En 1718, el zar Pedro I de Rusia descubrió que su esposa, Eudoxia Lopujina, mantenía una relación con el oficial Stepan Glebov. La traición no solo fue vista como un asunto personal, sino como una amenaza directa al orden moral y político que el propio zar intentaba imponer en su imperio.
Glebov fue arrestado, sometido a tortura y finalmente ejecutado de manera brutal. Pero el castigo no terminó ahí. Como advertencia —y también como acto de venganza—, Pedro ordenó que la cabeza del amante fuera preservada en alcohol y colocada en un frasco dentro de la habitación de su esposa.
Durante años, Eudoxia habría tenido que convivir con aquel macabro recordatorio. Un gesto que revela hasta qué punto el poder absoluto podía extenderse incluso a la intimidad… y cómo, en la corte rusa, el amor podía pagarse con la muerte.
De la red.
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