El protagonista de esta peculiar historia fue el samurái Hosokawa Yusai, un hombre del Renacimiento versión nipona. El colega te organizaba una ceremonia del té, te escribía un poema que te rompía el alma, te peritaba una antigüedad y, si te ponías tonto, te cortaba la cabeza antes de que tocaras el suelo. Un crack.
Corre el año 1600. Japón es un polvorín (para variar). Se está cocinando la madre de todas las batallas: Sekigahara. El país está dividido en dos bandos: los del Este (Tokugawa) y los del Oeste (Toyotomi). Yusai, que ya peinaba canas —tenía 66 años, que en esa época era ser un fósil—, se queda al mando del castillo de Tanabe con cuatro gatos: 500 hombres. ¿El problema? Que se le vienen encima 15.000 tíos del bando contrario.
La lógica militar dice que eso dura menos que un caramelo en la puerta de un colegio. Pero aquí es donde la historia se pone divertida.
Resulta que Yusai era tan famoso, tan respetado y tan "influencer" de la cultura, que la mitad de los generales que venían a matarle habían sido sus alumnos de poesía. Imagínate la escena: — "¡Fuego de artillería!" — "¡Pero jefe, que ahí está el maestro Yusai!" — "Vale, pues... apuntad alto, que parezca que hacemos algo".
Literalmente, los atacantes se "olvidaban" de cargar la pólvora o disparaban a las nubes. No querían ser los cafres que se cargaran a la enciclopedia humana de Japón. Fue el asedio más absurdo y político de la historia.
Pero Yusai, perro viejo, tenía un problema. Le daba igual palmarla allí, porque un samurái siempre quiere una muerte épica, pero tenía en el castillo su colección privada. Y no hablamos de revistas del corazón, sino de manuscritos únicos, pinturas y textos secretos de una tradición poética que solo él conocía. Eso no podía arder.
Así que Yusai, con dos narices, pidió hablar con el enemigo. ¿Para rendirse? Ni de coña. Para negociar una tregua bibliotecaria. — "Mirad, matadme si queréis, pero dejadme sacar los libros y mandárselos al Emperador, que esto es patrimonio de la humanidad".
Y los otros, claro, aceptaron. Pararon la guerra. Se abrió un pasillo de seguridad y salieron los libros camino de Kioto. Prioridades, señores. Primero la cultura, luego ya si eso nos matamos.
La jugada llegó a oídos del Emperador, que vivía en su nube mística pero que, cuando hablaba, sentaba cátedra. Le mandó un mensaje a Yusai que venía a decir: "Deja de hacer el tonto y ríndete. Eres demasiado valioso para morir en una escaramuza estúpida. Es una orden".
Yusai, refunfuñando porque él quería su final de película, tuvo que obedecer al Emperador. Rindió el castillo el 19 de octubre.
¿El giro final de guion? Al resistir numantinamente durante dos meses (entre poemas y treguas para mover cajas de libros), Yusai retuvo a esos 15.000 soldados enemigos allí plantados. ¿Consecuencia? Esas tropas no llegaron a tiempo a la batalla de Sekigahara. Gracias a la cabezonería de este abuelo culto, su bando (Tokugawa) ganó la guerra y gobernó Japón durante los siguientes 250 años.
Yusai vivió hasta los 76 años, jubilado, escribiendo versos y riéndose de todos. Salvó los libros, salvó el pellejo y, sin querer, decidió el destino de Japón. Un genio.
Tomado de: https://www.facebook.com/photo/?fbid=1334140962080559&set=a.585074123653917
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