizaban materiales bituminosos en sus procesos de embalsamamiento para preservar los cuerpos, el nombre de la sustancia terminó aplicándose al cadáver conservado. La historia se vuelve todavía más inquietante cuando llegamos a la Europa medieval. Muchos médicos creían que la “momia”, entendida como sustancia medicinal, tenía propiedades curativas extraordinarias. El resultado fue una práctica bastante macabra: durante siglos se vendieron en farmacias polvos elaborados a partir de momias trituradas. Lo que había empezado siendo una palabra para designar petróleo o betún terminó convirtiéndose en una receta farmacéutica bastante siniestra.
 
En América prehispánica el petróleo también tenía su propia vida cultural. Los pueblos mesoamericanos lo conocían como "chapapotli", palabra náhuatl de la que deriva el actual término español chapapote. Lo curioso es que la percepción indígena de esta sustancia era muy diferente a la moderna. Hoy el chapapote se asocia automáticamente con mareas negras y desastres ambientales, pero para los mexicas tenía usos cosméticos y cotidianos. Fray Bernardino de Sahagún, que dejó una descripción extraordinariamente detallada de la sociedad indígena en el siglo XVI, explicó que el chapapotli podía utilizarse como perfume y también como una especie de chicle primitivo. Aquello que hoy nos parece una masa pegajosa y desagradable era para ellos una sustancia útil y hasta elegante.
 
La transformación definitiva del petróleo llegó en el siglo XIX. Hasta ese momento, una de las principales fuentes de iluminación de calidad era el aceite de ballena, especialmente el espermaceti que se extraía del cráneo de los cachalotes. La demanda de este producto había impulsado una industria ballenera gigantesca que recorría los océanos del mundo en busca de estos animales. La presión sobre las poblaciones de cetáceos era enorme. Entonces apareció el queroseno, un derivado del petróleo mucho más barato y abundante. Este combustible ofrecía una iluminación eficiente sin necesidad de perseguir ballenas por medio planeta. De forma bastante irónica, la expansión del petróleo ayudó a reducir la presión sobre la caza de cetáceos. El combustible que hoy asociamos con problemas ambientales fue en su momento una alternativa que cambió el destino de muchas ballenas.
 
Todo cambió definitivamente en 1859, cuando Edwin Drake perforó en Pensilvania el primer pozo petrolífero moderno. A partir de ese momento la historia del petróleo se aceleró de forma vertiginosa. Primero sirvió para iluminar ciudades, después movió motores, más tarde aviones, barcos, tractores y fábricas.
 
En la simbología popular, el petróleo es a menudo reducido a "jugo de dinosaurio", una narrativa simplista impulsada por la Sinclair Oil and Refining Corporation y su icónico logo, el apatosaurio "Dino", desde 1916. La realidad es que el crudo proviene mayoritariamente de plancton y materia orgánica microscópica acumulada durante millones de años. No obstante, el petróleo y los dinosaurios comparten un vínculo trágico y real: la teoría científica sugiere que el meteorito Chicxulub, que impactó en el actual México, colisionó precisamente contra una inmensa reserva de petróleo subterránea. El incendio resultante inyectó tal cantidad de hollín en la atmósfera que provocó un enfriamiento global, sellando el destino de los grandes reptiles. El petróleo no es solo el resto de la vida antigua; fue el acelerador de su extinción.
Antes de mover motores, el llamado oro negro ya llevaba milenios formando parte de la vida humana. Selló barcos bíblicos, pegó ciudades antiguas, perfumó a las élites mexicas, alimentó experimentos médicos medievales y terminó triturado en farmacias bajo el nombre de “momia”.
 
No está mal para algo que empezó siendo, simplemente, un charco negro que salía del suelo.
 
De la red. 

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