Vivimos decorando una habitación de hotel como si fuera nuestra casa propia.
Históricamente, los patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob vivieron como "gerim" (forasteros) en la tierra prometida. Aunque tenían inmensas riquezas y ganado, el dato curioso es que nunca construyeron ciudades fortificadas para sí mismos; la única propiedad de tierra que Abraham compró legalmente fue una cueva para enterrar a su esposa (Génesis 23).
Vivir en tiendas no era una falta de recursos, era una declaración teológica pública: ellos entendían que Canaan era solo una sombra de una patria mejor. Como dice Hebreos 11:9-10, habitaban en tiendas porque esperaban la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios. Su arquitectura era frágil a propósito, para recordarles que su seguridad no dependía de muros de piedra, sino de la promesa del Pacto.
El problema hoy es que a veces martillamos nuestras estacas emocionales tan profundo en este suelo —en una carrera, una relación o un estatus— que cuando Dios da la orden de "levantar campamento", el proceso nos desgarra. La teología del peregrino (1 Pedro 2:11) nos enseña a disfrutar las bendiciones del camino sin anclarnos a ellas. Si sientes que la vida te está moviendo el piso, quizás es un recordatorio de gracia: no fuiste diseñado para encontrar satisfacción plena en el desierto, sino para viajar ligero hacia tu verdadero hogar. No te aferres demasiado a lo que está destinado a quedarse atrás.
De la red...
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