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jueves, 1 de enero de 2026

William Tyndale y su sacrificio de vida.


Lo juzgaron en secreto.
Lo condenaron como hereje y lo mataron...
por poner la Biblia en manos del pueblo. 

No robó.
No mató.
No lideró una rebelión armada.
Su único “crimen” fue este:
traducir la Palabra de Dios para que cualquiera pudiera leerla.
Su nombre fue William Tyndale.
En el siglo XVI, la Biblia estaba prohibida en el idioma del pueblo.
Solo el clero tenía acceso a las Escrituras, en latín, lejos del entendimiento de la gente común.
Tyndale creía algo peligroso para su época:
que todo hombre, incluso el más humilde, tenía derecho a leer la Palabra de Dios.
Por eso huyó de Inglaterra, vivió como fugitivo y tradujo el Nuevo Testamento directamente del hebreo y del griego, no del latín.
Pero fue traicionado.
 
EL JUICIO
En 1535 fue arrestado en Europa y encerrado en el castillo de Vilvoorde, cerca de Bruselas.
Pasó meses en una celda fría y oscura, aislado, enfermo y vigilado.
Su juicio no fue justo.
No fue público.
No fue imparcial.
Fue interrogado por autoridades religiosas que ya habían decidido su destino.
Sus traducciones fueron calificadas como “peligrosas”.
Sus ideas, como “amenaza al orden”.
Finalmente fue declarado hereje.
La sentencia fue clara: muerte en la hoguera.
 
LA EJECUCIÓN
En octubre de 1536 lo sacaron de su prisión.
Lo ataron a un poste frente a todos.
Pero antes de encender el fuego, ocurrió algo estremecedor.
Para “mostrar misericordia”, lo estrangularon primero, hasta quitarle la vida…
y luego quemaron su cuerpo como advertencia para cualquiera que se atreviera a hacer lo mismo.
Mientras el aire se le iba, Tyndale no maldijo.
No gritó.
No se retractó.
Sus últimas palabras fueron una oración:
“Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra.”
 
 EL FINAL QUE NO ESPERABAN
Pensaron que quemando su cuerpo apagarían su obra.
Se equivocaron.
Años después, Inglaterra permitió la Biblia en inglés.
Y gran parte de la Biblia del Rey Jacobo —la más influyente de la historia—
está basada directamente en la traducción de William Tyndale.
Lo mataron.
Pero su traducción sobrevivió.
Y la Palabra de Dios se multiplicó.
Hoy tienes una Biblia abierta porque otros pagaron el precio con su vida.
Valórala.
Léela.
Vívela.
 
De la red... 

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